Jane Landers dirige el mayor fondo digital sobre sociedades esclavistas e investiga a quienes llegaron a Florida, Cuba o Colombia huyendo de las plantaciones de Carolina
«Soy tu sirviente, no tu esclava». Jane Landers tenía cinco o seis años cuando escuchó esa frase. Se la dijo Inés, su cuidadora afrodominicana, mientras le daba un baño en la casa diplomática de Santo Domingo, donde el padre de Landers servía como oficial naval estadounidense. La niña no entendió la palabra, pero captó el tono. Otra noche, asustada por un libro, fue a meterse en la cama de Inés. «¿Y no tienes miedo de que el color se te vaya a imprimir?», le dijo ella. Landers recuerda esas dos frases como el momento en que la raza dejó de ser un concepto y se convirtió en una experiencia. Décadas más tarde, cuando regresó a la isla y la buscó para agradecérselo, su madre no recordaba el apellido de Inés. «Así era la diplomacia», cuenta Landers con una sonrisa resignada. «Los empleados pasaban de una familia a otra».
La niña de Santo Domingo se convirtió en la historiadora que ha cambiado lo que sabemos sobre los africanos en la América española. Jane Landers (Pittsburgh, 1947), catedrática Gertrude Conaway Vanderbilt de Historia en la Universidad de Vanderbilt, en Nashville (Tennessee), beca Guggenheim y miembro del Comité Científico Internacional de la UNESCO para las Rutas de los Pueblos Esclavizados, dirige el mayor archivo digital del mundo sobre sociedades esclavistas: el Slave Societies Digital Archive, que alberga casi 780.000 imágenes de documentos, algunas del siglo XVI, procedentes de Cuba, Brasil, Colombia, Angola, Cabo Verde y la Florida española.
Nos encontramos con ella en Madrid, adonde ha viajado para participar en las III Jornadas Hispanoamérica, un futuro compartido, organizadas por la Fundación Rafael del Pino, López-li Films y la Fundación Unidos por la Historia con motivo del 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos y el estreno de We the Hispanos, el documental de José Luis López-Linares en el que Landers interviene como experta. El título de su ponencia da fe de una incógnita a resolver: ¿Por qué los africanos defendieron la América española frente a la colonización británica?
Pero antes de subir al estrado, Landers se sienta con nosotros y despliega, con la cadencia pausada de quien lleva 40 años explicando lo mismo a gente que lo oye por primera vez, la historia que vertebra toda su carrera: la del primer ferrocarril subterráneo de las Américas, que no iba hacia el norte, como el célebre de la Guerra Civil, sino hacia el sur.
Todo empezó, como tantas veces en la historia de la ciencia, por accidente. Landers había entrado en la Universidad de Florida para hacer un doctorado sobre Brasil. Antes trabajaba como trabajadora social en barrios negros e hispanos. «Encontré esos documentos por casualidad para un curso», recuerda. «Recogían casos de esclavos que huían durante la Revolución norteamericana hacia la Florida española». La pregunta que se hizo entonces acabó por vertebrar toda su obra: «¿Por qué? ¿Dónde comienza esa política de dejar entrar esclavos y otorgarles la libertad, convirtiendo el territorio en un santuario?».
Retrocedió hasta el siglo XVII y lo que encontró fue una corriente migratoria clandestina que llevaba décadas funcionando. Desde al menos 1687, esclavos de las plantaciones británicas de Carolina huían hacia la Florida española, a veces con ayuda de la tribu de los yamasees y la de los creeks. Los gobernadores españoles los recibían y consultaban al rey qué hacer con ellos. En 1693, Carlos II emitió una real cédula que otorgaba la libertad a todos los fugitivos de colonias protestantes que se convirtieran al catolicismo. Un siglo antes del ferrocarril subterráneo que llevaría esclavos del sur al norte, existía ya esta ruta clandestina hacia el sur, hacia la Florida católica.
