viernes, 2 de diciembre de 2016

Leyenda quichua del Algarrobo



El algarrobo es un árbol muy común a lo largo de todo el territorio nacional. Habita en nuestra tierra desde que el mundo es mundo. Hoy les traemos este relato legendario de la cultura quichua que nos cuenta sobre sus bondades.

La leyenda del algarrobo

Durante el imperio incaico, los pueblos quichuas veneraban a Viracocha, máxima deidad del imperio, además veneraban a Inti, y a las estrellas y al trueno. A la Pachamama también brindaban sus honras y solicitaban su gracia para la abundancia en las cosecha , el éxito de alguna empresa, la caza favorable, la cura de enfermedades, y para cualquier otra cosa que les significara algún contratiempo.

En su honor se levantaron altares y tótems a la vera de casi todos los caminos del reino. Estos monolitos fueron bautizados con el nombre de apachetas y su estructura básica era un montículo de piedras. Los indígenas se paraban frente a ellos para rezarle a la Madre Tierra, o encomendarse a ella. La petición de protección no era gratuita, requería el pago de un tributo que generalmente consistía en hojas de coca, pero podía ser reemplazado por cualquier alimento valorado por la comunidad. Esta especie de pago aseguraba el cumplimiento la petición.

La tribu quichua nunca desatendía las tradiciones y obligaciones impuestas por sus dioses, ya que ellos creían que el normal desarrollo de sus vidas dependían de estas observancias. Hasta que un día la tierra dio frutos de manera extraordinaria. Abundaban el maíz y los vegetales por doquier, las cosechas eran copiosas y ante este brote de bendiciones los quichuas, que se caracterizaban por ser un pueblo trabajador, fue dejándose embriagar por el ocio y de a poco olvidó sus obligaciones con los dioses y el trabajo para rendirse al vicio, la holgazanería y la desfachatez. El alimento era desperdiciado porque no se lo valoraba al ser tan fácil de conseguir, se fabricaba tal cantidad de chicha que todo el pueblo bebía sin límites.

El pueblo ciego ante los placeres terrenales se entregó al disfrute, bebían durante días, comían en exceso, y las horas del día que no dormían se las pasaban bailando. Nadie pensaba que los víveres fuera a acabar alguna vez. Cuando llegó la época de la siembra, nadie se dio cuenta y siguieron de fiesta. Inti (el sol), al ver el comportamiento y la falta de agradecimiento del pueblo decidió castigarlos. Decidió que los castigaría cruelmente y potenció sus rayos para secar ríos y lagunas, lagos y vertientes. Falta de humedad la tierra se endureció y ya no daba nuevos frutos, pero como en las tiendas quedaban alimentos y en las vasijas quedaba chicha a nadie le importó.

Hasta que llegó el día en que todo cambió:

Pero un día el alimento empezó a diezmar y al tener que administrar cuidadosamente lo que quedaba el hambre, la pena, y la miseria aparecieron. La desesperación hizo que los quichuas volvieran rápido al campo, pero Inti no había terminado con ellos. La tierra seguía dura, no había como ararla, mucho menos como introducir semillas en ella. Los animales morían famélicos y lo que antes había sido un campo verde que abundaba en frutos y vegetales, hoy se encontraba convertido en un desierto inerte.

Los más pequeñitos cargaban injustamente con la falta de sus irresponsables padres y tenían hambre, estaban flacos y sucios. Los que estaban enfermos o ya no soportaban la falta de alimento y agua morían silenciosamente sin que nadie pudiera ayudarlos.

El sol golpeaba con rayos que parecían látigos que laceraban el cuerpo de los aborígenes. Pero un día se sintió un grito más desgarrado que todos los que se oían a diario. De una casa de piedras salió corriendo desesperada Urpila, una mujer que mortificada por la culpa corrió a la apacheta más cercana a implorarle a la Pachamama perdón por las faltas, por los agravios y a pedirle que por piedad salvara a sus hijos que estaban muriendo todos de hambre y sed. Depositó en el montículo como ofrenda unas pocas hojas de coca que pudo conseguir con mucho esfuerzo e imploró:

– Pachamama, Madre Tierra, Kusiyá…. Kusiyá

El llanto de la madre se mezcló con la desesperación de su corazón y prometió enmendar su mala conducta y sacrificar lo que hiciera falta para salvar la vida de sus hijos.  Ya sin fuerzas se sentó en el suelo y apoyó su cuerpo en un árbol seco. Estaban ya todas sus fuerzas agotadas, su debilidad no le dejó hacer más que entregarse al cansancio y dormir profundamente. Esta vez sus sueños fueron dichosos. La Madre Tierra viendo que su arrepentimiento era sincero se le apareció en sueños y le habló con bondad y de corazón:

– Ya no temas hija, la penitencia ha terminado pues en tu arrepentimiento veo los frutos de la medida. Ahora el pueblo deberá  volver a sus labores y quehaceres, preparar la tierra para que la vida renazca y la belleza y los frutos vuelvan a invadirla. Al despertar busca las vainas que ha de darte este árbol y dáselas de comer a tus hijos y a los hijos de otras madres, con ellas  saciarían su hambre.

Al despertar Urpila encontró que nada había de nuevo y su corazón volvió a cubrirse de tinieblas, pero instantáneamente recordó las palabra de la Pachamama y la advertencia sobre el árbol, se volteó, miró el extremo superior del tronco y de las ramas que parecían secas, vio colgadas doradas vainas que le daban una esperanza de vida para sus hijos y para toda la comunidad. Se puso de pie y recolectó todo los frutos disponibles hasta que entre sus brazos no hubo lugar para uno más. Se dirigió hasta el pueblo a toda prisa, al llegar, informó al resto de la milagrosa planta y los mandó a buscar sus frutos. Mientras todos corrían en dirección al árbol, ella alimentó a sus pequeños con el tesoro que la Pachamama le había concedido.

Desde ese día en que el pueblo revivió se venera a aquel árbol sagrado que los salvó de la muerte y que tiene la capacidad de brindar pan y bebida. Se trata del algarrobo, que además de todas las bondades que contamos, en tiempos en que la sequía azota a la tierra tiene la grandeza de alimentar a los animales.

Fuente: Razafolclorica.com

jueves, 1 de diciembre de 2016

El estadista en combate

por Luis Horacio Yanicelli

Cuando nos referimos a que alguien es o fue un “gran estadista”, estamos haciendo referencia a las personas que están por encima de las divisiones coyunturales, secundarias, sectoriales o tácticas de los distintos grupos que pujan en determinado contexto político temporal. Adjetivamos con tal término a quienes en forma inobjetable e indiscutible y responsable atinan a señalar cual es el correcto camino para buscar el bien común.



En el más amplio sentido del concepto estadista, Manuel Belgrano lo fue.
He señalado numerosos hechos e ideas de este político pensador de un nuevo país a lo largo de las columnas semanales que fácilmente se pueden recorrer en este muro y por cierto de ello, la historiografía ha escrito abundantemente. Claras ideas de progreso social y económico - incluso dentro del sistema colonial - impregnaron su discurso, allá cuando era Secretario del Consulado y que se advierten para nuestra admiración y sorpresa, en sus Memorias y luego ya en plena revolución independentista como periodista, en su accionar en el frente de operaciones militares, llevando un mensaje de gobierno integrador, progresista, independentista y empleados estos calificativos en el más riguroso marco de objetiva valoración.

Señalemos la idea clara de que la principal herramienta de progreso para una sociedad, es la educación de su gente, incluyendo en forma única para su época e incluso para muchas décadas después de su muerte - incluso en la actualidad - a la mujer como sujeto activo y protagónico en la realización y ascendencia de la comunidad. Mucho antes que políticamente se advirtiese en la familia una organización de contención y formación humana, Belgrano advierte la importancia de esta. Sostiene que en el seno de ellas las madres enseñan a sus hijos a tomar el camino del bien apartándolos del vicio y las malas conductas. Este pensamiento es de dramática vigencia actual, sobre todo frente a una sociedad como en la que vivimos que advierte que su núcleo básico de formación y contención en la vida del niño y del adolescente, es precisamente la figura materna. Este vigor y perenidad del pensamiento belgraniano, es realmente extraordinario y único en el conjunto de los pensadores de nuestro país.

