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martes, 24 de octubre de 2017

El inaudito duelo en entre una princesa austríaca y una condesa rusa en el siglo XIX

Si hablamos de damas de las cortes vienesa y parisina no podemos sino imaginar delicadas bellezas vestidas de floripondios, lánguidas y frágiles como mariposas, en la línea de Sissí. Pero hoy vamos a ver una excepción: una mujer que, como se dice ahora, marcaba tendencia en la moda, iniciaba a sus colegas de sangre azul en los misterios del tabaco y mostraba a los hombres que podía patinar tan bien como ellos. Una mujer que fue mecenas de algunos de los artistas más importantes de su época. Una princesa de armas tomar y literalmente además, pues aparte de todo lo anterior incluso protagonizó un duelo con una condesa con el torso desnudo. Hablamos, en suma, de la inefable Paulina de Metternich.

La princesa paulina de Metternich, etratada
por Edgar Degashacia 1865 (Dominio Público)
Pauline Clémentine de Metternich-Winneburg zu Beilstein nació en Viena el 25 de febrero de 1836, en un curioso contexto internacional: apenas hacía dos días que el ejército Mexicano había iniciado el asedio de El Álamo y uno que un tal Samuel Colt patentaba un nuevo y prometedor tipo de revólver; en España seguían matándose sin piedad liberales y carlistas, mientras que se empezaba a aplicar la Ley de Desamortización promulgada por el ministro Mendizábal la semana anterior; Darwin estaba haciendo su trascendental vuelta al mundo a bordo del HMS Beagle y en Inglaterra entraba en vigor la Marriage Act, que legalizaba el matrimonio civil.

La Europa de esos años estaba marcada aún por los dictados del Congreso de Viena, celebrado entre 1814 y 1815 tras la caída de Napoleón para restablecer las fronteras anteriores y asentar los cimientos del Antiguo Régimen, que se tambaleaban después de las revoluciones Americana y Francesa, la conmoción que supuso el período bonapartista y aquella Revolución de 1830 que dio origen a los movimientos nacionalistas. las potencias absolutistas que integraban la Santa Alianza eran Rusia, Prusia y Austria; a esta última pertenecía la familia de Paulina, pues Hungría estaba bajo el control del Imperio Austríaco como herencia de los Habsburgo.

El padre de Paulina era Móric Sándor, un noble de reconocido prestigio como jinete, y su madre Leontine von Metternich-Winneburg, hija de Klemens von Metternich (uno de los protagonistas del citado congreso vienés y creador del concepto Europa de hierro para referirse a un continente que renaciera bajo el precepto del absolutismo); por tanto, la joven era nieta del canciller. Pasó casi toda su infancia en Viena, por lo que tuvo ocasión de ver de cerca la Revolución del 48, la llamada Primavera de los Pueblos que desde Francia se extendió como la pólvora por varios países y puso punto final al Antiguo Régimen en la mayor parte de ellos salvo en Rusia.

En 1856 contrajo matrimonio con su propio tío, el príncipe Richard von Metternich (con lo cual su abuelo pasó a ser también su suegro), con el que tuvo una vida feliz a pesar de las frecuentes aventuras amorosas que su esposo mantenía, con actrices y cantantes de ópera, al igual que hacían tantos otros hombres de sangre azul, tal cual lo mandasen así los cánones. Tuvieron tres hijas, de las que sólo la mayor, Sophie, tuvo una existencia normal; las otras dos, Pascaline y Clementine, no fueron muy afortunadas: a la primera la asesinó su marido alcohólico y la menor quedó desfigurada de niña por el ataque de un perro que le destrozó el rostro, por lo que nunca se casó.

Volviendo a Pauline, como Richard era diplomático, ambos viajaron por las cortes europeas e incluso se establecieron en el París de Napoleón III hasta que el estallido de la Guerra Franco-Prusiana en 1870 les obligó a hacer el equipaje otra vez. Pero durante ese tiempo ella se convirtió en una referencia social y cultural, una socialité que transmitía tendencias y novedades de una capital a otra. Fundó un salón literario y organizó óperas en plan amateur en las que ella misma probó a cantar.

