lunes, 8 de febrero de 2016

"Morir en Batalla"

Gral. Juan Galo Lavalle
Luego de la Batalla de Moquehua, y las famosas y gloriosas Veinte Cargas de Lavalle, queríamos narrarles que la historia no concluyó allí, sino que aquellos pobres desdichados, vencidos en batalla, debían atravesar otro calvario para salvar sus vidas...

Una vez finalizada la batalla de Moquehua, y luego de que Lavalle contuviese al Ejército Realista que perseguía a los vencidos, éste grupo de sobrevivientes del Ejército Patriota, debieron atravesar un arenal de más de treinta kilómetros, para alcanzar la costa del mar y ser embarcados en el puerto de Ilo. Muchos de ellos murieron abrasados por el sol peruano de enero. Cansados, heridos, y sin agua, pronto fueron víctimas del Dios Febo. Así se fue regando de cadáveres el camino al mar.

Los afortunados, entre ellos Juan Galo de Lavalle y el General Rudecindo Alvarado, el inepto comandante de aquella expedición, pudieron llegar a puerto y embarcar en dos navíos que los sacarían de aquel infierno.

Al amanecer de uno de los últimos días de enero, aquel grupo de valientes lograron embarcar en los navíos "Dardo" y "Trujillana".

Evidentemente la inexperiencia de los capitanes de aquellos barcos, hizo que a poco de avanzar, ambos barcos chocaran contra las rocas de la costa y se hundieran a treinta kilómetros del Puerto de Pisco. Cerca de treinta soldados patriotas murieron en el naufragio.

Es decir que aquella expedición al sur del Perú, que había partido con grandes expectativas, había sido vencida en batalla dos veces (Torata y Moquehua), había atravesado un desierto de treinta kilómetros, embarcado y naufragado, todo ésto en una veintena de días...

La situación volvía a repetirse. Un nuevo desierto volvía a atrapar a aquel puñado de valientes. Comenzaron una nueva caminata a través de interminables arenales. Sin agua, sin alimentos, con las vestiduras desgarradas, aquel camino era el camino a una muerte segura.

Luego de algunas leguas de marcha, sobre el horizonte distinguieron unas palmeras, y se sabe que donde hay palmeras hay agua...

Hacia aquellos árboles partieron los pocos que aún caminaban, buscando el líquido salvador. Escarbaron entre las raíces de aquellas palmeras, despedazándose los dedos en la arena seca, hasta conseguir un pequeño charco de agua turbia. 

Esos hombres que habían conquistado las mayores alturas de la América, se peleaban entre ellos como fieras por un sorbo de agua caliente y sucia. Lavalle intentó separarlos, pero vio que todo era imposible, aquellos soldados habían perdido toda disciplina.

Apenas saciadas algunas gargantas, los que pudieron, buscaron la sombra reparadora de las palmeras.
Luego de estar un día debajo de aquellas palmeras, Lavalle decidió partir. Prefería morir atravesando aquellos arenales, a seguir esperando la muerte segura debajo de esa rala sombra. Así se lo hizo saber a Alvarado, que le dijo:

-Si nos quedamos bebiendo esa agua sucia, sobreviviremos unos cinco o seis días. En cambio si salimos de debajo de éstas palmeras, en 24 horas estaremos muertos. Espere, Juan, tengamos esperanza que alguien vendrá por nosotros...
La noche del segundo día se llevó a veinte almas más.

Cuando se acercaba la noche del tercer día, Lavalle había tomado la decisión de avanzar. ¿Hacia donde? Él no lo sabía. Pero lo que sí sabía, era que no quería morir en ese oasis perdido en el medio de la nada.

Se puso de pie, con las pocas fuerzas que aún le quedaban, miró el horizonte lejano, y dio el primer paso... y cuando estaba por dar el segundo, escuchó un griterío a sus espaldas...
-¡Son los Húsares!- gritó alguno

Y aquella pequeña polvareda del horizonte, se transformó en el Cuerpo de Caballería que Suarez llevaría a la Gloria en "Junin".

Juan Galo de Lavalle quiso llorar, al ver a la salvación que se acercaba. Pero no lo hizo. Se guardó sus lágrimas para dentro, porque a su lado estaba el General Rudecindo Alvarado.

El viejo Oficial palmeó el hombro del León de Riobamba, y le dijo en voz baja: 
-¿Vio Lavalle?. Al fin de cuentas va a terminar muriendo en batalla, nomás...

Fuente: Granaderos Bicentenario

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