Memorable es su señalamiento de la importante que era que la educación se basase en la Religión Cristiana, fe general por aquellos tiempos en el pueblo criollo y asimismo en el natural. En dicha doctrina advertía el denominador común para la comunión de las diversas culturas que componían la población americana. Y a la vez que daba esta definición con claridad y precisión de cirujano, aisló al clero realista que pretendió usar la fe de la gente, para volverla en contra de la revolución. Esto lo podemos apreciar cuando José Manuel de Goyeneche, jefe militar realista, que a partir de los errores de Monteagudo y Castelli en el Alto Perú, pretende sacar partido de ellos demonizando la revolución que venía desde Buenos Aires, fanatizando a su tropa con el argumento que luchar contra los ejérctios  porteños era defender la religión y al rey, porque este último, era el cristiano contra los demonios.

Así nos lo da a conocer José María Paz en sus Memorias Póstumas, cuando nos cuenta impresionado el fanatismo de un espía descubierto y capturado, que frente al pelotón de fusilamiento en el instante final, grita a los cuatro vientos: ¡Muero por Dios y mi Rey!.

O también Gregorio Araoz de Lamadrid en sus memorias nos narra que antes de la Batalla de Salta, en las inmediaciones del campamento realista sorprende por la espalda a un guardia de Tristán y este creyendo que se trata de una confusión de un compañero de su ejército ,dice ¡Alto, soy cristiano no porteño! 



 A estas manipulaciones del desaprensivo realista, Belgrano responde designando Generala de sus Ejércitos a Nuestra señora de la Merced y mandando a que sus soldados y oficiales al atardecer de cada día, junto al pueblo, en la plaza principal, recen el Santo Rosario. Así voltea el argumento falaz con que se quería confundir a la gente. Incluso, cuando lo quieren trampear con manipulaciones realizadas por hombres del clero que desde luego trabajan para los realistas, su solidez intelectual, moral y el fino olfato político, lo hacen salir airoso de las celadas que el enemigo le tiende. Este fue el caso que nos cuenta Bartolomé Mitre. Después de Salta se había sentenciado a muerte a tres desertores, que tenían el particular de ser hijos de calificadas familias de la sociedad salteña. El día antes del fusilamiento, el comendador de la congregación de mercedarios llevando a su frente la imagen de la Virgen de la Merced, acompañado por el superior de Santo Domingo con la imagen del santo que da el nombre a dicha congregación y el franciscano con la imagen del Santo de Asís, en procesión junto a una importante concurrencia se dirigieron a la casa del General patriota para pedir clemencia por los condenados. Ante esto el jefe revolucionario, hizo detener a los clérigos y los depositó en un convento, y a otros curitas que acompañaban a los detenidos los mandó fuera de la ciudad y ordenó se llevasen las imágenes a sus respectivos asientos. El clérigo mercedario, manifestaba que era tan impío el porteño general, que cuando se habían acercado con la imagen de la Virgen de la Libertad a la casa de aquel, “ se le había descolorido el manto”. 

Belgrano rápido de reflejos, al igual que lo que había hecho con el comerciante realista Manuel Posse en Tucumán que había sido descubierto mandando vituallas al ejercito de Pío Tristán antes de la histórica batalla, ante el pedido de clemencia de   la esposa - Águeda Tejerina de Posse y Blanco – resolvió perdonar la vida haciendo desde luego, que se difunda la conducta magnánima del comando revolucionario. De los Posse, logró que la familia se sumara al bando independentista y de los salteños que estos se abrieran a escuchar al general, que había perdonado la vida a sus hijos desertores y antes,  había hecho lo mismo con 2700 realistas derrotados en la Batalla del 20 de Febrero de 1813, cuando en realidad les correspondía fusilamiento o prisión según el grado.    

Esta magnanimidad belgraniana fue objeto de duras críticas en Buenos Aires y en distintos lugares de las Provincias. Pero asimismo tiempo después, fue rescatada y destacada por el propio José de San Martín.     

Estimados amigos, Belgrano no era un general que creía que ganaba cuando las bajas que sus ejércitos producían a sus enemigos eran mayores que las que sufría el suyo, sino que era un hombre de la paz, la libertad y la independencia que sabía perfectamente que el futuro de la sociedad no podía pasar por una carnicería humana, sino por la alianza mediante el diálogo franco entre los distintos sectores que componían la sociedad de los americanos. Así se lo expresa al general paraguayo Cabañas,  a Pío Tristán, a Goyeneche tal cual lo prueban las epístolas redactadas de puño y letra de Don Manuel. Este mismo sentido tiene el plan de organizar el estado mediante la instauración de una monarquía incaica y antes que esta la alternativa carlotina o de otro Borbón. ¡Lograr la independencia sin guerra y en orden de gobierno! Ahora,  concluido los unívocos festejos del  Bicentenario de la Declaración de la Independencia, comenzaremos a recordar los bicentenarios de los grandes desencuentros que tiñeron de sangre y guerra civil a nuestro país por mas de sesenta años. ¡si lo hubiesen escuchado a Belgrano, cuanta sangre y tiempo se habría horrado nuestro país! 
            
Hemos evocado a  un hombre que en el campo de batalla se manejaba con ecuanimidad y sembrando para el futuro. Sentaba advertencias para las generaciones porvenir. En plena  guerra reclamaba cultura, porque no habría libertad sin educación y ante la incomprensión donaba su patrimonio para que se levantaran escuelas. He ahí el estadista en batalla.   Su mensaje llega actual y vigente hasta nuestros tiempos...

miércoles, 30 de noviembre de 2016

“Los negros aportaron a la colonización de Misiones tanto como los europeos”

“Los negros aportaron a la colonización de Misiones tanto como los europeos”, asevera la historiadora Patricia Salas, que hace un año y medio persigue la huella afro en la constitución identitaria de la región.




Esta afirmación obliga a andar por los caminos invisibilizados de una historia “negra” silenciada, robada y sustituida por un orgulloso pasado “blanco”; un desafío que la docente asumió en colaboración con el profesor Esteban Snihur.

“Sabemos que es un tema que puede generar polémica y voces a favor y en contra, que fue tabú por siglos, pero es un desafío que hay que asumir para conocer la verdad completa de nuestro origen. La presencia afro en nuestra provincia y su legado hasta la actualidad es innegable y es hora de hablar de ello, de aceptar a esa Misiones negra que tiene mucha sabiduría para dar”, dijo Salas.

Y agregó: “Misiones aparece como un escenario donde los actores protagónicos son los guaraníes, las misiones jesuítico guaraníes y los colonizadores europeos que desde finales del siglo XIX son presentados como los que definieron la impronta cultural, social y productiva del territorio. Pero en Misiones, como en el país, hubo comunidades de afrodescendientes que tuvieron pleno desarrollo durante el siglo XIX y primeras décadas del siglo XX. Develar la historia de estos grupos es todo un desafío intelectual, porque implica en principio que su existencia sea reconocida, aceptada y fundamentalmente que se reconozca la intencionalidad manifiesta que impuso su invisibilización y negación histórica”.

Su convicción está respaldada por un trabajo de investigación que echa luz sobre este pasado oculto cuyo conocimiento está aún en ciernes. El resultado de este estudio será presentado por la autora en las Jornadas del Grupo de Estudios Afrolatinoamericanos (Geala), en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, el año próximo.

Antes, la profesora compartió  con El Territorio parte de este material. 

El proyecto de investigación está centrado en una primera etapa en el sudeste de Misiones, en un espacio comprendido entre la Sierra de San José y la Sierra del Imán, zona en la que los grupos de afrodescedientes brasileños habían logrado asentarse en comunidades organizadas, “hasta que sucumbieron ante el arrollador avance de la colonización agrícola oficial europea de finales del siglo 
XIX”, reseña.

Resalta como fuentes los textos pioneros de la profesora Alba Etorena de Freaza, Los indios y negros en Misiones entre 1869 y 1883 y el material documental de Virgilio Chavannes, quien tuvo contacto con una de las últimas comunidades de afrodescendientes que habitaba en la Sierriña de San José, logrando inclusive fotografiarlos a comienzos del siglo XX.

Describe Salas:
Hoy los testimonios que evidencian la plena vigencia de una historia y una cultura afrodescendiente o negra en Misiones están presentes y se manifiestan en un patrimonio tangible e intangible.

