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sábado, 17 de noviembre de 2018

La verdadera historia de González de Ahedo, el español que conquistó la Isla de Pascua

El capitán tuvo la afortunada visión de hacer las cosas correctas en un ambiente de improvisación en el que cualquiera podría haber perdido los nervios o cometer un error



Aquellos españoles parecían de Bilbao. Además, de los genuinos. Podían ser de cualquier lado o si hacemos la conjugación más extensiva en su acepción, estar en cualquier lado.

Era el año de 1770 cuando tres veloces fragatas que andaban a la caza de piratas holandeses e ingleses por las inmediaciones de la costa oeste de Chile, tras recibir una orden lacrada, se habían adentrado en el profundo Océano Pacifico con la idea de ir en un mandato de exploración hacia la actual Micronesia dándose de bruces con una extraña isla en la que había "arboles de piedra"(sic) así descritos por el notable e intrépido capitán Felipe González de Ahedo, hijo y padre de marinos a su vez.

Esta isla, caracterizada por un suave relieve de onduladas lomas y pequeñas colinas, más bien parece una maqueta. Perteneciente a un sistema volcánico –antaño–, de enorme violencia, intensidad y frecuencia, Rapa Nui tiene dos anchas calderas volcánicas, testimonio de un pasado aún más enigmático. Desde siempre, los isleños han obtenido los materiales de construcción para el perímetro de protección de sus chozas (en aquel entonces) y hoy, para una construcción más natural y sostenible.

La casi totalidad de la isla es en realidad una fortaleza natural con altísimos acantilados y farallones que más bien parecen diseñados por gigantes (el cuestionado Erik von Daniken toca tangencialmente algunas especulaciones a tener en cuenta sobre este particular). El mar actúa con una potente acción abrasiva, creando grutas, cavernas y nidos para los albatros. Sólo hay dos playas muy pedregosas, y la mala calidad del agua, a pesar de la alta permeabilidad, crea una acidez –producto de la saturación de azufre propia de un lugar volcánico, que hace bastante infértil la tierra de labranza. El agua potable, en aquellos tiempos, era recogida en pieles vueltas solapadas estrechamente ligadas entre sí para asimilar el rocío.

De buen rollito

La isla era, más que misteriosa, mágica, y con un punto de magnetismo envolvente que atraía a los que pasaban por allá, que eran por decirlo de alguna manera, casi nadie. Bueno, unos holandeses un poco chiflados al mando del capitán Jakob Roggeveen, un sujeto que ingería cualquier cosa inflamable y tenía malas pulgas además de ser un cabroncete con mucho oficio, habían intentado poner un poco de “orden europeo” entre los indígenas unos cuantos años antes, pero no habían plantado bandera alguna ante la hostilidad manifiesta de los lugareños y unos modales cuestionables muy alejados del manual del buen antropólogo.

En cambio, los españoles que se acercaron a aquella nebulosa y solitaria isla iban de buen rollito y se habían hecho con la población autóctona en un abrir y cerrar de ojos. Nada de espejitos ni cuentas de collar, eso eran baratijas. El trasiego de canoas con su peculiar patín lateral que había entre la costa más próxima (se cree que el capitán González de Ahedo y los suyos echaron anclas en las cercanías del actual aeropuerto de Mataveri en Hanga Roa) y las fragatas en cuestión, parecían el Corte Inglés en rebajas; una miríada de embarcaciones colapsaban la zona próxima a las grandes embarcaciones españolas, y el overbooking en cubierta era total.

El capitán había invitado a todos los jefes y los había subido a la embarcación vistiéndolos literalmente de etiqueta. Engalanados de aquella manera, los cabecillas de aquellos asombrados locales, se habían venido arriba y con el subidón se pavoneaban entre los suyos con el prestigio añadido del ropaje. Puñetas, golas y bordados hacían las delicias de los aguerridos gerifaltes con el ego casi en estado de trance.

