jueves, 10 de septiembre de 2015

Este rostro cambia la historia humana. ¿Cómo?


Científicos han descubierto una nueva especie de antepasado humano en las entrañas de una cueva sudafricana, el cual añade una rama nueva y desconcertante a nuestro árbol genealógico.

Un tesoro de huesos oculto en las profundidades de una cueva sudafricana representa a una nueva especie de antepasado humano, informó un equipo de científicos, este jueves, en la revista eLife. Llamado Homo naledi, la especie es muy primitiva en algunos aspectos; por ejemplo, tenía un cerebro diminuto y hombros simiescos para trepar. Pero en otros sentidos, su aspecto era notablemente similar al del humano moderno. ¿Cuándo vivió?, ¿Dónde encaja en el árbol genealógico humano? ¿Y cómo fue que sus huesos llegaron a la cámara más profundamente oculta de la cueva? ¿Acaso un ser tan primitivo era capaz de desechar a sus muertos intencionalmente?
Esta es la historia de uno de los hallazgos fósiles más grandes de los últimos 50 años y de lo que podría significar para nuestra comprensión de la evolución humana.
La casualidad favorece al espeleólogo esbelto

Hace dos años, un par de espeleólogos recreativos ingresó en una cueva llamada Rising Star, a unos 50 kilómetros al noroeste de Johannesburgo. Desde la década de 1960, Rising Star ha sido un atractivo popular entre los aficionados a la espeleología, con su filigrana de canales y cavernas bien documentada, mas Steven Tucker y Rick Hunter esperaban encontrar algún pasaje menos explorado.

Tenían en mente otra misión. Durante la primera mitad del siglo XX, esa región produjo tantos fósiles de nuestros antepasados primitivos que, posteriormente, recibió el nombre de Cuna de la Humanidad. Y si bien la época dorada de la cacería de fósiles ya era cosa del pasado, los espeleólogos sabían que un científico de la Universidad de Witwatersrand, en Johannesburgo, estaba buscando huesos. Las probabilidades de encontrar algo eran remotas. Pero nunca se sabe.

En las profundidades de la cueva, Tucker y Hunter se metieron en un angostamiento conocido como Superman’s Crawl (Arrastramiento de Superman), así llamado porque la mayoría solo puede pasar apretando un brazo contra el cuerpo y alargando el otro por arriba de la cabeza, la clásica postura de vuelo del Hombre de Acero. Luego de cruzar una amplia cámara, escalaron una pared de roca muy irregular conocida como Dragon’s Back (Lomo de Dragón). En lo alto, se encontraron en una cavidad hermosa y pequeña, decorada con estalactitas. Hunter sacó su cámara de video y para salir del cuadro, Tucker se deslizó dentro de una fisura en el suelo de la cueva. Su pie dio con una pequeña saliente rocosa; después otra, un poco más abajo; y entonces… un espacio vacío. Al descender, se encontró en un conducto vertical estrecho que, en algunas partes, medía apenas 20 centímetros de ancho. Llamó a Hunter para que lo siguiera. Los dos son súper esbeltos; puro hueso y nervudos músculos. Si sus torsos hubieran sido un poquito más grandes, no habrían entrado en el conducto y en consecuencia, lo que posiblemente es el descubrimiento de fósiles humanos más asombroso en medio siglo –y a no dudar, el más desconcertante- jamás habría ocurrido.

Después de Lucy, un misterio
Lee Berger, el paleoantropólogo que había pedido a varios espeleólogos que estuvieran al tanto de la presencia de fósiles, es un estadounidense de grandes huesos con frente amplia, rostro rubicundo y mejillas que se ensanchan al sonreír, cosa que sucede continuamente. Su incansable optimismo ha sido esencial en su vida profesional. A principios de los años noventa, cuando consiguió empleo en la Universidad de Witwatersrand (“Wits”) y comenzó a buscar fósiles, la investigación sobre la evolución humana había migrado hacía mucho al Gran Valle del Rift, en África Oriental.

La mayoría de los investigadores consideraba que Sudáfrica era un despiezo interesante en la historia de la evolución del hombre, no la trama principal, y Berger estaba decidido a demostrar que se equivocaban. Pero durante casi 20 años, sus hallazgos, relativamente insignificantes, solo parecían confirmar lo poco que Sudáfrica aún tenía para ofrecer.