Los afrodescendientes de Misiones reconocen tres orígenes. En una período más remoto, en la época colonial y en que la esclavitud se hallaba en pleno desarrollo en el territorio del Brasil, el fenómeno de la formación de quilombos (comunidades libres de esclavos fugitivos), se aproximó a los límites de los territorios hispano-portugueses.

Entonces el río Uruguay se convirtió en las últimas décadas del siglo XVIII y primeras del XIX en una línea detrás de la cual podría estar el escape a la condición de esclavo. Sin embargo, la primeras comunidades estables comenzaron a formarse en el contexto de la Guerra de la Triple Alianza (1865-1870).

Como bien lo señala en su estudio Etorena de Freaza, la fuga de soldados afrobrasileños era cotidiana. El lugar de refugio buscado por estos soldados desertores fue la Sierriña de San José y el paraje conocido como San Juan de la Sierra. Una microrregión que en la segunda mitad del siglo XIX se hallaba en un aislamiento absoluto respecto del resto del territorio.

Los descendientes de estos pobladores pioneros fueron contactados por Don Chavannes a inicios del siglo XX, cuando ya se hallaban mestizados con un grupo mbya de la zona. Fue parte de esta misma comunidad la que se trasladó hasta la zona de San Juan de la Sierra, donde se generó un segundo asentamiento. Se trataba de grupos que se asentaban en la sierra, en las lomadas de tierra roja o en los bajíos de las cuencas de los arroyos, practicaban una agricultura y una ganadería de subsistencia. Hoy dos antiguos cementerios son los testimonios más notables que dejaron esas comunidades.

Posadas fue el otro sitio donde se asentaron pobladores afrodescendientes una vez finalizada la guerra, en un sector ubicado en cercanías del actual Distrito Militar conocido como el regimiento.
La condición de “ser de color” de estos pobladores quedó testimoniada en la documentación oficial de la época, muy especialmente en los registros parroquiales posadeños.

A finales de la década de 1880 y en los primeros años de la de 1890, durante las revueltas que se desarrollaban en el estado de Río Grande do Sul, se produjo la tercera entrada de afrodescendientes: esta vez cruzando el río Uruguay por el paso de Garruchos, el Paso San Isidro, Puerto Azara y el Paso de Itacaruaré.

Estos grupos de afrodescendientes no llegaron a formar comunidades agrícolas, sino que se dispersaron por las estancias o establecimientos agrícolaganaderos como peones y personal de servicio. Nuevamente aquí, como en la Sierriña de San José y en San Juan de la Sierra, el arte fúnebre particular presente en el viejo cementerio de Itacaruaré y del Paso San Isidro testimonia aquel tiempo histórico.

Por todo lo antes expuesto, concluye la historiadora: “Lo investigado y relevado permite que se pueda comenzar a hablar de una ruta de los afrodescendientes en Misiones, de una cultura afrobrasileña profundamente enraizada en nuestra historia. Reconocerla, visualizarla, descubrirla, conlleva un arduo trabajo de búsqueda de fuentes documentales y testimonios materiales y orales”.

Subraya que todo el territorio ofrece testimonios de una riqueza inestimable “que es necesario interpretar y valorar”, como ser el arte funerario de los antiguos cementerios, la arqueología en los sitios de los primitivos asentamientos, el registro de apellidos y familias de descendientes que aún siguen habitando la mismas zonas desde el siglo XIX, el registro de usos y figuras lingüísticas, entre otras huellas.  

Negar hasta olvidar 

La negación de la historicidad de esta cultura afro o negra en Misiones es consecuente con la negación y la invisibilización del rol histórico de la población afrodescendiente en nuestro país y en América en general, argumenta.

“Es que exponer el tema implica atreverse a incursionar en la tragedia humana de la esclavitud vigente por siglos, del racismo y la discriminación. En Misiones, la esclavitud se asimiló a la figura del servidor o del criado en las estancias, las mujeres prestaban servicio en la cocina y los hombres negros hacían el trabajo pesado, todo este universo de producción está poco estudiado”.

Por último, Salas advierte que todo este rico patrimonio está en riesgo, puesto que no hay marco legal que lo que proteja, los antiguos  camposantos están abandonados y en algunos casos, en desuso, por lo que corren riesgo de deterioro y vandalismo. El equipo investigativo de Apóstoles impulsa la declaración del cementerio de San Juan  de la Sierra como patrimonio histórico cultural. “Es imperioso poder realizar trabajos arqueológicos que ayuden a rescatar vestigios de este pasado, contamos con certeza de algunos sitios arqueológicos donde las excavaciones podrían aportar material valiosísimo”, finalizó.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Las achuras, “comida de esclavo” y el aporte Afro a la gastronomía argentina

Las achuras, que representan quizás aquello más característico del asado argentino, son una herencia de la esclavitud. En diálogo con el antropólogo Pablo Cirio, buscamos en la historia los aportes afroargentinos a la comida nacional.



Contaba Jorge Luis Borges que allá por la década del ’20, cuando comenzó a frecuentar a los compadritos de Buenos Aires, que un día al regresar a su casa luego de haber comido con ellos, su madre lo increpó: “¿No habrás comido esas porquerías que comen los esclavos?” Se refería a los chinchulines, mollejas y otras partes de la vaca que la sociedad “bien” no consumía y que, a pesar de que la esclavitud quedó abolida definitivamente con la constitución de 1853 (y que Buenos Aires debió aceptar en 1860), seguía estando en aquellos comienzos del siglo XX asociada a los negros argentinos.

En Buenos Aires el primer ingreso de esclavos fue en 1585, aunque el comercio de seres humanos traídos de África en el actual territorio nacional es anterior. Si tomamos 1860 como fecha final, estamos hablando de al menos 275 años de esclavitud en las provincias del Virreinato del Río de la Plata, sin contar que, como los indemnizados fueron los amos esclavistas pero no así los negros que habían sido víctimas, muchos debieron seguir trabajando en una condición de servidumbre que no difirió mucho de la dominación anterior. Esa servidumbre – antes y después de la abolición – tuvo mucho que ver con la cocina. A partir de la década de 1880 empieza la “moda” de las sirvientas francesas, o al menos europeas, pero antes de eso, era muy común que preparar la comida fuera providencia de los negros.

“Los negros acá tuvieron que hacer todas las comidas para el amo, además de cocerle la ropa, plancharle, todo… hasta trabajo sexual, obviamente no consentido, del que viene mucho del mestizaje actual, muy poco reconocido”, explica Pablo Cirio, antropólogo y Director de la Cátedra Libre de Estudios Afroargentinos y Afrolatinoamericanos de la Universidad de La Plata. Cirio cuenta que, al tener que hacer tantas tareas al mismo tiempo, se popularizó una cocina de en base a guisos y cocciones lentas, ya que esto permitía a los esclavos desarrollar varias actividades al mismo tiempo. En tantos siglos de cocinar guisos y pucheros, puede suponerse que haya habido aportes a las cocciones y condimentaciones hechas por los negros en nuestro territorio, aunque claro, al ser un tema poco estudiado, no existan grandes evidencias de ello. Sí la hay, sin embargo, de que los eran muy hábiles con los dulces, y ya en la época de Rosas había libertos (o sea, hijos de esclavos que debían pagarle una renta a sus amos) que vendían mazamorra y pastelitos para generar ese ingreso.

Volviendo al asado, en épocas en que no había métodos de conservación de las carnes y con abundancia de vacas para comer, los blancos consumían la carne asada, pero no así las achuras, que se tiraban a la basura. “La tripa gorda, los chinchulines, las mollejas…  todo eso es un aporte de la cultura del desperdicio, de los negros que consumían lo que sus amos desperdiciaban, a la culinaria argentina, y que hoy es como el ABC de la argentinidad”, sostiene Cirio.

Esta puede relacionarse también al caso de Antonio Gonzaga.  Autor de “El Cocinero Práctico Argentino” en 1931, Gonzaga fue un negro correntino que se destacó en alta cocina y que trabajó para el Congreso Nacional y diversos hoteles de lujo.  En sus recetarios hay descriptas muchas técnicas para la preparación del asado, y se lo considera responsable por haber difundido en la alta sociedad porteña el consumo de las achuras, el chorizo o las criadillas, por las que fue célebre. También fue famoso su puchero, otra comida relacionada a las cocinas de esclavos durante la época colonial. E incluso Cirio imagina que quizás las salsas que Gonzaga creaba y bautizaba con nombres de fantasía bien podrían ser antiguas salsas africanas, nombradas al gusto de los blancos.