Al día siguiente ya no eran la veintena de jefes de clan, sino toda una turbamulta enfervorizada la que en canoas se acercaba a la embarcación con buen ánimo y sin mostrar signos de agresividad, pero hubo que poner dos torniquetes improvisados (un gigante extremeño y un “armario vasco”) en las dos amuras para gestionar la cola que se estaba formando tras el agravio del día anterior. Todos querían ir a la última en el tema del "prêt-à-porter y todos y todas las nativas, venían con presentes para hacer trueque.

De esta manera, la fragata quedó colapsada a algo menos de media milla de la costa mientras los foráneos y los aborígenes intercambiaban sonrisas y palabras ininteligibles y se tocaban discretamente para ver quién era más “marciano”. Y en socorro de aquel extraño guirigay, acudió la eterna imaginación a poner las cosas en su sitio. Unos dibujos y la providencial tinta, obraron el milagro de la comunicación. Todo muy surrealista.

Aquel episodio tan curioso podía haberse inferido de la doctrina asimétrica de lo que en muchas latitudes no pudo ser como hubiera sido deseable con buena disposición por las partes; no violencia, pacifica fusión y mestizaje sin llegar a las manos; pero en aquel lugar perdido del ancho mar del oeste sí se pudo hacer de otra manera y fue un episodio ejemplar cómo se combinaron dos culturas en una atmosfera casi idílica y sin liarla parda, casi, como la de aquella figura filosófica –y todo hay que decirlo, simbólica– del “buen salvaje” de Rousseau.

Un lugar de silencio y soledad

John le Carré, en una atinada y lapidaria frase dijo en una ocasión que "aquello contra lo que luchaban en vano los dioses y todo humano sensato no era la estupidez. Era la pura indiferencia, la desconsiderada y maldita indiferencia ante los intereses de cualquiera excepto los propios".

El capitán González de Ahedo tuvo la afortunada visión de hacer las cosas correctas en un ambiente de improvisación en el que cualquiera podría haber perdido los nervios o cometer un error; mas todo salió bien.

Pero la cosa no queda ahí. González de Ahedo se preguntaba por qué aquellas gentes no desconfiaban de los europeos y asimismo, por qué los nativos no sabían decirles el porqué de aquellas gigantescas figuras (algunos moáis llegaban a medir hasta quince metros de altura con la referencia del ras de tierra), también estaba asombrado de no ver gente anciana. ¿Que había ocurrido?

Tristemente, la peculiar organización de los aborígenes parece ser que no permitía un excedente de más de mil habitantes en la isla. Cada vez que nacía un niño, alguien de más de sesenta años era borrado del mapa.

Volviendo a los quehaceres de la tripulación encomendados por el capitán, con paciencia, se elaboró una especie de diccionario de rapanui - español, hoy sito en el Museo Naval de Madrid y que consta de 88 palabras y una decena de números; al cual se añadieron algunos dibujos a modo de orientación complementaria. De esta guisa, y con una cordialidad exquisita por ambas partes, recorrieron todos juntos el pequeño espacio de la isla quedando asombrados los peninsulares ante lo que parecía un lugar de silencio y soledad ordenados por la naturaleza de forma armónica, rodeados del inmenso mar y otro océano de estrellas en lo alto.

En el plazo de una semana se cartografió la isla y se izaron tres cruces en lugares estratégicos junto con la bandera de España ondeando en lo alto del inactivo volcán Poike, justo en el extremo noreste de la isla y enfrentando los vientos dominantes para que su presencia fuera vista desde la lejanía. A la isla se le llamó San Carlos en honor a aquel Borbón (Carlos III) que durante su reinado transformó más que notablemente el país.

Tras una larga y brillante hoja de servicios currada a pulso –fue un subordinado directo del capitán general de la armada Luis de Córdova–, allá por el año 1802, ya quebrado por un duro reuma y una severa artrosis, entregaría sus restos de humanidad a la gran incógnita de la vida. No viviría para ver el cercano desastre de Trafalgar…

Fuente: elconfidencial

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