Lo que más deseaba era encontrar fósiles que despejaran el misterio primario irresoluto sobre la evolución humana: el origen de Homo, nuestro género, surgido hace dos a tres millones de años. En un extremo de la escala se encuentran los australopitecinos simiescos, personificados por Australopithecus afarensis y su representante más famosa, Lucy, esqueleto descubierto en Etiopía, en 1974. Por el otro lado está Homo erectus, especie de trotamundos que fabricaba herramientas y producía fuego, con cerebro grande y proporciones corporales muy similares a las nuestras. Pero dentro de la oscura brecha de millones de años, hubo un animal bípedo que se transformó en un incipiente ser humano, un ser no solo adaptado a su ambiente, sino capaz de utilizar su mente para controlarlo. ¿Cómo ocurrió esa revolución?



El registro fósil es de una ambigüedad frustrante. Un poco más antigua que H. erectus es la especie Homo habilis u “hombre hábil”, nombre acuñado en 1964 debido a que Louis Leakey y sus colegas pensaban que esos seres habían creado las herramientas de piedra que estaban encontrando en la Garganta de Olduvai, Tanzania. En la década de 1970, los equipos de Richard, célebre hermano de Louis, hallaron más especímenes de H. habilis en Kenia y desde entonces, esa especie ha sido la endeble base del árbol genealógico de la humanidad, cuyas raíces yacen en África Oriental. No obstante, antes de H. habilis, la historia humana se pierde en la oscuridad, representada por apenas unos cuantos fragmentos fósiles de Homo, demasiado incompletos para justificar un nombre de especie. Como dijo un científico, cabrían fácilmente en una caja de zapatos y aún quedaría espacio para el calzado.

Berger siempre ha argüido que H. habilis era demasiado primitivo para merecer una posición tan distinguida en la raíz de nuestro género, y algunos científicos concuerdan en que, de hecho, debiera llamarse Australopithecus. Mas Berger ha sido casi el único en insistir que Sudáfrica es el lugar donde hay que buscar al verdadero Homo primitivo y con los años, el desmedido entusiasmo con que promueve sus hallazgos, relativamente triviales, solo ha servido para distanciar a sus colegas. Berger tenía la ambición y la personalidad necesarias para convertirse en un personaje importante en su campo, igual que Richard Leakey o Donald Johanson, descubridor del esqueleto Lucy. Berger es un tenaz recaudador de fondos y un maestro para cautivar al público. Pero no tenía huesos.

Entonces, en 2008, hizo un descubrimiento de verdad importante. Acompañado de Matthew, su hijo de 14 años, fue a investigar un lugar que después sería conocido como Malapa –situado a unos 16 kilómetros de Rising Star-, donde encontró algunos fósiles de homíninos que asomaban de unos pedazos de dolomita.

Durante el siguiente año, el equipo de Berger retiró cuidadosamente la piedra y obtuvo dos esqueletos casi completos. Datados con una edad aproximada de dos millones de años, eran los primeros hallazgos sudafricanos importantes publicados en varias décadas (todavía no se ha descrito un esqueleto más completo encontrado con anterioridad). Los fósiles eran muy primitivos en muchos sentidos, pero también presentaban rasgos extrañamente modernos.

Berger determinó que sus esqueletos representaban una nueva especie de australopitecino, que llamó Australopithecus sediba. Pero también afirmó que eran “la piedra Rosetta” de los orígenes de Homo. Aunque los decanos de la paleoantropología le dieron el crédito de un descubrimiento “impresionante”, la mayoría descartó su descripción argumentando que A. sediba era demasiado joven, demasiado raro y se encontraba en el lugar incorrecto para ser un antepasado de Homo. En suma, no era uno de los nuestros. Y de cierta manera, Berger tampoco. Desde entonces, investigadores distinguidos han publicado artículos sobre Homo primitivo sin mencionar a Berger o su hallazgo.

Berger ignoró el rechazo y volvió al trabajo, pues en su laboratorio había otros esqueletos de Malapa que seguían atrapados en bloques de caliza. Una noche, llamó a su puerta Pedro Boshoff, espeleólogo y geólogo a quien Berger había contratado para buscar fósiles. Iba acompañado de Steven Tucker. Cuando el paleoantropólogo dio un vistazo a las fotografías de Rising Star, se dio cuenta de que Malapa tendría que esperar.