“Hubo una clase alta negra, de gente muy preparada intelectualmente, como Gonzaga, que todavía existe, y que generalmente ascendió socialmente ya en la época de Rosas a costa de desentenderse de su africanía, abrazando los valores eurocentrados, entre ellos la comida, obviamente.  Eso lo obligaba a vestirse de determinada manera, a no ir a los candombes, a no reproducir nada que no sea de desagrado del blanco, como las lenguas africanas o la religión… muchos empezaron a estudiar abogacía, medicina, y artes plásticas europeas, viajar a Europa para perfeccionarse… y en este caso, bueno, las cocinas”, asevera Cirio. De hecho Gonzaga se describía en los libros como “criollo”, que quiere decir “hijo del país”, pero no como negro.

Sin embargo, y más allá de estos aportes, no puede hablarse propiamente de una cocina afroargentina (ya que, entre esclavitud y pobreza, su cocina se basó más en rescatar desperdicios y comer lo que se pudiera), y ni siquiera ser muy específicos sobre el aporte de esa comunidad a la gastronomía nacional. Junto con la invisibilización de la comunidad afrodescendiente de la argentina (a partir de 1887 se dejó de contar a la población negra en los censos, y se empezó a utilizar el término ambiguo “trigueño”) vino también una falta de estudio sobre sus aportes, en general reducidos a estereotipos coloniales, sin considerar su presencia continua y actual, muchas veces identificada con la pobreza, a la que quedaron relegados quienes mantuvieron su identidad afro, en general puertas adentro, para evitar la discriminación.

Incluso en muchos casos el “blanqueamiento” cultural ha llevado a que muchos afrodescendientes no se perciban como tales. Eso complica, según Cirio, saber cuál es la cantidad actual descendientes de negros que hay en el país. Algunas estimaciones han dicho que son unas 2 millones de personas, o el 4% de la población. Según el censo de 2010 habría 149.493 afrodescendientes en el país, el 0,37% de la población, pero de acuerdo a Cirio, está mal medido: “Porque en primer lugar depende de quién se auto percibe como afrodescendiente, lo que requiere un trabajo de autopercepción previo. Son culturas lastimadas históricamente, como en una época podía ser reconocerse gay”.

sábado, 19 de noviembre de 2016

La familia de Colón podría tener viejas raíces escocesas

Alfonso Enseñat de Villalonga concluye su investigación de 27 años sobre el origen del descubridor de América 

Ni era portugués, ni se apellidaba Colombo, ni era catalán, ni se crió en Baleares. El debate sobre los orígenes de Cristóbal Colón es como el del huevo y la gallina, muchas son las teorías pero pocas las voces que se atreven a darlas por definitivas. Después de 27 años y 330.000 archivos revisados, el experto Alfonso Enseñat de Villalonga ha expuesto una serie de conclusiones que podría cambiar el contenido de miles de enciclopedias.

La principal novedad que aporta este investigador es una genealogía que empezaría en torno al año 770... ¡En Escocia! Después de mucho analizar, y después de ponerse en contacto con casas nobles italianas, Alfono Enseñat de Villalonga ha situado los orígenes más remotos de Cristóbal Colón en los Douglas, un clan de la antigua Escocia. «Si desde Génova nos dan la bendición —vaticina—, van a tener que cambiar muchas enciclopedias del mundo, porque de la genealogía se deriva una historia totalmente distinta de la que se cuenta por ahí».

Según este investigador, todo lo escrito anterior a 1484 (que es cuando se tiene constancia de la llegada de Colón al reino de Castilla) «es totalmente falso».

Históricamente ha existido un vacío biográfico en torno a la figura del navegante que ha favorecido el nacimiento de toda clase de creencias sobre sus orígenes. «Mi intención no es solo explicar la genealogía, sino contar también por qué ha existido un vacío documental tan tremendo. En España todos se dedican a teorizar y yo me he preocupado por buscar sus fallos, sobre todoel del Cristóbal Colón catalán, que es lo más ridículo que hay».

Una de las razones que explicarían este desconocimiento estaría en la propia organización de la sociedad genovesa. Al igual que otros investigadores, la tesis que maneja Enseñat es que Cristóbal Colón nació y se crió en un albergo genovés. Estos albergos tenían banca propia, flota propia y la costumbre de que todos sus habitantes adoptaran el mismo apellido, razón por la cual ha sido casi imposible conocer detalles de la juventud de Colón.
Hallazgo único

Las investigaciones de Alfonso Enseñat le llevaron hasta el Barrio Nobles Colonne, un albergo creado en torno al año 1403 y en el que todos sus miembros fueron adoptando el apellido Colonne para diferenciarse de las demás familias genovesas. En ese clan estarían los orígenes de Cristóbal Colón, pues según las actas que durante años ha revisado Enseñat en el Archivi di Stato di Genova, allí vivió su padre hasta el año 1453. Además, esa documentación le ha dejado un hallazgo único: «Estas actas me han servido para corroborar que Cristóbal Colón nació en el año 1446 y no en el año 1451 como dicen todas las enciclopedias».

Tradicionalmente se ha pensado que Pietro Colón —que así se llamaba originalmente— nació en el seno de una familia humilde en la que su padre se ganaba la vida como tejedor. Nada que ver. Al parecer, los padres del navegante venían de buena familia y dieron a su hijo una educación de élite: a los siete años lo ingresaron en el convento genovés de Santa Maria di Castello para que cursara sus estudios. «Vieron en él una predisposición muy notable hacia la astrología», explica Enseñat de Villalonga. «Se dieron cuenta de que era una persona muy despierta, con ambición de conocimiento y mucha capacidad de asimilar todo lo que se le enseñaba. Pensaron por esa razón mandarle a Pavía, donde había grandes expertos en Astrología».
Cambio de nombre

Sus años en el convento se saldaron con una bagaje cultural amplísimo para la época y un cambio de nombre. Era costumbre entre los clérigos promover un cambio de nombre en aquellos jóvenes que eran «tonsurados» como un paso previo al sacerdocio. En el caso de Colón, Pietro pasó a llamarse Cristóforo, que significa «el que lleva a Cristo». Este cambio de nombre unido a la diversidad familiar de los albergos genoveses tiene mucha culpa de que apenas se conozcan detalles de la vida de Colón previa a su llegada a España.

Según su hijo Hernando, autor de una controvertida biografía sobre el descubridor de América, su padre eligió Cristóforo para emular a San Cristóbal. «San Cristóbal —escribió— tuvo aquel nombre porque pasaba a Cristo por la profundidad de las aguas con tanto peligro», lo que de alguna manera denota la vocación marinera y católica de Cristóbal Colón. «Fue tan observante de las cosas de la religión, que podría tenérsele por profeso», añadió.

A la espera de ver qué ocurre con las averiguaciones de Alfonso Enseñat de Villalonga, son varios los mitos que se ha esforzado en derribar durante los últimos años. Quizá el más llamativo de todos sea el que hace referencia a su aspecto físico, pues la mayor parte de los dibujos y estatuas con las que hemos convivido retratan a un navegante de pelo castaño y media melena. «Los historiadores coetáneos a Cristóbal Colón decían que tenía los ojos azules, el pelo rubio o rojizo, más rojizo que rubio —matiza—, y que tenía la piel pecosa. Eso coincide con una raza completamente distinta, curiosamente con la raza escocesa». Todo parece encajar.

Incógnitas despejadas.

1. Nació antes. Según los papeles analizados por Enseñat de Villalonga, Cristóbal Colón nació en Génova en el año 1446 y no 1451 como apuntan casi todas las enciclopedias.

2. Era pelirrojo. Aunque buena parte de las imágenes y cuadros sobre Colón reflejan un hombre de media melena y pelo castaño, Colón debió ser pelirrojo y tener los ojos claros.

3. Se llamaba Pietro. Su nombre original era el de Pietro, pero adoptó el nombre de Cristóforo en el convento genovés de Santa Maria di Castello, donde recibió una educación elitista.

