jueves, 21 de agosto de 2014

Orígen de los apellidos Hispanoaméricanos

 1. Protoapellidos en la antigüedad
Todos los pueblos, desde tiempos inmemoriales, utilizaron nombres propios para identificar a los hombres entre sí. Expresaban rasgos peculiares del individuo, virtudes o características que lo distinguían, o invocaciones religiosas vinculadas con su nacimiento o con las creencias de sus padres.
Algunos añadían apelativos, que sin embargo no pueden considerarse aún verdaderos apellidos. Entre los griegos los había toponímicos, es decir, referidos al lugar de nacimiento, como Zenón de Elea, Protágoras de Abdera, Tales de Mileto o Heráclito de Éfeso, y gentilicios (Aristóteles el Estagirita). Utilizaban también algunos patronímicos, pero como recurso aclaratorio (Paris hijo de Príamo, Ulises hijo de Laertes), que en ocasiones adoptaban carácter colectivo, como Aqueos, nombre que se daban a sí mismos por provenir de Aqueo, Heráclidas, que se aplicaba a los descendientes de Hércules o Heracles, Pélidas a los de Peleo, Átridas a los de Atreo o Aqueménidas, a los miembros de la dinastía persa originada en Aquémedes.
Entre los judíos había toponímicos (José de Arimatea, María de Magdala, Simón de Cirene), gentilicios (María Magdalena, Simón el Cirineo), personales (Herodes Antipas, Herodes Agripa y Herodes Filipo) y patronímicos que se expresaban con la palabra ben precediendo el nombre del padre (Iosef ben Matatías, David ben Naftali). También solían añadir el de un antepasado ilustre, anteponiendo ibn (Iehuda ben Saúl ibn Tibon y su hijo Samuel ben Iehuda ibn Tibon, es decir, Iehuda hijo de Saúl y de la familia de Tibón y Samuel, hijo de Iehuda y de la familia de Tibón).
Algunos personajes históricos de la antigüedad recibieron apelativos póstumos, como reconocimiento de la posteridad a sus obras (Alejandro Magno, Herodes el Grande) o para diferenciarlos de otros del mismo nombre (Ciro el grande y Ciro el joven, Santiago el mayor y Santiago el menor), basándose a veces en algún rasgo distintivo de su vida (Juan el Bautista y Juan el Evangelista). Es obvio que tampoco éstos pueden considerarse apellidos, pero sí recursos destinados a diferenciar a dos personas que llevaban el mismo nombre –propósito que generó el uso de los apellidos–, razón por la que los llamo protoapellidos.
Los romanos, consecuentes con su tendencia a regimentar la vida en sociedad, establecieron reglas onomásticas que observaban con bastante estrictez. Incluían el uso del praenomen, el nomen y el cognomen. El praenomen equivalía al nombre de pila actual, elegido de una lista que no pasaba de cuarenta. Cada gens o familia utilizaba un número aún más reducido, como la gens Julia, que usaba cuatro (Caius, Lucius, Sextius y Vopiscus) y la rama de los Escipiones de la gens Cornelia, que tan sólo utilizaba tres (Lucius, Publius y Cneus). Los esclavos no tenían praenomen.
El nomen identificaba a la gens a la que cada uno pertenecía y era privativo de los patricios. El cognomen era para los patricios el nombre de la rama familiar, y para los plebeyos el nombre del padre, es decir, una suerte de patronímico. Julieta Consigli me aclara que en algunos casos el cognomen aludía a una cualidad física o moral, como Barbatus, Longus, Naso, Enobarbo, etc., y en otros indicaba la procedencia, como Sabinus.
Por último, solían añadir un cuarto, estrictamente personal, llamado agnomen, destinado a destacar una hazaña o un hecho relevante. Tales los casos de Publio Cornelio Escipión el Africano y Publio Cornelio Escisión Emiliano, Marco Porcio Catón el Censor y Marco Porcio Catón de Utica, o Cayo Plinio Cecilio Segundo el Viejo y Cayo Plinio Cecilio Segundo el Joven. Es lo que hoy llamaríamos sobrenombre o apodo, que servía además para distinguir a dos homónimos.
De lo dicho se desprende que el nomen y el cognomen operaban como primitivos apellidos, y que los patricios u optimates, usaban ambos (Cayo Julio César, Publio Cornelio Escipión, Marco Tulio Cicerón), indicando con el primero el clan (gens) al que pertenecían y con el segundo la rama. Los plebeyos sólo usaban el segundo (Cayo Mario). Algunos patricios que militaron en el bando de los plebeyos, procuraban identificarse con ellos omitiendo el uso del nomen (Cayo y Tiberio Graco). En el caso de las mujeres, las nobles solían usar el nomen, con el género adecuado a su sexo (Julia, Antonia, Cornelia, Octavia). En el imperio comenzaron a añadir el cognomen (Julia Mamea, Popea Sabina, Vipsiana Agripina).