Así, y con la complicidad de Eugenia de Montijo, con quien entabló una estrecha amistad, alternó con maestros de las artes y la música como los escritores Próspero Merimée y Alejandro Dumas, los compositores Charles Gounod, Bedřich Smetana y Camille Saint-Saëns, o diseñadores de moda como Charles Frederick Worth. Mención aparte para Richard Wagner y Franz Liszt, de los que se hizo amiga impulsando aún más sus carreras; el primero hasta le dedicó una obra para piano, a pesar de que cometió el error de atender su propuesta de arreglar una versión francesa de Tannhäuser que terminó abucheada y hubo que cancelar.

Cuando Napoleón III y Eugenia se vieron obligados a marchar al exilio fue Paulina quien se encargó de salvar sus joyas enviándoselas por valija diplomática. En cambio no hizo tan buenas migas con Elizabeth de Austria, la célebre Sissí, con quien tuvo una pésima relación que toda la sociedad seguía de forma tan atenta como cotilla y que a partir de 1898, cuando Sissí falleció, dejó a Paulina como protagonista absoluta de la alta sociedad vienesa, si acaso en compañía de la princesa Eleonora Fugger von Babenhausen. Y eso que ella misma se autodescribía como “el monito mejor vestido de París” y dejó para la posteridad una frase mil veces imitada: “Je ne suis pas jolie, je suis pire” (No soy bonita, soy peor).

Pero buena parte de su popularidad se debe a un insólito episodio que protagonizó unos años antes, en el verano de 1892: nada menos que un duelo a primera sangre con la condesa rusa, originaria de Besarabia, Anastasia Kielmannsegg, esposa de un aristócrata alemán. La causa de tan extrema medida fue una discusión sobre quién tendría la última palabra en los arreglos florales para la Exposición Musical y Teatral de Viena, de la que Paulina era presidenta honoraria mientras que Anastasia figuraba como presidenta del Comité de Señoras del evento, si bien en el fondo rivalizaban por ser las influencers de su tiempo. Cada una aglutinó a su alrededor apoyos diferentes en la escala social, según contó la marquesa de Fontenoy: si con la condesa se alineaba el más rancio abolengo, Paulina tenía las simpatías populares.

El lance se llevó a cabo en Vaduz (Liechtenstein), con la princesa Schwazenberg y la condesa Kinsky como madrinas respectivas, además de contar con la asistencia sanitaria de la baronesa Lubinska, que era licenciada en Medicina. Fue precisamente la doctora quien propuso a las duelistas combatir con el torso desnudo para evitar que un trozo de ropa se metiera en alguna herida, algo que en la época solía causar graves infecciones e incluso la muerte; le hicieron caso y, así, a lo inaudito del lance se sumó el hacerlo en. En realidad no fue el primer duelo femenino pero desde luego eran raros.

Éste se pactó a tres rondas y se dirimió con antiguas espadas roperas siguiendo el reglamento francés. En la última vuelta Paulina recibió una herida leve en la nariz y la condesa otra en el brazo, lo que provocó un momento tragicómico cuando las madrinas se desmayaron al ver la sangre y los hombres presentes (cocheros y lacayos) corrieron a ayudarlas pero fueron expulsados a paraguazos por la baronesa para impedir que vieran a las duelistas semidesnudas; y eso que éstas no eran precisamente jovencitas, pues Paulina tenía cincuenta y seis años y Anastasia cuarenta y dos. En cualquier caso, todo aquello fue considerado suficiente por las restablecidas madrinas, que recomendaron a las contendientes dar el duelo por finalizado y abrazarse como amigas.

Así lo hicieron, sin que haya quedado claro si se consideró vencedora a alguna, ya que si Anastasia había dañado primero a su oponente, fue Paulina quien ocasionó una herida más importante. Ambas continuaron sus vidas sin secuelas. La de Paulina fue larga, pues falleció ya en 1921, cuando se la consideraba un personaje de otra época porque había dejado atrás dos imperios, el francés y el austríaco. De ello dan fe los dos libros de memorias que escribió y que se publicaron póstumamente.

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