Fuente: Abc.es

viernes, 18 de noviembre de 2016

Gonzalo de Zárate (Buenos Aires 1650?-1711)

Fue uno de los primeros terratenientes de lo que hoy es el Partido de Zárate, de quién recibe ese nombre. Hijo de Cristóbal de Zárate y Lorenza de Abreu, nació a mediados del siglo XVII (estimo alrededor de 1650) en la ciudad de Buenos Aires.

El lugar de nacimiento ha sido objeto de discusión ya que algunos autores sostenían que su origen era paraguayo. Esta teoría de su nacimiento en el Paraguay estaría basada en la tradición oral recogida por Botta en su libro de “Historia de Zárate”[1], en que en esa época muchos habitantes de Buenos Aires provenían de allí y en que al menos uno de sus hijos (Eusebio) nació en Paraguay. Pruebas muy endebles si las contrastamos con los documentos (testamento y acta de matrimonio[2]) donde manifiesta ser natural de la ciudad de Buenos Aires. Por lo tanto concluimos que  Gonzalo de Zárate nació en la ciudad porteña.

Su padre, Cristóbal de Zárate[3] nacido a principios del siglo XVII, era oriundo de Córdoba, hijo de Gonzalo de Zárate -o de Ávila y Zárate- (nacido a fines del siglo XVI en Córdoba-1641) y de María Bazán de Córdoba (fallecida en 1668). En la segunda década del siglo XVII el humilde caserío que era Buenos Aires se independiza de Paraguay y encabeza una nueva gobernación. Razones estratégicas condujeron a la Corona a establecer una guarnición militar desde 1631 sostenida con un situado (dinero destinado a mantener una fuerza militar) enviado desde el Potosí. Esta plata fresca que llegaba todos los años contribuiría con el movimiento comercial legal e ilegal, y con el crecimiento de Buenos Aires, llegando a desplazar a mediados del siglo XVII como villa más populosa a Asunción del Paraguay. En este contexto, Cristóbal donó (o vendió) sus tierras a su hermano Juan de Ávila y Zárate en 1651 y se traslada a Buenos Aires en busca de mejores oportunidades, desempeñándose  entre 1653 y 1660 como soldado del presidio de Buenos Aires[4]. La madre de Gonzalo, Lorenza de Abreu (o “Abrego”) era probablemente porteña hija de Juan de Abreu, bautizada entre1621-1630[5] en la catedral de Buenos Aires, aunque según Molina en su diccionario, la menciona como hija de Jerónimo de Abreu y bautizada el 15 de marzo de 1623. [6] Tanto Cristóbal como Lorenza estaban fallecidos al momento del testamento de Gonzalo de Zárate (28/2/1707).

Siguiendo los pasos de su padre, Gonzalo de Zárate, siguió la carrera militar en el presidio[7] del fuerte de Buenos Aires llegando a grados de alférez y capitán[8].  Hacia la segunda mitad del siglo XVII se desempeña como oficial en una de las compañías de infantería de la guarnición de Buenos Aires, siendo asignado posteriormente a la vigilancia de las costas del Paraná, para evitar las incursiones extranjeras (principalmente portuguesas), que practicaban regularmente el contrabando[9]. A pesar de su ascendente carrera militar, al igual que la mayoría de la población de la colonia, Gonzalo no sabía escribir[10].

En febrero de 1680 la expedición portuguesa de Manuel de Lobo establece la Colonia del Sacramento frente a Buenos Aires. El gobernador de Buenos Aires, José de Garro, organiza una expedición militar donde participaron milicias locales, del Paraguay, indios guaraníes de las misiones, de Tucumán, Corrientes y Santa Fe. Seguramente, al ser militar, Gonzalo participó en estas acciones que culminaron con el asalto a Colonia el 7 de agosto de 1680, resultando en una victoria para los españoles y el envío de su comandante y resto de la expedición como prisioneros a Buenos Aires. Como dato de color, entre los prisioneros portugueses de la fallida expedición de Lobo probablemente se encontraba Manuel de Olivera, futuro cuñado y vecino del pago de Pesquería.[11]

El 5 de mayo de 1681 se casa con Doña Ana de Sayas o de los Reyes (Buenos Aires 27 de abril de 1664-Pesquería 9 de abril de 1744), hija de Pedro de Sayás Medrano y de Francisca de Bermúdez (o Valero), en la catedral de Buenos Aires[12]. Doña Ana descendía  de los primeros vecinos fundadores de Buenos Aires Pedro de Sayas Espeluca y de Antón de Bermúdez. Fueron testigos de ese casamiento el capitán Manuel Ferreira, Diego Ferreira y doña Isabel de Pasos, con descendencia en San Isidro. La familia de Ana de Sayas tenía tierras en los Pagos de Monte Grande (San Isidro). Esas tierras, junto con la chacra vecina habían sido a principios de ese siglo (1612) del capitán Alonso Díaz Ferreira (o Ferreira de Aguiar)[13]. Tal vez la familia Ferreira vendió parte de sus tierras a la familia Sayas (al abuelo de Ana de Sayas), quedándose con parte del mismo, siendo vecinos y por eso vinculados, o tal vez es mera coincidencia y el nexo entre Gonzalo de Zárate y los Ferreira se deba a que uno de ellos era militar como él. Las mencionadas tierras fueron posteriormente vendidas por Gonzalo de Zárate recién en 1706 a Domingo de Acasusso.

Durante algún tiempo probablemente se trasladó y permaneció junto con su esposa en el Paraguay, lo que explicaría el nacimiento de uno de sus hijos (Eusebio) por 1684 en esa región. Gonzalo tenía un primo en Paraguay llamado Lucas Barrientos, hijo de la hermana de su padre Petronila Ávila y Zárate.

 Hacia finales del siglo XVII decidió  dedicarse a actividades agropecuarias y se estableció en el antiguo Pago de las Palmas (actual Partido de Zárate) al comprar tres suertes de estancia a herederos de Francisco Pérez de Burgos, Sebastián de Orduña y Francisco de Manzanares, quienes habían recibido dichas mercedes de tierras a principio de ese siglo[14]. El 5 de septiembre de 1689 adquirió una suerte de estancia de 3000 varas de frente a Mariana Manzanares que lindaban río arriba con la de la Compañía de Jesús y río abajo con las de Pedro Bustos de Albornoz, por el precio de 500 pesos. Un par de semanas después, el 24 de septiembre de 1689, Zárate pide la posesión legal, siendo otorgada por el juez territorial Miguel Cordovés.  En 1690 compra a Miguel de Morales y Mercado otra estancia lindera, siendo escriturada tiempo después[15]. En agosto de 1691 compra a Pedro Bustos de Albornoz[16] una tercera estancia, constituyendo una unidad de 9000 varas de frente (aproximadamente 7500 metros). Seguramente, al poco tiempo de la compra, pobló las estancias[17]. El 5 de mayo de 1698 participó en la mensura de los campos de su vecino Luis del Águila quien se hallaba en litigio con el capitán Gerónimo Flores. Para esta mensura se nombró a los capitanes Antonio Lobo Sarmiento y Ventura Dávalos Mendoza, en cuya acta de actuación figura la participación de “Don Gonzalo de Zárate y al alférez Francisco de Arancibia, personas prácticas y más capaces de estos parajes”[18]. La actividad principal de la estancia fue la cría de mulas, complementándose con la cría de ovinos, bovinos y la agricultura en menor medida. La cría de mulas era la producción más importante de la campaña bonaerense por entonces. Se criaban hasta el año y luego eran compradas por acopiadores[19] de Córdoba y Tucumán, quienes las vendían al Alto Perú. La agricultura complementó las actividades ganaderas de la familia Zárate[20]. En los primeros años del siglo XVIII, Gonzalo de Zárate proveyó de ovejas a las barracas de la Compañía de Guinea en dos ocasiones para que sirvieran de alimento a los esclavos recién desembarcados.[21] En 1705, tenía 2204 mulas. Al momento de  la muerte de Zárate había 1800 yeguas con sus potros, 14 burros hechores y 400 mulas. Bueyes y arados. Tenía una casa de adobe con puerta y 2 ventanas y corrales sobre la ribera del Paraná, mientras que en los fondos de su propiedad tenía una segunda vivienda (con su puerta y una ventana), sobre el arroyo Pesquería, que se utilizaba en los tiempos de cosecha.