"Los ingleses consideraban a los negros como propiedad. Para ellos no tenían humanidad, ni derechos, ni familias; eran pura mercancía y podían matarlos casi sin castigo"
Jane Landers
En 1738, el gobernador Manuel de Montiano fundó para estos fugitivos un asentamiento llamado Gracia Real de Santa Teresa de Mosé, a unos tres kilómetros al norte de San Agustín. El primer pueblo legalmente constituido de personas negras libres en lo que hoy son los Estados Unidos. Landers lo descubrió en los archivos. La arqueóloga Kathleen Deagan, su profesora y colaboradora, lo localizó físicamente con ayuda de imágenes de la NASA. En mayo de 2025, tras cuatro décadas de investigación, se inauguró la reconstrucción del fuerte. «Verlo me impresionó mucho», admite Landers. «Los documentos suelen ser muy declarativos y no tienen el sabor del momento. La arqueología y el arte nos permiten ampliar la Historia».
Todo empezó, como tantas veces en la historia de la ciencia, por accidente. Landers había entrado en la Universidad de Florida para hacer un doctorado sobre Brasil. Antes trabajaba como trabajadora social en barrios negros e hispanos. «Encontré esos documentos por casualidad para un curso», recuerda. «Recogían casos de esclavos que huían durante la Revolución norteamericana hacia la Florida española». La pregunta que se hizo entonces acabó por vertebrar toda su obra: «¿Por qué? ¿Dónde comienza esa política de dejar entrar esclavos y otorgarles la libertad, convirtiendo el territorio en un santuario?».
Retrocedió hasta el siglo XVII y lo que encontró fue una corriente migratoria clandestina que llevaba décadas funcionando. Desde al menos 1687, esclavos de las plantaciones británicas de Carolina huían hacia la Florida española, a veces con ayuda de la tribu de los yamasees y la de los creeks. Los gobernadores españoles los recibían y consultaban al rey qué hacer con ellos. En 1693, Carlos II emitió una real cédula que otorgaba la libertad a todos los fugitivos de colonias protestantes que se convirtieran al catolicismo. Un siglo antes del ferrocarril subterráneo que llevaría esclavos del sur al norte, existía ya esta ruta clandestina hacia el sur, hacia la Florida católica.
"Los ingleses consideraban a los negros como propiedad. Para ellos no tenían humanidad, ni derechos, ni familias; eran pura mercancía y podían matarlos casi sin castigo"
Jane Landers
En 1738, el gobernador Manuel de Montiano fundó para estos fugitivos un asentamiento llamado Gracia Real de Santa Teresa de Mosé, a unos tres kilómetros al norte de San Agustín. El primer pueblo legalmente constituido de personas negras libres en lo que hoy son los Estados Unidos. Landers lo descubrió en los archivos. La arqueóloga Kathleen Deagan, su profesora y colaboradora, lo localizó físicamente con ayuda de imágenes de la NASA. En mayo de 2025, tras cuatro décadas de investigación, se inauguró la reconstrucción del fuerte. «Verlo me impresionó mucho», admite Landers. «Los documentos suelen ser muy declarativos y no tienen el sabor del momento. La arqueología y el arte nos permiten ampliar la Historia».
Landers reconoce la objeción antes de que se la formulen. «Yo siempre digo que el sistema era más fluido, pero España tenía una clara motivación política y militar para abrir la puerta a los esclavos. Había una utilidad estratégica». ¿Quién tenía más razones para luchar ferozmente contra los ingleses que los esclavos que huían de ellos? Estaban motivados como pocos. «De alguna forma, España estaba adquiriendo soldados para defender sus territorios».