Se solicitan individuos flacos
Luego de descender 12 metros, contorsionándose dentro del estrecho conducto de la cueva, Tucker y Rick Hunter alcanzaron otra hermosa cámara, con una blanca cascada de incrustaciones calcáreas en una esquina. Un pasaje conducía a una cavidad más amplia, de unos nueve metros de largo por un metro de ancho, cuyas paredes y techo eran una profusión de nudosidades de calcita y largos dedos de incrustaciones calcáreas. Sin embargo, el suelo fue lo que llamó la atención de los hombres. Había huesos por doquier. Lo primero que pensaron los espeleólogos fue que debían ser modernos pues no eran muy pesados, como la mayoría de los fósiles, ni estaban envueltos en piedra; solo yacían dispersos en la superficie, como si alguien los hubiera tirado. Vieron un fragmento de mandíbula, con los dientes intactos; parecía humana.

Por lo que pudo ver en las fotografías, Berger concluyó que los huesos no pertenecían a un ser humano moderno. Había ciertos rasgos demasiado primitivos, sobre todo en la quijada y los dientes. Y las imágenes mostraban más huesos que aguardaban a ser descubiertos; el estadounidense pudo entrever el perfil de un cráneo parcialmente enterrado. Era probable que los restos representaran gran parte de un esqueleto completo. Estaba perplejo. Bastaban los dedos de una mano para contar los esqueletos casi completos del registro fósil de homíninos primitivos, incluidos sus dos especímenes de Malapa. Y ahora esto. Pero ¿qué era? ¿Cuál era su antigüedad? ¿Y cómo llegó a la cueva?
Y lo más importante: cómo sacarlo y pronto, antes que algún aficionado llegara a la cueva (por la disposición de los huesos, resultó evidente que alguien ya había estado allí, quizás unas décadas atrás). Tucker y Hunter no tenían las destrezas necesarias para excavar los fósiles y ningún científico que Berger conociera –mucho menos él mismo- tenía la complexión para meterse por aquel conducto. Así que, Berger corrió la voz en Facebook: se buscan individuos flacos, con entrenamiento científico y experiencia en espeleología; deben estar “dispuestos a trabajar en espacios reducidos”. En semana y media había recibido casi 60 solicitudes y eligió a los seis mejor calificados: todas mujeres. Las llamó sus “astronautas subterráneos”.

Con fondos de National Geographic, Berger (quien, además, es explorador residente de National Geographic) convocó a 60 científicos y montó un centro de comando en la superficie, con una carpa científica y una pequeña aldea compuesta de tiendas de campaña de apoyo y para dormir. Espeleólogos locales ayudaron a tender tres kilómetros de cables eléctricos y de comunicaciones hasta la cámara de fósiles, a fin de que Berger y su equipo pudieran observar cualquier cosa que ocurriera allí mediante las cámaras conectadas con el centro de comando. Marina Elliott, entonces estudiante de posgrado en la Universidad Simon Fraser de Columbia Británica, fue la primera científica que descendió por el conducto.

“Al ver el interior, me sentí inquieta”, recuerda Elliott. “Era como mirar dentro de la boca de un tiburón. Había dedos y lenguas y dientes de roca”.


Elliott y dos colegas, Becca Peixotto y Hannah Morris, bajaron lentamente hasta la “zona de aterrizaje” en el fondo e ingresaron agachadas en la cámara de fósiles. Trabajaron por turnos de dos horas con otro equipo de tres mujeres, haciendo planos y embolsando los más de 400 fósiles que yacían en la superficie; luego, comenzaron a retirar cuidadosamente la tierra que rodeaba el cráneo medio sepultado. Hallaron más huesos por debajo y alrededor, densamente apretujados. Durante varios días, mientras las mujeres registraban un sector de un metro cuadrado alrededor del cráneo, los otros científicos se aglomeraban en torno de la imagen de vídeo en el centro de comando, con un nerviosismo que no les daba tregua. Berger, vestido con caquis de campo y una gorra de la Expedición Rising Star, abandonaba ocasionalmente la carpa científica para contemplar la creciente colección de huesos hasta que, un día, una exclamación de asombro colectiva en el centro de comando le hizo correr de regreso para presenciar otro descubrimiento. Fue un momento glorioso.