El 20 de agosto de 1706, Gonzalo de Zárate, en representación de su esposa quién había heredados tierras en el Pago de Monte Grande (actual San Isidro), vendió las mismas al capitán Domingo de Acasusso. Comprendía una chacra de 300 varas de frente por legua de fondo[22]. En una fracción de esas tierras Acasusso levantó la primitiva iglesia de San Isidro Labrador. Otra parte de la misma constituyó la histórica quinta de Los Ombúes que perteneció entre otros a Mariquita Sánchez de Thompson, pasando por la misma un sinfín de personajes ilustres de la historia argentina como San Martín y Pueyrredón. Actualmente funciona allí el “Museo, Biblioteca y Archivo Histórico de San Isidro”. La escrituración de estas tierras no se hizo en ese momento, por lo que  el 16 de mayo de 1711 los compradores reclamaron la obtención de  los títulos correspondientes a los herederos de Don Gonzalo, quien ya había fallecido.[23]

Don Gonzalo de Zárate y Doña Ana de Sayas tuvieron 9 hijos, 6 varones y 3 mujeres, aunque sólo 6 llegaron a edad adulta (Gonzalo, Eusebio, Pascual, Bartolomé, José y Gregoria). Fueron hijos de Gonzalo de Zárate y Ana de Sayás o de los Reyes:

  • Gonzalo. (1686-1744). Nació en1686. Aparece censado en la estancia de su madre Ana Sayas en 1726 con 40 años. En 1738 es empadronado en la Pesquería, figurando con rango de capitán. Fallece soltero y sin sucesión en 1744, siendo enterrado el 4 de octubre en San Antonio de Areco[24].
  • Eusebio. (1684-1760/61) Nació en Paraguay en 1684[25]y se casó con una correntina Lorenza Rodríguez de Aldana. No aparece en los censos ni listas de 1726 de la región, por lo que deduzco que permaneció en Paraguay o Corrientes, donde tuvieron al menos un hijo (María de las Nieves). Ya hacia 1732 se encontraba en estos pagos, mencionándose a su mujer (Lorenza Rodríguez de Aldana) como madrina de su sobrina Gregoria Rodríguez[26], hija de Gregoria Zárate y José Rodríguez de la Torre en 1732. Al igual que su hermano Pascual se dedicó a las actividades agropecuarias en las tierras heredadas de sus padres, aunque probablemente con menor suerte. En 1760 era una persona aprobada por la parroquia de San Antonio de Areco para bautizar. El 29/7/1760 bautizó en el “pueblo del Señor de la Exaltación” por necesidad a María Francisca Pérez, hija legítima del lusitano Francisco Pérez y de María Acosta natural y vecina de Cañada de la Cruz. [27] Murió poco después, ya que figura difunto el 28/10/1761 cuando se bautiza a “Juana Francisca, hija natural de Laureana –negra esclava de Eusebio Zárate” en el oratorio de Blas Gelves en el pago de Pesquería.[28]
  • María Josefa. (b. 21/4/1688)[29]. Seguramente no llegó a edad adulta ya que no aparece mencionada en el testamento de Gonzalo de Zárate (1707).
  • Pascual. (n. 2/1/1693-t. 1764) Nació el 2 de enero de 1693, bautizado el 12 de enero de 1693 a los 10 días de vida. Padrinos: Juan Fernández de Quiroz y Luisa de Sosa. Bautizado por necesidad por Juan Leal[30]). Enlazó matrimonio con Petrona Salinas antes de 1726[31], con la que tuvo descendencia. Se dedicó con cierto éxito a actividades agropecuarias, lo que se deduce por los datos aportados en los censos y testamento. En su estancia poseía haciendas de todo tipo, esclavos, peones conchabados y varios agregados con sus familias. En 1748 figura como proveedor de carne para el abasto de la ciudad[32]. Al morir su madre, cumpliendo su deseo, levantó un oratorio en sus tierras consagrado a la Virgen de la Merced. En 1756 Pablo, uno de sus hijos, peticionó ante las autoridades eclesiásticas para la que el oratorio sea público y pueda oficiarse misa. Habilitándose al poco tiempo para dicho fin. Pascual testó el 28 de junio de 1764.


  • Alejandro. Bautizado el 21 de abril de 1700 en Nuestra Señora de la Merced, Buenos Aires, “de 1 año de edad, hijo legítimo de alférez Gonzalo de Zárate y de Doña Ana de los Reyes”. Padrinos: Alf. Sebastián Ramos de Castro y Doña Isabel Dolozano[33]. Seguramente falleció muy joven, ya que no figura en el testamento de su padre de 1707.
  • El alférez Sebastián Ramos de Castro fue uno de los primeros propietarios permanente de tierras en la zona de Cañada de la Cruz. En 1672 compró 2 suertes de estancia a Estefanía de Mena y Santa Cruz.[34]



  • Bartolomé. (n. 20/8/1700). Bautizado el 28 de agosto de 1700, a los 8 días de vida. Fue fraile mercedario, actuando en Buenos Aires entre 1734 y 1741 en el convento de San Ramón. En 1745 ocupó el cargo de Procurador General de Redención[35]. En la casa de los Zárate habían diversos objetos litúrgicos[36] que utilizaba Bartolomé al oficiar ceremonias privadas[37]. Su madre, Ana de los Reyes, lo hizo beneficiario en su testamento de una capellanía sobre 400 varas de tierras, nombrando a su hermano Pascual como patrono para garantizar al religioso el goce de los réditos. Murió siendo sacerdote mercedario[38].


  • Rosa o María Rosa (bautizada el  20/10/1702, “de 1 mes y poco más de edad,  hija del alférez Gonzalo de Zárate y Ana de los Reyes”. Padrinos: Capitán  Antonio de Andrade y Doña María de los Reyes)[39]. Aparentemente Rosa falleció muy joven sin descendencia.
  • Gregoria. Nacida por 1704[40]. Fue la única mujer de la familia que llegó a la adultez. Se casó con José Rodríguez de la Torre con el que tuvo numerosa descendencia.[41]
  • José. Nacido el 16 de marzo de 1707 y bautizado el 20 de marzo de 1707, “h.l. del Alferez Don Gonzalo de Zárate y Ana de los Reyes”. Fueron sus padrinos el Capitán Sebastián Delgado y Antonia Cordovés[42].  En 1726 figura en Pesquería donando 1 caballo a las tropas del capitán Frutos de Palafox enviadas para auxilio de Santa Fe.[43] En ese año aparece censado en la estancia de su madre Ana de Sayas, soltero. Posteriormente se mudó a Lujan donde se casó el 1/1/1728 con Ana Rodriguez[44]. Luego de que los pagos de Luján fueron asolados por un malón en 1744, se sumó como capitán de milicias en la zona de la Guardia de Luján, llegando a intimar con el cacique Calelian y por lo que fue nombrado jefe de la excursión a las Salinas[45]. El 11 de mayo de 1746 vende las tierras heredadas de su padre a su primo el capitán Pedro de Olivera. En 1752, Al crearse la compañía de Blandengues [46] “La Valerosa” con asiento en la Guardia de Luján se suma a la misma con el grado de capitán, al mando de dicha compañía junto con el alférez Corro. En 1754 participó en las Guerras Guaraníticas en la Banda Oriental bajo la comandancia de Francisco Bruno de Zavala, permaneciendo por algún tiempo en la zona. En septiembre de 1759 regresó a Buenos Aires con licencia. Se instaló en el Pago de Luján donde tuvo descendencia.


