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viernes, 25 de junio de 2021

El Conquistador y su guardián:

Por José María Posse

Abogado - Escritor - Historiador

Don Juan Gregorio de Bazán nació en la ciudad de Talavera de la Reina en la meseta montañosa de Castilla la Nueva, que por entonces (principios del siglo XVI), era una villa amurallada de casas solariegas, siempre iluminadas por ese peculiar sol castellano. Venía de una familia hidalga de regular fortuna y de buena reputación en la comarca. Era primo del conquistador Francisco de Aguirre. Fueron aquellos los tiempos heroicos de la épica conquista de América: años de esplendor y fortuna, de gloria y de hazañas, época de aventuras, de ingratitudes, de desesperanzas y de muerte.



Millares de españoles se embarcaban rumbo a lo desconocido tras el velloncillo de oro que las Indias representaban, y terminaban por ser una realidad para un puñado y tan sólo un espejismo fantástico para los demás. En un abrir y cerrar de ojos, Juan Gregorio se convirtió en un gallardo mozuelo pretendido por las mejores niñas casaderas de la comarca. Doña Catalina de Plasencia era una encantadora muchacha de profundos ojos azules que encandilaron a nuestro personaje. El matrimonio pronto fue concertado entre ambas casas. El día de la boda, la novia recibió un hermoso medallón con un arcángel tallado por un exquisito orfebre.

El nuevo mundo

Al nacer su hija María, el matrimonio acogió la visita del capitán Ildefonso de Sotomayor, lejano pariente que había formado parte del grupo de Francisco de Aguirre. Por primera vez Juan Gregorio pudo conocer las peripecias de la conquista del Nuevo Mundo. Su mente grababa hasta en los mínimos detalles cada historia que relataba el venerable capitán español. Allí se enteró de la leyenda de la ciudad de oro de los Césares, de las ninfas que cuidaban los lagos donde los indígenas habían escondido sus tesoros y de las legendarias como desiguales batallas entre los españoles y las tribus indómitas de la América indiana.

La visita del capitán no era casual; se encontraba reclutando jóvenes de familias hidalgas para una nueva expedición de la corona española, que tenía la finalidad de reconocer las tierras “del Tucumán”. Era la primera vez que Juan Gregorio escuchaba esta voz indígena, pero no sería la última. Los beneficios que los conquistadores y primeros pobladores recibían de los reyes de España eran realmente tentadores, sobre todo para un joven de las características de Bazán, con ansias de probar su hombría y su valor. La decisión no se hizo esperar y Juan Gregorio aceptó, a sabiendas de que por muchos años no vería a su familia. La despedida de doña Catalina y su pequeña hija fue conmovedora; al partir llevó en su cuello el medallón con la figura del ángel guardián, con la promesa de encomendarse a su cuidado.

Llegó a las Américas en 1545, inició sus servicios en Panamá, de donde pasó al Perú para integrar la armada del licenciado La Gasca. Participó en la batalla de Xaquixaguana, donde comenzó a gestarse su renombre.

Entró al Tucumán por el Valle Calchaquí con Miguel de Ardiles con quien alcanzó la población del Barco II. Asistió a la fundación de Santiago del Estero en 1553. Un año más tarde fue elegido teniente gobernador y justicia mayor. En 1565 acompañó su pariente, Francisco de Aguirre a Tucumán, y compartió los actos de la fundación de San Miguel de Tucumán, entre otros hechos salientes.

Valiente y justo

Con el paso de los años, la aventura del capitán Bazán se convirtió en la leyenda del que luchara en épicas batallas y padeciera las condiciones más desventajosas de las que siempre salió airoso, del conocido por su bravura en combate y por su piedad para con el vencido, del llamado a dirimir diferencias gracias a sus salomónicas sentencias y a su implacable sentido de la justicia. Su nombre fue respetado a lo largo y a lo ancho de los territorios de la América indiana.

Cuentan que antes de cada batalla recitaba entre dientes una antigua oración y aferraba fuertemente el medallón del ángel guardián; luego se adelantaba a sus hombres para ser el guía de sus invencibles tropas. Ellas lo veneraban y sus enemigos le temían por su arrojo, aunque no por su crueldad. Jamás soldado alguno a su mando se lanzó al degüello de los vencidos ni atropelló mujeres ni a niños.

Se contaban también otras extrañas historias: don Juan Gregorio “tiene protección”, se decía. Habiendo recibido incontables heridas, ninguna se había infectado a pesar que los indios contaminaban las puntas de sus lanzas y flechas con toda clase de desechos para inducir la putrefacción de las laceraciones que provocaban.