Entre los romanos había total libertad para usar libremente los nombres que cada uno prefiriese, y sólo se tenía por reprensible cuando se hacía con intención fraudulenta.
2. Aparición de los apellidos en España
En la España altomedieval convivían, junto a los nombres romanos, los godos y los judíos, a los que se sumaron a partir del siglo VIII los árabes. Los godos sólo llevaban nombre de pila (Roderico, Teodorico, Gundisalvo, Wamba, Wintila, Alarico, Ataúlfo, Leovigildo, Suintila, Recaredo, Recesvinto), mientras que los árabes solían, al igual que los judíos, utilizar algunos patronímicos anteponiendo las palabras abu, ibn, el, al y ben (Abu Mohammed el Kasim, Ibn Batuta, El Edrisi, Al Mansur, Omar ben Yusuf).
Hacia fines del siglo IX de nuestra era, la necesidad de identificar a personas que llevaban el mismo nombre, dio lugar a la aparición de los primeros apellidos[1] tal como los conocemos hoy, aunque tardarían todavía bastante tiempo en adquirir las actuales condiciones de trasmisibilidad.
Inicialmente fueron adoptados por los miembros de la nobleza y luego su uso fue extendiéndose gradualmente hasta alcanzar a los del estado llano. De acuerdo a su origen pueden identificarse cinco categorías: A) patronímicos B) toponímicos o solariegos C) gentilicios D) personales o descriptivos y E) traducidos y transliterados. Veamos cada una de ellas.[2]
A) Patronímicos
Fueron los primeros apellidos que aparecieron y se difundieron alrededor de los siglos X y XI. Se formaron a partir del nombre del padre puesto en modo genitivo, y en romance adoptaron por lo general las terminaciones az, ez, iz y oz.[3] Así, el genitivo latino de Rodericus (Rodrigo), que era Roderici, devino Rodríguez, y de manera semejante aparecieron Martínez, Ramírez, Ruiz y Muñoz, hijos de Martín, Ramiro, Ruy y Munio, respectivamente, y así tantos otros. Se da el caso de apellidos que han sobrevivido al nombre de pila que les dio origen, como el ya citado Muñoz, Bermúdez, Ortiz, Suárez u Ordóñez, cuyos originales Munio, Bermudo, Hortún, Suero y Ordoño han desaparecido ya.
En algunos casos el patronímico se mantiene igual al nombre del que procede, tal el caso de García, Arias, Alfonso, Alonso, Duarte, Ramón, Miguel, Beltrán u Ochoa, mientras en otros admite más de una forma, como García y Garcés, Martín y Martínez, Muñoz y Muñiz, Sáenz, Sainz y Sánchez, Díaz, Diez y Diéguez, Yáñez e Ibáñez, Peláez y Páez (de Payo, forma abreviada de Pelayo) o Rodríguez y Ruiz (de Ruy, forma abreviada de Rodrigo).
Un caso curioso de patronímico creado en pleno siglo XVIII, en el Alto Perú, es el del navarro don Pedro Prudencio Pérez, que convirtió su segundo nombre en apellido, pasando a firmar Pedro Pérez Prudencio, apellidos que continuaron usando algunos de sus descendientes.[4]
Resulta obvio aclarar que en todos los casos mencionados no corresponde el uso de la preposición de precediendo al apellido, por cuanto el modo genitivo la excluye.[5] Sólo por excepción la desinencia fue sustituida por dicha preposición, apareciendo así Santiago de Pablo, Luis de Pedro, Gonzalo de Marco, Juan de Juanes (de Ioannes, forma antigua de Juan) o Jerónimo de Miguel. Lo que constituye una redundancia, y por tanto resulta incorrecto, es combinar ambas formas –desinencia y preposición–, no obstante lo cual hubo en el siglo XVIII personas que lo hicieron, como ocurrió en Córdoba[6] con Juan Tiburcio de Ordóñez o Pedro de Benítez.
Cabe asimismo mencionar la existencia de algunos apellidos que podríamos llamar matronímicos, tomados del nombre de una mujer, habitualmente la madre de quien lo lleva. Un ejemplo de ellos es Doña Vargas.