El 28 de febrero de 1707, Gonzalo de Zárate realiza el testamento, beneficiando a sus hijas en “"el tercio y remanente del quinto de todos mis bienes por iguales partes a Gregoria y María Rosa, mis hijas..."[47]. Muere en 1711, siendo amortajado con el hábito de San Francisco[48] y enterrado en la iglesia del convento de los franciscanos de Buenos Aires[49]. Se levantó, entonces, un inventario de los bienes, registrándose 3 arados y entre el ganado 800 ovejas, 1800 yeguas con sus potros, 14 burros hechores, 250 mulas de más de un año y 150 recién nacidas, 40 bueyes, 80 vacas lecheras y 400 vacas de rodeo.[50] Al momento de su muerte tres de los hijos de Don Zárate eran menores de edad, lo que obligó a su viuda a vender 140 mulas y 100 caballos para vestirlos. Al tiempo Ana de Sayas contrae matrimonio con Juan Jimenez García. La partición definitiva de los bienes no se realizó hasta la muerte de Doña Ana en 1744. Las tierras de Gonzalo de Zárate fueron repartidas por sus herederos el 14 de octubre de 1745 de la siguiente manera: para Eusebio 1618 varas de las 9000 que era el total de extensión de las estancias, Gregoria 2218,5 varas; José 1818,5; y Pascual 3344. María Rosa y Gonzalo habían fallecidos y Bartolomé estaba excluido por ser religioso. El único de los herederos que se desprendió de las tierras fue José. El resto de su amplia descendencia permaneció en este rincón que pasó a llamarse "de Zárate".

[1]  Botta, Vicente Raúl. “Historia de Zárate. 1689-1909”. Ed. Diario la Voz de Zárate. Año 2000.

[2] En la compra de tierras a Mariana de Manzanares del 5 de septiembre de 1689 también declara ser “natural de esta Ciudad y Puerto” (de Buenos Aires).

[3] Manzano, Eduardo. “Los Ávila y Zárate”. Boletín N°21 del Centro de Estudios Genealógicos de Córdoba. Año 1988.

[4]  Boletín 169 del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas (IACG).

[5]  Índice de Bautismos del Libro II de la Catedral de Buenos Aires –publicado en el Blog de Aldo Beliera- http://catedraldebuenosaires.blogspot.com.ar/

[6]  Diccionario Biográfico de Buenos Aires, 1580-1720.  Raúl Molina. Academia Nacional de la Historia, Año 2000.

[7] Boletín 169 del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas. Allí se lo menciona como alférez del Presidio.

[8] En varias de las actas de bautismos de sus hijos figura su rango militar (alférez). Además, muchos de los padrinos de sus hijos tenían rango militar (capitanes y alférez), lo que reafirma que se manejaba en círculos militares.

[9] “Historias de Familias. El Rincón de los Zárate y de otras familias coloniales.” Publicaciones del museo histórico Quinta Jovita y el Archivo histórico de la municipalidad del partido de Zárate. Sergio Robles. Ed. De los cuatro vientos. 2008.

[10] En la venta de tierras de Mariana de Manzanares a Don Gonzalo de Zárate, consta que éste no supo como firmar. También en la mensura de los campos de Luis del Águila de 1698 –vecino-, quien se encontraba en litigio con Gerónimo Flores, Gonzalo de Zárate no firmó porque “dixo no sabere hacerlo”.

[11] Ponencias del Segundo Congreso de Genealogía del Pagos de los Arroyos. Enrique Yarza Rovira. Genealogía de Rosario. Genealogiaderosario.com.ar

[12] Libro de matrimonios, La Merced, ciudad de Buenos Aires. Folio 102. Aquí dice que ambos son “naturales de ésta ciudad”.

[13] Bernardo Lozier Almazán. “Los Ombúes. Historia de una casa y sus moradores”.

[14] El 23 de octubre de 1604 el gobernador Hernandarias otorgó a Francisco Pérez de Burgos (Jerez de la Frontera 1558-Buenos Aires 1616).  Francisco de Manzanares, yerno de este último recibió en merced tierras lindantes a éste el 9 de octubre de 1618. A Sebastián de Orduña, casado con una hija de Francisco de Manzanares, le fue otorgada una estancia el 22 de enero de 1635 por el gobernador Pedro Dávila.

[15] El 4 de junio de 1694, el capitán Miguel de Mercado y Morales, declaró haber vendido 4 años antes una estancia a Gonzalo de Zárate de “media legua de frente y dos de fondo”.

[16] Según Botta, Pedro Bustos de Albornoz vende la estancia “en víspera de ausentarse para Córdoba”. Estas tierras las había adquirido a Leonor de Manzanares (hija de Mariana de Manzanares) y a Antonio Cabral de Caravajal el 6 de febrero de 1688.

[17] Según Botta en algunos documentos figura como morador de la ciudad de Buenos Aires en 1691. En 1698, no quedan dudas que tenía la estancia poblada.

[18] Botta. “Historia de Zárate…”

[19] En su testamento, Gonzalo, admite una deuda con uno de esos acopiadores, José de Arregui por 700 pesos. Había recibido aquel importe “para efecto de que le vendiese las mulas que yerro en mi estancia cada año hasta cumplir la cantidad a precio de 6 reales por cabeza, siendo de dos años”.

[20] “Historias de Familias. El Rincón de los Zárate y de otras familias coloniales.” Publicaciones del museo histórico Quinta Jovita y el Archivo histórico de la municipalidad del partido de Zárate. Sergio Robles. Ed. De los cuatro vientos. 2008.

[21] Birocco, Carlos M. “Cañada de la Cruz. Tierra, producción y vida cotidiana en un partido bonaerense durante la colonia”. Municipalidad de E. de la Cruz. 2003. Pág. 81.

[22] Botta. “Historia de Zárate…”

[23] Robles, Sergio. “Historias de Familias…”

[24] Libro I de entierros de San Antonio de Padua (Areco).

[25] Censo de 1744. Declara ser del Paraguay y tener 60 años, y su mujer dice ser de Corrientes

[26] Libro I de Bautismos de San Antonio de Areco.

[27] Número 466. Aldo Beliera. Archivo Parroquial de la Iglesia de San Antonio de Padua (Areco) Transcripción de las partidas de bautismos del libro 2°, años 1756-1770. Fuentes Documentales. Volumen II. Instituto Argentino de Ciencias Genealogicas.

[28] Número 589. Aldo Beliera. Archivo Parroquial de la Iglesia de San Antonio de Padua (Areco) Transcripción de las partidas de bautismos del libro 2°, años 1756-1770. Fuentes Documentales. Volumen II. Instituto Argentino de Ciencias Genealogicas.

[29] Libro de Bautismos de N. Sra. de la Merced, Buenos Aires. Folio 95

[30] Libro de Bautismos de Nuestra Señora de la Merced, Buenos Aires, Folio 147

[31] En el censo de 1726, figura en Pesquería, con su mujer Petrona Salinas y una hija.

[32] Botta. “Historia de Zárate…”

[33] Libro de Bautismos de Nuestra Señora de la Merced, Buenos Aires, Folio 232

[34] Birocco, Carlos María. “Cañada de la Cruz. Tierra, producción y vida cotidiana en un partido bonaerense durante la Colonia”. Municipalidad de Exaltación de la Cruz. 2003. Pág. 51-52.

[35] Robles, Sergio. “Historias de Familias…”

[36] Al momento del fallecimiento de Ana de los Reyes en 1744, en el inventario de los bienes, se registraron un cáliz de plata, vinagreras y un misal.

[37] El 24/9/1742 bautizó en la casa de los Zárate a Mariano Cabrera y Zárate, hijo de su sobrina María de las Nieves –hija de Eusebio Zárate- y de Joaquín Cabrera. (Libro I de Bautismos de San Antonio de Areco)

[38] Libro de Bautismos de Nuestra Señora de la Merced. Folio 243

[39] Base de datos de genealogíafamiliar.net y Libro de Bautismos de Nuestra Señora de la Merced. Folio 279.

[40] En el censo de 1744, dice tener 40 años.

[41] “Historias de Familias. El Rincón de los Zárate y de otras familias coloniales.” Publicaciones del museo histórico Quinta Jovita y el Archivo histórico de la municipalidad del partido de Zárate. Sergio Robles. Ed. De los cuatro vientos. 2008.

[42] Libro de Bautismos de Nuestra Señora de la Merced. Año 1707, Folio 22

[43] Donación de ganado y caballos. 1726.

[44] Boletín N°97 del IACG. Casamientos y Bautsmos de residentes de Luján registrados en los libros de Nuestra Señora de la Merced.

