domingo, 14 de agosto de 2016

Los Locos de los Cañonazos

por Luis Horacio Yanicelli

Hay cientos de anécdotas de la guerra de la independencia, tristes unas e hilarantes otras. Como no podía ser de otra manera, los tucumanos protagonizaron varias junto a su General más querido, Manuel Belgrano.     La que ocupará este espacio hoy es una rescatada por Juan Bautista Alberdi, en la Sección Tercera de la Memoria Descriptiva de Tucumán. Es un episodio que pinta el genio y figura de los “changos tucumanos” y de la simpatía que tenía el general por estos “incomprensibles canallas”.     

Coche capturado a Pío Tristán durante la Batalla de Tucumán
La particular relación de Belgrano con los tucumanos había nacido en Septiembre de 1812, cuando el pueblo representado por su líder Bernabé Araoz le salió al cruce, cortándole su retirada hasta Córdoba según se lo había ordenado Rivadavia. Luego del triunfo del 24 de Septiembre de 1812, se afianzó la valoración del General, cuando en la Batalla de Salta los Decididos al mando del mencionado Araoz, pidieron encabezar la carga de caballería.    

La temeridad y audacia de los tucumanos, era famosa, al igual que sus picardías y travesuras. En todo el territorio de las Provincias Unidas se comentaba la “operación” saqueo de los tucumanos al tesoro del Ejército de Pío Tristán en la batalla del Campo de las Carreras. ¡Hasta el uniforme de gala le habían arrebatado junto al coche del realista! Así nos lo cuenta el Gral. José María Paz en sus Memorias Póstumas.   Pero si los gauchos habíanse quedado con el vestuario del jefe realista y otros souvenires menores, el General había incorporado el coche del vencido y despojado Pío para afectarlo a servicios sociales. Esto consta en acta, fechada 25 de marzo de 1813, de una reunión de los miembros de la Hermandad "Esclavitud del Santísimo Sacramento", cofradía confesional que es interesante poner de resalto su presencia en Tucumán, ello nos habla de las aspiraciones de la modesta comunidad, ya que aquella se había originado en España en el siglo XVII y se caracterizaba por tener entre sus cofrades intelectuales, poetas y dramaturgos del Siglo de Oro Español. El acta indicada fue refrendada y certificada por  el escribano Florencio Sal. En ella se expresa que en oficio del Jefe del Ejército Auxiliar del Alto Perú,  Gral. Manuel Belgrano, este había expresado que "al coche tomado en la gloriosa defensa de esta ciudad, del mayor general del Ejército enemigo, D. Pío Tristán, lo ha donado para el servicio del Santísimo Sacramento, cuando va a suministrarse por Viático a los enfermos, u otras funciones de este mismo ministerio".  

Los Húsares de Lamadrid en la Batalla de la Tablada
Alto Perù 1817
Sí, Belgrano sabía que los tucumanos eran tremendos. Cuenta Alberdi en la obra citada, que en una ocasión en que Belgrano estaba instruyendo y entrenando a sus artilleros en tiro de cañón, en medio del ejercicio y después de varios disparos, advirtió que en un foso que había en la línea de tiro, agazapados se encontraban varios muchachos sonrientes, esperando los disparos para luego hacerse de las balas con un “desprecio espantoso” por el peligro a que se exponían. Inmediatamente Belgrano ordenó a su Edecán, diciéndole: “¡Vaya Ud. y arrójeme a palos a esos “héroes”, que se dignen por piedad a lo menos a hacer caso a las balas!” Los “changos” eran adolescentes que jugaban “capturando” balas de cañón. Esto que sucedía en 1817, nos muestra cual eral la situación de la juventud tucumana después de varios años de guerrala que les había hecho tutearse con el peligro y la muerte, apunto tal, que se entretenían en la línea de fuego del cañón robando nada menos que las balas. Y como atinadamente lo señala Alberdi, esos muchachos se habían criado en la guerra, no jugaban a semejante juego por desconocer el riesgo, sino que lo hacían despreciándolo y desafiándolo. Esos mismos tucumanos fueron de la partida al mando de Gregorio Araoz de Lamadrid en la última incursión que hicieron las tropas patrias del Ejército de Norte al Alto Perú en el año 1817.

La bravura de estos, era orgullo del General Belgrano, cosa que se advierte cuando le encomienda a Lamadrid que elija los hombres que le acompañarían en  la incursión al Alto Perú, sabiendo de antemano que este elegiría a sus comprovincianos y en particular los “Peladitos de Famailla”, que integraban los “Húsares Infernales de la Muerte” que para ese entonces ya eran “de Lamadrid”, esto último nos lo cuenta este en sus memorias.


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