Encontraron más de 1,550 especímenes que representaban, al menos, a 15 individuos. Cráneos, mandíbulas, costillas y docenas de dientes; un pie casi completo; una mano con todos sus huesos, virtualmente intactos y organizada anatómicamente; diminutos huesecillos del oído interno. Ancianos; jóvenes; bebés que identificaron por sus pequeñísimas vértebras. Partes de los esqueletos tenían un aspecto asombrosamente moderno, pero otras eran igual de asombrosamente primitivas; y en algunos casos, aun más simiescas que los australopitecinos. “Hemos hallado una criatura de lo más extraordinaria”, declaró Berger, con una sonrisa que le llegaba a las orejas.
Pero, ¿qué es?
Lo convencional en paleoantropología es mantener un absoluto secreto sobre los especímenes recién descubiertos hasta que son cuidadosamente analizados y se publican los resultados, dando pleno acceso a los fósiles solo a los colaboradores más cercanos del descubridor. Debido a ese protocolo, la respuesta al misterio fundamental del hallazgo Rising Star (¿Qué es?) podría demorar años, incluso décadas. Pero Berger quería terminar los trabajos y publicar a fines de año pues, en su opinión, todos los especialistas del campo debían tener acceso a esa información, nueva e importante, lo más pronto posible. Por otra parte, es probable que también le entusiasmara la idea de anunciar su descubrimiento –un nuevo candidato potencial para el Homo más primitivo- en 2014, justamente 50 años después que Louis Leakey publicara su descubrimiento del primer miembro reinante de nuestro género, Homo habilis.
En cualquier caso, solo había una manera de hacer el análisis con rapidez: poner un montón de ojos en los huesos. Junto con la veintena de científicos experimentados que le ayudaron a evaluar los esqueletos de Malapa, Berger invitó a Johannesburgo a más de 30 científicos jóvenes de 15 países (algunos de ellos recién doctorados) para participar en un “festival relámpago” de fósiles que duraría seis semanas. En opinión de algunos investigadores que no participaron, era una imprudencia poner jóvenes a la vanguardia con la única finalidad de acelerar la publicación de un artículo. Pero para los jóvenes en cuestión, era “una paleofantasía hecha realidad”, dijo Lucas Delezene, recién integrado al cuerpo académico de la Universidad de Arkansas. “En la escuela de posgrado, todos soñamos con una pila de fósiles que nadie haya visto jamás y nos den la oportunidad de identificarlos”.

El taller se llevó a cabo en una flamante bóveda de Wits, una habitación sin ventanas forrada con estantería de vidrio repleta de fósiles y vaciados de yeso. Los equipos analíticos fueron divididos por estructuras anatómicas. En una esquina, los especialistas en cráneos se apiñaron alrededor de una gran mesa cuadrada cubierta con fragmentos de cráneos, mandíbulas y yesos de otros fósiles muy conocidos. Las mesas más pequeñas se destinaron a manos, pies, huesos largos y demás. El aire era frío y el ambiente, silencioso. Los jóvenes científicos manipulaban huesos y calibradores. Berger y sus asesores inmediatos circulaban entre ellos, deliberando en voz baja.


La pila de fósiles de Delezene incluía 190 dientes: elementos fundamentales de cualquier análisis, porque solo los dientes pueden bastar para identificar a una especie. Mas esos dientes se parecían a nada que los científicos del “puesto dental” hubieran visto en sus vidas. Algunas características eran sorprendentemente humanas; por ejemplo, las coronas de los molares eran pequeñas y tenían cinco cúspides, como las nuestras. Pero las raíces de los premolares eran extrañamente primitivas. “No sabíamos cómo interpretar aquello”, dijo Delezene. “Era una locura”.



El mismo patrón delirante emergía en otras mesas. Una mano, moderna en todos sentidos, presentaba dedos extravagantemente curvos, idóneos para una criatura que trepa en los árboles. Los hombros también eran simiescos; y las amplias crestas iliacas eran tan primitivas como las de Lucy, aunque la parte inferior de la misma pelvis tenía el aspecto del humano moderno. Los huesos de las piernas iniciaban con la forma de un australopitecino; sin embargo, adquirían modernidad al descender hacia el suelo. Y los pies eran, virtualmente, idénticos a los nuestros.