[45] Tabossi, Ricardo. “Historia de la Guardia de Luján durante el período hispano-indiano”. Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires Dr. Ricardo Levene, 1989 

[46] El 27 de julio de 1744 ocurre un gran malón del cacique Calelian sobre la villa de Luján, lo que provoca que el Cabildo decida instalar una guardia permanente en un fortín río arriba (Guardia de Luján –actual Mercedes-). Inicialmente estaba conformada por milicianos forzosos y sin paga, lo que provocaba muchas deserciones. En 1752, se creó la compañía de Blandengues “La valerosa” con asiento en dicha Guardia, los integrantes eran voluntarios y recibían una paga.

[47] Archivo General de la Nación. Sucesión 8821. Testamentaria de Gonzalo de Zárate.

[48] En el siglo XVIII estaba muy extendida la utilización del hábito de San Francisco como mortaja, ya que una indulgencia del Papa Inocencio VII (1523-1534) había concedido la remisión de un tercio de los pecados a los que se sepultasen con dicho hábito.

[49] En su testamento Gonzalo de Zárate pide que sea “amortajado con hábito de Nuestro Padre San Francisco sepultado en su iglesia en la parte y lugar que mis albacea eligieren”. Seguramente cumpliendo con su deseo fue enterrado en la vieja iglesia del convento de San Francisco de la ciudad de Buenos Aires. Garay había cedido en 1583 a la orden franciscana la manzana correspondiente a la limitada por las actuales calles Defensa, Balcarce, Adolfo Alsina y Moreno. En ese sitio se encontraba la primitiva iglesia, hecha de adobe y techo de palma y tejas, que fue reemplazada en 1731 por un nuevo templo. Este segundo templo tenía problemas estructurales, derrumbándose a principios del siglo XIX parte de su fachada y torre, construyéndose luego un tercer templo.

[50] Robles, Sergio Daniel. “Historia de Zárate, desde sus orígenes hasta el año 2000”. Página 50. Editorial “De los cuatro vientos”. Año 2005.

Fuente:
1. GenealogíadeZárate
2. Escudo obtenido de Heráldica Argentina

martes, 15 de noviembre de 2016

Los invasores británicos y la antigua Chacarita

Marqués don Rafael de Sobremonte
Cuando gobernaba el Marqués don Rafael de Sobremonte, llegaron a Buenos Aires invasores británicos con la decisión de apoderarse de estas “provincias de ultramar” de la Corona española. A fines del mes de junio de 1806, los ingleses (corresponde llamarlos británicos, pero usaremos la terminología habitual) desembarcaron cerca de la localidad de Quilmes dirigidos por el general Guillermo Carr Beresford. La escuadra que los traía había partido de la recién conquistada colonia holandesa en El Cabo, al el sur de África y los navíos estaban comandados por el comodoro Home Popham. El virrey Sobremonte no atinó en tales circunstancias a dictar medidas para contener a los invasores y así, los 1500 soldados enemigos pudieron apoderarse del Fuerte y por ende, de la ciudad de Buenos Aires, capital del Virreinato del Río de la Plata. Mientras el Virrey se dirigía al interior en procura de ayuda militar, el pueblo se aprestó a reconquistar su ciudad. Españoles y criollos procuraron armarse bajo la dirección de don Santiago de Liniers, un oficial de marina francés bajo las ordenes españolas (ambos países eran entonces aliados contra el enemigo común: Inglaterra). El criollo don Juan Martín de Pueyrredón logró reunir 600 hombres –casi todos paisanos– y enfrentó a los invasores en Perdriel, donde fue derrotado. Liniers tomó entonces el mando general de sus tropas y se trasladó a Colonia (Uruguay), para solicitar ayuda. Al retornar, se reunieron con él los dispersos de Perdriel y se dirigió hacia la ciudad. También se incorporaron pobladores de las afueras, que debieron atravesar lodazales, pues el tiempo era lluvioso. Todas las tropas procuraron concentrarse en los caserones de la Chacarita, que habían construido hacía ya muchos años los jesuitas. Allí los hombres descansaron y se proveyeron de más armamento, incrementado el contingente por la incorporación de labriegos y pobladores de nuestros barrios de hoy. El día 10 de agosto, el capellán, Padre Pedro Larrañaga ofició misa en la capilla, a la que asistieron don Santiago de Liniers, los oficiales, soldados y el vecindario. Luego, el ejército reconquistador avanzó desde la Chacarita hacia los Corrales de Miserere (Plaza Once de Septiembre) para desde allí intentar atacar la Fortaleza (hoy Casa de Gobierno, en la Plaza de Mayo). Liniers intimó la rendición al jefe británico Beresford desde El Retiro, lugar que logró ocupar y entonces se entablaron violentos combates. Finalmente el 12 de agosto de ese año de 1806, los británicos se vieron obligados a rendirse. Su flota permanecía en el Río de la Plata esperando la llegada de refuerzos para volver a atacar la posesión española. En 1807, los refuerzos para el ejército británico ya habían arribado. La fuerza de invasión llegó a contar con 12.000 hombres dirigidos por el general John Whitelocke. Pronto cayó Maldonado, en la otra Banda y enseguida Montevideo; fue inminente el segundo ataque a la ciudad de Buenos Aires. Inicialmente los invasores, lograron derrotar a Liniers, quien debió internarse en la campaña y halló acantonamiento en los caserones de la antigua Chacarita Así informaba Liniers a sus superiores militares:

Mi puesto de reunión era la Chacarita de los Colegiales, pero la oscuridad de la noche me impidió tomarla por el riesgo inminente que tenía de caer en alguna avanzada de los enemigos y esto me hizo determinar a pasarla en una casa en la que tuve la noche más amarga que jamás he sufrido. Al amanecer el día 3 me transporté a la citada Chacarita, donde encontré algunas piezas de artillería de a 11, de la batería de la Recoleta, las que se habían salvado y desde allí marché inmediatamente a la ciudad.

El historiador Alberto M. Salas, dejó esta nota que tomó de documentos del Archivo General de la Nación:

(…) ante el inminente ataque de los ingleses, ya en la Banda Oriental, se pidió al doctor Chorroarín, Rector del Real Colegio de San Carlos, que lo desocupara, para que en el edificio se instalaran soldados, enviando para ello a los alumnos a los campos de la Chacarita. (7 de marzo de 1807.)

El 4 de julio de 1807, la situación en Buenos Aires era dramática: los británicos se aprestaban, pero el pueblo en armas también estaba dispuesto para la defensa… Y en esos momentos llegó un chasqui desde la Chacarita del Real Colegio de San Carlos y anunció a los pobladores que en tal lugar estaba ya listo el ejército, con artillería, soldados y milicianos –entre ellos muchos lugareños de la Chacarita– listos para marchar a defender a Buenos Aires. Pronto se entabló la lucha con los británicos que habían partido de El Retiro y el 5 de julio de 1807, el pueblo de Buenos Aires volvió a derrotar a los invasores.

EL MOJÓN DE LA ARGENTINIDAD

La Chacarita de los Colegiales, como hemos visto, vivió en los años de 1806 y 1807 momentos de gloria. Rindamos homenaje a muchos agricultores y pobladores de estos lugares que lucharon contra los que pretendieron apoderarse de nuestra ciudad. Como recuerdo de tales sucesos, hace pocos años se colocó en la intersección de las calles Corrientes, Forest y Jorge Newbery un monolito llamado Hito de la Argentinidad construido con ladrillos de la Chacra de Márquez. Lo mismo se hizo en otros lugares donde se convocaron o pasaron los pobladores en respuesta al llamado de la ciudad amenazada.

DESDE 1807 HASTA LOS DÍAS DE MAYO DE 1810

Entre 1807 y 1810, es decir, desde el heroico momento en que se encaró la “defensa” de la capital del Virreinato del Río de la Plata, hasta el movimiento revolucionario del 25 de Mayo, hubo calma en la “chacrita” de los antiguos jesuitas y su entorno campesino. Los alumnos del Real Colegio Convictorio Carolino retornaron a sus estudios y volvieron a descansar en las bellas llanuras del oeste, cerca del arroyo Maldonado, –entonces con buenas aguas e incluso peces– praderas feraces, montes de árboles frutales y de sombra y la posibilidad de andar a caballo, sin freno a sus galopes. Pero otros tiempos se avecinaban…

Fuente:
1. Chacarita y Colegiales
2.La antigua Chacarita de los Colegiales – Diego A Del Pino