El reencuentro familiar

Pacificado el territorio, y en mérito de sus casi veinticinco años de servicios a la Corona, recibió del rey español una extensa encomienda en las tierras de la actual provincia de La Rioja. Por fin se daban las condiciones por las que tanto había luchado. Era hora de traer a su familia. Los años habían pasado y su hija estaba ya por hacerlo abuelo por tercera vez, era el año de 1569.

Mientras se dirigía al puerto de Lima donde desembarcaría su familia, sólo añoraba la paz de sus campos recientemente otorgados, a los que imaginaba pródigos en cosechas y poblados de una vasta descendencia. Él, que no había podido criar a su amada hija, ahora podría malcriar a sus nietos. El reencuentro fue enternecedor: la hija, doña María de Bazán, quien no tenía recuerdos de su padre y que tan sólo conocía de él por las historias de los viajeros y por las espaciadas cartas que llegaban del Nuevo Mundo, por fin podía abrazar a ese corpulento barbado en el que se había convertido aquel gallardo mozuelo de otros tiempos. Doña Catalina, muda de la emoción, apenas podía mantener la compostura frente a su hombre, que se había transformado en la idealización de todos los hombres.

El reencuentro también sirvió para conocer a su yerno, don Diego Gómez de Pedraza, un joven de buena familia y fina estampa, diestro en el manejo de las armas. En una primera impresión el joven le pareció un tanto afectado por sus modales cortesanos. ¡Ya lo veremos en acción!, pensó don Juan Gregorio a sabiendas de que un hombre se conoce sólo cuando enfrenta su destino.

Las semanas que duró la preparación de la expedición con destino a sus nuevas posesiones se vivieron con entusiasmo e ilusión. Debían dirigirse primero a la ciudad de Esteco, para desde allí partir al destino final. Mientras se organizaba la caravana, su familia fue tomando conocimiento de las historias de la épica lucha por la conquista de los territorios. Eran contadas por la servidumbre y los soldados alrededor de los fogones, mientras don Juan Gregorio observaba a los suyos con la mirada perdida, acariciando las manitas de los nietos, o apoyado en el mango de su espada. Como si las historias que de él se contaran no le pertenecieran. A veces asentía, otras veces sólo sonreía como no dando importancia. Pero sus familiares advirtieron que su paso era reverenciado por cuantos lo reconocían.

Travesía peligrosa
Una mañana partieron rumbo al Tucumán. La caravana estaba compuesta por diez familias de soldados que venían a poblar las ciudades a fundarse. Cuarenta hombres de armas y más de sesenta sirvientes nativos, además de una veintena de esclavos africanos, convertían a aquel grupo heterogéneo, en un muestrario de las razas que comenzaban a poblar el nuevo continente.

El agobiante calor y la sequedad del altiplano ahora boliviano hicieron estragos en las mujeres y en los niños, aunque sólo tuvieron que lamentar la pérdida de algunos animales de carga y la deserción de un grupo de indígenas con parte de la carga. La huída de estos tenía intranquilo al capitán Bazán ya que quedaban en la zona tribus rebeldes que podían ser avisadas del paso de la caravana. Los enseres que la familia Bazán había traído de España constituían tesoros fabulosos que alimentaban la codicia de muchos, además de treinta caballos cargados con armas, municiones y preseas, sin contar la presencia de mujeres jóvenes, objetivo codiciado por los caciquejos del altiplano.

Una mañana hicieron alto en una angostura del camino conocida como “Maíz Gordo”, al sur de la quebrada de Humahuaca. Desde allí, subiendo a una montaña circundante, Bazán pudo mostrar a su familia el inmenso país que se abría a sus pies. Se sentía el profeta Moisés señalando al pueblo de Dios la tierra prometida. Entonces advirtió una polvareda que venía del norte. Sin duda habían sido localizados; pronto la lucha comenzaría. Presurosos bajaron la montaña y Bazán comenzó a organizar la defensa. Al rato llegó la retaguardia con la novedad de que estaban a tiro de arcabuz varios centenares de homaguacas y puquiles junto a un numeroso grupo de Lules, que eran los más feroces guerreros que conocieran estos territorios.