B) Toponímicos o solariegos
Poco después aparecieron los apellidos toponímicos o solariegos, es decir, tomados del nombre de un lugar. Al comienzo fueron adoptados por los grandes magnates, que añadían a su nombre el de un señorío, de una casa solariega o de un lugar cuyo gobierno ejercían. Más tarde se generalizó el uso del topónimo del lugar de nacimiento o procedencia, lo que permitía distinguir a Juan de Ávila de Juan de Toledo y de Juan de Cáceres, a través de la mención del sitio (en este caso una ciudad) del que procedía cada uno de ellos. Por una regla sintáctica de la lengua española, estos sí deben ir precedidos de la preposición de, indicativa de dichas procedencia o posesión.
Cuando en reemplazo del nombre propio de una ciudad, pueblo o lugar, se elegía como apellido un sustantivo común, nuestra lengua pide el artículo determinado (el o la) detrás de la preposición, en el caso del primero formando la contracción del. Así surgieron Manuel del Campo, Pedro del Arroyo, José de la Colina, Miguel del Cerro, Alfonso de la Sierra, Esteban de la Peña, Fernando de la Piedra, Andrés de la Vega, Agustín del Collado, Juan del Campillo y Sebastián de los Ríos, cuando se trataba de accidentes naturales, o bien Rodrigo del Castillo, Martín de las Casas, Lope de la Torre, Santiago de la Rua y Antón de la Puente, cuando se trataba de construcciones hechas por el hombre.
Entre los vascos y navarros la adopción del apellido toponímico respondía a reglas muy particulares. La división de una familia con la creación de una nueva casa solía llevar aparejado el uso de apellidos diferentes de sus dueños o habitantes, para distinguirlos. Así los que permanecían en la propiedad primitiva se llamaban, por ejemplo, Echezar (en vascuence, casa vieja) y los que ocupaban la nueva, Echeberria (casa nueva). Martín Ospitaletche nos informa que en el valle de Baztán las personas solían usar diferentes apellidos a lo largo de su vida, pudiendo estos ser el nombre de la casa nativa, el de la casa del cónyuge, el de alguno de los padres, e incluso el del pueblo o barrio de donde eran originarios.[7] Esta situación se mantuvo hasta avanzado el siglo XVII.
Conviene aclarar aquí que en muchos casos los topónimos que daban lugar a un apellido eran voces árabes lo que, como se comprenderá, no permite inferir que quienes lo llevaran tuvieran esa sangre o profesasen la religión islámica.
A despecho de esto, Domingo Faustino Sarmiento afirma en Recuerdos de Provincia, que su familia materna procede de un jeque sarraceno llamado Alí ben Razín, que conquistó y dio nombre a la ciudad de Albarracín, en la Provincia aragonesa de Teruel, a partir de lo cual el ilustre sanjuanino llega al extremo de proclamarse presunto deudo de Mahoma.[8] Por cierto que esto se desmiente al conocer el nombre del primer antepasado americano de su madre, el escribano Juan de Albarracín Pereyra, nacido en Salta en 1602, pues el uso de la preposición de antes de su apellido indica claramente que está tomado del nombre de dicha ciudad, sin que ello signifique que descendiera de su fundador.
C) Gentilicios
En otros casos, en vez de usar el nombre del lugar de procedencia se prefirió su gentilicio, es decir, el apelativo de los nacidos en él, gestándose así apellidos como Catalán, Navarro, Romano, Andaluz, Cordovés, Gallego[9] o Alemán, en el caso de nombres propios de provincias, regiones o ciudades importantes (Cataluña, Navarra, Roma, Andalucía, Córdoba, Galicia y Alemania, respectivamente). Los hay también procedentes de lugares pequeños, de los que son ejemplo Moyano, Altamirano y Bejarano, correspondientes a Moya (Cuenca), Altamira (Santillana del Mar) y Béjar (Salamanca). Cuando eran tomados de un nombre común aparecían otros tales como Campero, Serrano, Isleño y Montañés (de campo, sierra, isla y montaña). Huelga señalar que en ambos casos la preposición de resulta innecesaria, por lo que su uso no corresponde.