“Casi podría trazarse una línea desde de las caderas: primitivo arriba y moderno abajo”, dijo Steve Churchill, paleontólogo de la Universidad de Duke. “Si hubiera encontrado el pie, por sí solo, habría pensado que el muerto era un bosquimano”.
Aún quedaba el asunto de la cabeza. Habían hallado cuatro cráneos parciales, dos probablemente masculinos y dos femeninos. Por su morfología general, era evidente que habían evolucionado lo suficiente para considerarlos Homo, mas la cavidad encefálica era diminuta, apenas 560 centímetros cúbicos en los varones y 465 en las mujeres: mucho menor que el promedio de 900 centímetros cúbicos de H. erectus y muy inferior a la mitad de la nuestra. Un cerebro grande es el sine qua non de la condición humana, el rasgo distintivo de una especie que ha evolucionado para vivir de su inteligencia. De modo que no eran seres humanos. Eran tontos, con algunas estructuras anatómicas de aspecto humano.
“Extraño a más no poder”, comentó después el paleoantropólogo Fred Grine, de la Universidad Estatal de Nueva York. “Cerebros pequeñitos en cuerpos nada pequeños”. Los machos adultos medían alrededor de 1.5 metros y pesaban 45 kilogramos, en tanto que las hembras eran un poco más menudas y livianas.
“Lo que tenemos es un animal que se encontraba justo en el punto de transición de Australopithecus a Homo”, anunció Berger al concluir los trabajos del taller, a principios de junio. “Todo lo que está en contacto con el mundo, de manera crítica, se parece nosotros. Las otras partes conservan fragmentos de su pasado primitivo”.
En ciertos aspectos, el nuevo homínino de Rising Star estaba más próximo al humano moderno que Homo erectus. Para Berger y su equipo, fue evidente que pertenecía a Homo, pese a que era muy distinto de cualquier otro miembro del género. No tuvieron más opción que darle un nuevo nombre de especie. Lo llamaron Homo naledi, como reconocimiento a la cueva donde hallaron los huesos: en la lengua sotho local, naledi significa “estrella” (en inglés, star).
¿Cómo llegó allí?
Durante la excavación de noviembre, mientras desenterraban aquel sorprendente tesoro de fósiles, Marina Elliott y sus colegas se sintieron igualmente sorprendidas por lo que no estaban encontrando. “Era el día tres o cuatro, y aún no hallábamos rastros de fauna”, explicó Elliott. El primer día dieron con algunos restos de aves en la superficie, pero por lo demás, solo había huesos de homíninos.
Eso se volvió un misterio tan desconcertante como la identidad de H. naledi. ¿Cómo fue que los restos llegaron a una cámara tan absurdamente apartada? Era evidente que aquellos individuos no vivían en la cueva; no había herramientas de piedra ni restos de comida que sugirieran ese tipo de ocupación. Si un carnívoro hubiera regresado a la cueva con cadáveres o pedazos de cuerpos cazados o rapiñados habría dejado marcas de dientes en los huesos, y ninguno las tenía. ¿Y por qué un depredador llevaría una dieta tan melindrosa, consistente solo de homíninos? Por último, si con el paso de los milenios el agua corriente hubiese arrastrado los huesos a los rincones más recónditos de Rising Star, como a veces sucede, también habría depositado otros escombros. Pero no había piedras ni otros desechos en la cueva de fósiles, solo sedimentos finos desprendidos de las paredes o filtrados por pequeñas grietas.
“Cuando has eliminado lo imposible”, recordó Sherlock Holmes a su amigo Watson, “lo que queda, por muy improbable que parezca, tiene que ser la verdad”.

Luego de agotar todas las explicaciones posibles, Berger y su equipo llegaron a la improbable conclusión de que los cuerpos de H. naledi fueron puestos allí, deliberadamente, por otros H. naledi. Hasta ahora, se sabe que solo Homo sapiens y tal vez algunos humanos arcaicos, como los neandertales, trataban a sus muertos de manera ritual. Los investigadores no afirman que esos homíninos, mucho más primitivos, hayan arrastrado cadáveres por Superman’s Crawl y aquel estrecho conducto como boca de tiburón; más que improbable, eso habría sido imposible. En aquella época, Superman’s Crawl quizás era lo bastante amplio para cruzar a pie y los homíninos, simplemente, soltaron su carga en el conducto sin necesidad de bajar. Y con el tiempo, la creciente pila de huesos pudo caer lentamente a la cámara contigua.