Ante la abrumadora superioridad de los indios, Bazán tomó una decisión límite: ordenó a las mujeres que montaran en los caballos más baqueanos junto a los pequeños y a un grupo de sirvientes y que tomaran por otro camino. Doña Catalina intentó permanecer al lado de su marido por no querer dejar a su hombre que quedaría a merced de la muerte, pero Juan Gregorio fue firme: Catalina, me enfrento a mi destino, pero está en vos que mi sangre perdure en nuestros nietos. ¡Encomiéndate al ángel guardián y salva nuestra casa! Quitándose el medallón de su cuello, lo puso en el de ella y dándole un fuerte beso en la boca golpeó las ancas de su caballo y volvió a la batalla.

La lucha fue feroz, don Juan Gregorio se batía como un león herido; cada abanico de su espada abría brechas entre las filas indígenas. En poco tiempo ya no se distinguía la sangre de castellanos y americanos en un pandemonio de disparos de mosquete, alaridos de los heridos y agonizantes. El olor acre de la pólvora tornaba aquel escenario en irrespirable.

El capitán esperaba que los indios se concentraran para el ataque mientras, a la usanza de los guerreros celtas de sus historias juveniles, comenzó a recitar su genealogía; al tiempo que lo hacía se quitó la coraza que cubría su pecho para tener mejor movilidad, lo que fue imitado por Gómez de Pedraza. Luego avanzó a la cabeza del grupo; cuentan que mientras marchaba hacia la inmortalidad recitaba una oración a su ángel, en su súplica pedía la divina protección para los suyos. Al final y al antiguo grito de: ¡Santiago y cierra España!, se arrojó junto a su valiente yerno al centro del ataque enemigo.

En primera persona

La narración de doña Catalina

Relato de doña Catalina de Plasencia, viuda del conquistador Don Juan Gregorio Bazán narrando como se salvara de los indios: “... e yo la dicha doña Catalina de Plasencia e doña María Bazán mi hija legítima e del dicho mi marido... e mis nietos nos escapamos huyendo de la dicha guerra en solos los cavallos e mulas en que veníamos solos con un negro que se llama Francisco Congo con sólo lo que trayamos vestidos siendo la dicha Doña Francisca niña de leche e sin traer de comer vinimos cincuenta leguas por tierra de indios belicosos de Purmamarca hasta la dicha ciudad de Nuestra Señora de Talavera (Esteco) perdidos por fuera de camino comiendo raíces trayendo e viendo muchos indios de guerra cerca de nosotros aunque no nos hazían mal y después dexían los dichos indios que avia una figura blanca en el aire que les espantaba y amenazaba... aviendo llegado unos soldados de los que se hallaron en la dicha guerra a la ciudad de nuestra Señora de Talavera y certificando que los indios nos avían muerto... y estando escandalizados de ellos (y sin saber que hacer)... milagrosamente habló un niño de teta en la dicha ciudad y dijo: bayan por aquellas mugeres que no son muertas y la justicia enbio un caudillo con gente y las hallaron veynte leguas de la dicha ciudad de Talavera esperecidos de hambre...”. (“Probanzas de méritos y servicios de los conquistadores”, T. II, páginas 220-335)

NOTA: El relato de la milagrosa intercesión angélica fue ratificada por numerosos testigos. La leyenda familiar cuenta que las sobrevivientes fueron guiadas por un caballero (para algunas versiones el Apóstol Santiago), que ocultaba su rostro y que no permitía que se le acercaran sino hasta una distancia de cincuenta pasos.

Epilogo

Los restos del capitán Bazán y de Gómez de Pedraza fueron encontrados por una columna al mando de Gaspar Rodríguez, y conducidos a Esteco y de allí a Santiago del Estero donde se les dio sepultura en la catedral de esa ciudad donde desde entonces reposan como reliquias veneradas.

Doña Catalina de Plasencia obtuvo para sus nietos la encomienda prometida en reconocimiento real por los méritos de su marido.

Tuvieron una vasta descendencia; Bazán se transformó en el genearca de prestigiosas familias de la Colonia como las de Bazán de Pedraza y su descendencia Aráoz, Villafañe, Medina y Montalvo, Aybar, entre otras.

Fuente Documental:
  1. Lozano, Pedro: 1875. "Historia de la conquista del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán", Imp. Popular.
  2. Lizondo Borda, 1957 Manuel: "Santiago del Estero, por su región y por su historia".
  3. Castiglione, Antonio Virgilio (2012). Historia de Santiago del Estero: Muy Noble Ciudad: Siglos XVI, XVII y XVIII. dit,. A.V. Castiglione, Santiago del Estero.
  4. SERRANO REDONNET, (1997) Jorge A.; La sangre del conquistador Juan Gregorio Bazán, 297 páginas; Editorial Dunken; Buenos Aires

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