La encarnación de esa tesis lleva nombre propio: Francisco Menéndez, un africano nacido probablemente en la región de Gambia hacia 1700, esclavizado de joven y llevado a Carolina, que escapó a Florida durante la Guerra Yamasee (1715-17). Los documentos que Landers ha recuperado a lo largo de casi toda su carrera muestran a un hombre que hablaba cuatro idiomas, fue nombrado capitán de la milicia negra de San Agustín, lideró el contraataque en la batalla de Bloody Mose en 1740 (donde murieron 75 soldados británicos), fue capturado, vendido como esclavo en las Bahamas, recuperó la libertad, regresó a Mosé y en 1763, cuando Inglaterra tomó el control de Florida, evacuó a su comunidad entera a Cuba. Entró y salió de la esclavitud varias veces. Escribía al rey de España en español reclamando reconocimiento por sus servicios militares.
«Lo he seguido documentalmente durante casi toda mi carrera», cuenta Landers. «Creo que volvió a La Habana, y estoy siguiendo su pista allí». Le preguntamos si cree que Menéndez se reconocería en lo que ella ha escrito sobre él. «Sí, lo creo. Conozco todo sobre su familia, su esposa, sus hijos y sus tierras». Lo dice con la seguridad de quien ha pasado más tiempo con un muerto del siglo XVIII que con muchos vivos del XXI. «Es una historia de película», concluye.
"España tenía una clara motivación política y militar para abrir la puerta a los esclavos. Estaba adquiriendo soldados para defender sus territorios"
El Slave Societies Digital Archive nació en 2003 con una beca del National Endowment for the Humanities y hoy cuenta con documentos de 109 archivos en nueve países. El trabajo de campo para reunirlo ha llevado a Landers y a sus equipos de estudiantes de Vanderbilt a sótanos de iglesias en La Habana, Mompox, Quibdó, Niterói, Cabo Verde y Benín. En la última misión a Mompox, en marzo de 2025, digitalizaron 4.358 páginas de bautismos, matrimonios y defunciones.
Las condiciones suelen ser precarias. «Un estudiante bromeó una vez en Cuba llamándonos Guerrilla Preservation», ríe Landers, «porque trabajábamos como guerrilleros en condiciones difíciles». En Quibdó, región del Chocó colombiano, les robaron el equipo. Poco después de que se marcharan, estalló un combate entre el Ejército y las FARC en la selva circundante.
Una sorpresa reciente la conmovió especialmente. «En Niterói, a las afueras de Río de Janeiro, encontramos documentos de una gran misión de franciscanos y dominicanos llamada Santo Antônio de Sá. La misión era un sitio arqueológico famoso en ruinas, pero nadie en todo Brasil sabía que aún existían los registros documentales de ese lugar. Resultó que un fraile los había guardado, conservado y llevado a Río. Rescatar eso fue una maravilla».
Ahora la inteligencia artificial acelera la transcripción de los documentos paleográficos que antes requerían años de formación especializada. Pero Landers pone límites al entusiasmo: «Si yo no llevo a mi equipo a los archivos físicos para hacer las copias, no hay nada que la IA pueda leer. El trabajo de campo es vital».
Landers tiene 79 años. La pregunta sobre el legado institucional ya tiene respuesta: en 2024, la biblioteca de Vanderbilt dio al archivo sede permanente y contrató a Daniel Genkins, antiguo doctorando suyo como curador digital. «Ahora veo el futuro con optimismo. Alojamos los documentos de forma gratuita para que cualquiera en el mundo pueda consultarlos».
¿Y la lección para España, que este año celebra el 250 aniversario de la independencia estadounidense con renovado interés por su legado en América? Landers evita el tono celebratorio, pero aporta un dato que convendría recordar: «Al analizar históricamente el sistema español se puede ver que ofrecía más garantías que el anglosajón. Si alguien de clase baja sufría abusos, tenía voz legal. Podía acudir a un clérigo o a un gobernador para dar su testimonio oficial, y si no hablaba el idioma, se le proporcionaba un intérprete». Un marco de derechos que las colonias inglesas tardarían generaciones en concebir.
Inés, la cuidadora que distinguía entre sirviente y esclava, probablemente no lo sabía. Pero la distinción que enseñó a una niña en Santo Domingo venía de muy lejos.

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