Ahora bien, para desechar los cadáveres, los homíninos habrían tenido que caminar hasta la abertura del conducto y volver a salir, todo en la más absoluta oscuridad; así que casi seguramente habrían necesitado iluminación, como antorchas o fogatas distribuidas a intervalos. La idea de que un ser de cerebro tan pequeño pudiera manifestar una conducta así de compleja parece tan improbable que muchos otros investigadores se niegan a aceptarla. Por ello, argumentan que, en una época anterior, debió existir una entrada a la cueva que daba acceso directo a la cámara de fósiles; una vía que, probablemente, permitió que el agua arrastrara los huesos al interior. “Tiene que haber otra entrada”, dijo Richard Leakey, después de visitar Johannesburgo para ver los fósiles. “Solo que Lee todavía no la encuentra”.

Pero además de los huesos, el agua inevitablemente habría arrastrado escombros, plantas y otros desechos hasta la cámara de fósiles, y nada de eso se encontraba allí. “No hay mucha subjetividad en este asunto”, declaró Eric Roberts, geólogo de la Universidad James Cook, Australia, quien es lo bastante esbelto para haber examinado la cámara en persona. “Los sedimentos no mienten”.
Las diversas maneras de disponer de los cadáveres proporciona un cierre emocional a los vivos, confiere respeto a los difuntos o ayuda en su transición a la siguiente vida. Tales sentimientos son distintivos de la humanidad. No obstante, Berger enfatiza que H. naledi no era humano, de suerte que su conducta es aun más fascinante.
“Es un animal que parece haber tenido la capacidad cognitiva de reconocer su separación de la naturaleza”, dijo Berger.
¿Qué edad tiene?
Los misterios sobre qué es H. naledi y cómo llegaron sus huesos a esa cueva, están inexorablemente unidos a la interrogante de la edad de los restos; y por el momento, nadie lo sabe. Los fósiles de África Oriental pueden datarse con exactitud si son descubiertos sobre o debajo de capas de ceniza volcánica, cuya edad puede determinarse a partir de la descomposición precisa de los elementos radiactivos que componen dicha ceniza. Berger corrió con mucha suerte en Malapa, pues los huesos de A. sediba estaban atrapados entre dos incrustaciones calcáreas –delgadas capas de calcita depositadas por el agua corriente-, las cuales también pudieron someterse a datación radiométrica. Sin embargo, los huesos de la cámara de Rising Star yacían en la superficie del suelo o estaban enterrados en sedimentos someros y mixtos. De suerte que el problema de cuándo llegaron a la cueva es aun más irresoluble que cómo.
La mayoría de los científicos que participaron en el taller temía la respuesta que recibirían sus análisis si no incluían el datado (resultó que, más tarde, una importante revista rechazó el artículo científico describiendo los hallazgos, con el argumento de que no proporcionaba una fecha). Con todo, para Berger, eso era lo de menos. Y es que si H. naledi demostraba ser tan antiguo como sugería su morfología, entonces era muy posible que hubiera encontrado la raíz del árbol genealógico de Homo. Por otra parte, si la nueva especie resultaba ser mucho más joven, las repercusiones serían igual de profundas. Significaría que, mientras nuestra especie estaba evolucionando, un Homo distinto, de cerebro pequeño y aspecto más primitivo, compartía el mismo paisaje y en una fecha tan reciente como nadie se atrevía a imaginar. ¿Hace cien mil años? ¿Cincuenta mil? ¿Diez mil? Al clausurar el emocionante taller sin haber respondido esa interrogante fundamental, Berger se mostró tan optimista como siempre. “No importa la edad, tendrá un impacto tremendo”, afirmó, encogiéndose de hombros.
El triunfo de Berger
Pocas semanas más tarde, en agosto del año pasado, al paleoantropólogo viajó a África Oriental. Con motivo del 50 aniversario desde que Louis Leakey hiciera la descripción de H. habilis, Richard Leakey invitó a los grandes eruditos en el campo de la evolución humana para un simposio en el Instituto de la Cuenca de Turkana, centro de investigación que él (con la Universidad Estatal de Nueva York) estableció cerca de la margen occidental del lago Turkana, en Kenia.
El objetivo del encuentro era llegar a un consenso para cofundar un registro de Homo primitivo, sin protagonismos ni rencores, dos vicios endémicos de la paleoantropología. Estarían presentes unos de los más acerbos críticos de Berger, incluidos algunos que habían escrito hirientes críticas sobre sus interpretaciones de los fósiles de A. sediba. Para ellos, no era más que un intruso, en el mejor de los casos; y en el peor, un maestro de la hipérbole. Hubo incluso quienes amenazaron con no asistir si era invitado. No obstante, debido al descubrimiento de Rising Star, Leakey no podía permitirse el lujo de ignorarlo.
“En este momento, nadie en el mundo está encontrando tantos fósiles como Lee”, comentó Leakey.
Durante cuatro días, los científicos se congregaron en un amplio laboratorio, con grandes ventanas abiertas para permitir el paso de la brisa, y con vaciados en yeso de importantes evidencias de Homo primitivo distribuidas en las mesas. Una mañana, Meave Leakey (otra exploradora residente de National Geographic) abrió una bóveda para revelar flamantes especímenes hallados en el lado oriental del lago, incluido un pie casi completo. Cuando llegó su turno de hablar, Bill Kimbel, del Instituto sobre Orígenes Humanos, describió una nueva mandíbula de Homo procedente de Etiopía y datada con 2.8 millones de años de edad: el miembro más antiguo de nuestro género, hasta ahora. La arqueóloga Sonia Harmand, de la Universidad de Stony Brook, soltó una bomba todavía más estruendosa, el descubrimiento de docenas de burdas herramientas de piedra cerca del lago Turkana, datadas con 3.3 millones de años de antigüedad. Si dichas herramientas se originaron medio millón de años antes que la primera aparición de nuestro género, sería difícil seguir arguyendo que la característica definitoria de Homo era su ingenio tecnológico.
Entre tanto, Berger se mantenía inusualmente mesurado, participando apenas en la conversación, hasta que el tema derivó en una comparación de A. sediba y H. habilis. Era el momento.
“Me parece que Rising Star puede ser de más interés para este debate”, propuso. Y durante los siguientes 20 minutos describió todo lo ocurrido; el descubrimiento fortuito de la cueva, el análisis a marchas forzadas de junio, y los aspectos más importantes de los hallazgos. Mientras hablaba, hizo circular un par de vaciados en yeso de los cráneos de Rising Star.
Entonces comenzaron las preguntas. ¿Ya realizó los análisis cráneo-dentales? Sí. El cráneo y los dientes de H. naledi lo colocan en el grupo de H. erectus, neandertales y humanos modernos. ¿Más cerca de H. erectus que de H. habilis? Sí. ¿Los huesos presentan marcas de dientes de carnívoros? No, son los muertos más sanos que jamás encontrará. ¿Ha avanzado en el datado? Todavía no. Pero tendremos la fecha en algún momento. No se preocupe.
Y luego, al terminar el interrogatorio, los decanos congregados hicieron algo que nadie esperaba, mucho menos Berger. Aplaudieron.

El río entrelazado
Cuando se hace un hallazgo nuevo e importante en el campo de la evolución humana –o hasta un hallazgo nuevo y poco importante-, lo habitual es proclamar que desbanca todas las concepciones previas sobre nuestro linaje. Pero habiendo aprendido de errores pasados, Berger se abstiene de semejantes aseveraciones sobre Homo naledi; al menos por ahora, pues su lugar en el tiempo aún es incierto. [Berger] No afirma haber encontrado al Homo más primitivo ni que sus fósiles hayan regresado el título “Cuna de la Humanidad” del oriente al sur de África. No obstante, los fósiles ciertamente sugieren que las dos regiones –y todo cuanto yace entre ellas- pueden albergar pistas de una historia mucho más compleja de lo que sugiere la metáfora “árbol genealógico de la humanidad”.
Naledi me dice que quizás pensamos que el registro fósil está lo bastante completo para inventar historias, pero no es así”, dijo Fred Grine, de Stony Brook. Tal vez las especies más antiguas de Homo surgieron en Sudáfrica y después emigraron a África Oriental. “O puede que fuera al revés”.

El propio Berger opina que, más que un árbol que se ramifica a partir de una sola raíz, la metáfora correcta para la evolución humana debe ser un torrente entrelazado: un río que se divide en canales, los cuales se fusionan otra vez río abajo. Según esta alegoría, hubo un momento en que los distintos tipos de homínino que poblaron los paisajes africanos divergieron de un antepasado común. Pero volvieron a unirse río abajo en el tiempo, de suerte que nosotros, en la desembocadura del río, llevamos dentro un poco de África Oriental, un poco de Sudáfrica y un montón de historia que desconocemos por completo. Mas una cosa es indudable: si descubrimos una forma de homínino completamente nueva solo porque dos espeleólogos eran lo bastante flacos para meterse en una grieta de una cueva sudafricana de sobra explorada, es imposible imaginar qué más puede haber por ahí.
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Fuente: NatGeo.com

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