D) Personales o descriptivos
Otro tipo de apellido aparecido por aquellos tiempos fue el personal o descriptivo[10], que procedía de un rasgo físico (Moreno, Blanco, Bello, Calvo, Crespo, Pardo, Rubio, Bermejo, Cano, Zarco, Delgado, Seisdedos), de una característica de la personalidad (Bravo, Brioso, Valiente, Alegre, Bueno, Gallardo, Franco, Leal, Cortés, Galán), de un oficio, cargo o profesión (Herrero, Peón, Sastre, Escribano, Guerrero, Jurado, Vaquero, Ovejero, Montero, Alcalde), de una situación familiar (Nieto, Primo, Sobrino, Mayor, Menor, Espósito, Criado), de un estado religioso (Sacristán, Fraile, Abad, Sacerdote, Obispo, Cardenal) o de un status social (Rey, Príncipe, Duque, Conde, Noble, Hidalgo, Caballero, Escudero). En estos últimos, su uso no implica necesariamente que el individuo perteneciera a dicha categoría, sino que muchas veces se trataba de apodos.
En algunos casos se atribuía su origen a algún hecho famoso protagonizado por un antepasado, tales los casos de Ladrón de Guevara, Niño de Guzmán, Hurtado de Mendoza, Cabeza de Vaca, Vargas Machuca, Vera y Aragón, Olmos, Girón, Calderón, Troncoso o Maldonado, aunque por cierto, los episodios en que presuntamente se crearon forman habitualmente parte de lo legendario.
En la categoría de los personales correspondería incluir a los apellidos tomados de nombres de animales, que podríamos llamar zoonímicos, como serían Novillo, Cordero, Lobo, Gallo, Borrego, Carnero, Águila, Vaca, Cuervo, Palomo, Becerra o Yegua. Debe tenerse presente que en el caso de algunos, como Toro o León, puede tratarse de toponímicos derivados de las ciudades epónimas, lo que resulta fácilmente verificable al advertir que iban precedidos de la preposición de.
También caben aquí los procedentes de vegetales o fitonímicos, tales los casos de Trigo, Centeno, Sarmiento, Manzano, Granado, Arce, Oliva, Álamo, Pereyra, Perales, Nogales, Piñero, Cornejo, Encina, Robledo, Fresneda, etc., y los que provienen de minerales o mineralonímicos, como Piedra, Arena, Oro, Roca, Hierro o Fierro. A ellos se suman algunos que evocan fenómenos atmosféricos, a los que llamaremos meteoronímicos, como Rayo, Centella, Lluvia, Trueno o Solano (viento del naciente). Por lo general estos apellidos fueron inicialmente un apodo.
Por último puede incluirse en esta categoría a los llamados apellidos hagionímicos, que invocan nombres de santos, de la Virgen María o del mismo Dios, o bien que indican una intervención divina. Se cuentan entre ellos San Martín, Sanpedro, Santillán (de san Illán o Millán), Santolalla (de santa Olaya o Eulalia), Santisteban (de san Esteban), etc., como así también Santamaría, Dios, Deo, o Diosdado. Los niños abandonados en la puerta de una iglesia solían ser identificados con este apellido, v. gr. Manuel de la Iglesia.
Entre los personales suele darse en ocasiones el uso de la preposición, así como de los artículos el y la, tal el caso de Juan del Águila, Lucas de la Corte, Alfonso de la Cerda (por su cuerpo hirsuto), Pedro de la Guerra (por su oficio), Juan Alfonso de la Cámara (originado en el cargo de camarero de la Casa Real), José de las Ovejas o Manuel de las Vacas, por su hacienda. Algunos de los hagionímicos van también precedidos por ella, indicando que han sido encomendados a aquél o aquella de cuyo nombre lo han tomado, o que existe un presunto parentesco con ellos (Pablo de Santamaría, Juan de San Martín, Martín de Santisteban, Feliciana de Santillán o Nicolás de Dios). Respecto a esta última categoría, debe tenerse presente que en ocasiones suele tratarse de apellidos toponímicos y no personales, ya que existen en España numerosos lugares que llevan nombres de santos.
E) Traducidos y transliterados
El paso de un individuo –o de su fama– de un país a otro o de una región a otra de diferente lengua, solía provocar la traducción o la transliteración de su apellido. Ejemplos de traducción son los Taylor ingleses y los Schumacher alemanes, trocados en España en Sastre y Zapatero, respectivamente. Algunos casos resultan curiosos, como el del alemán Andreas Wilhelm Schneider, quien al radicarse en Cádiz a fines del siglo XVIII tradujo su apellido al latín, y en vez de Sastre (traducción de Schneider), devino Sartorius.
En la segunda categoría (transliterados) se cuentan los casos célebres de Ann Boleyn, Albretch Dürer, Mary Stuart y Louis Capet, que pasaron a ser nombrados como Ana Bolena, Alberto Durero, María Estuardo y Luis Capeto. Otro caso es el de la familia Speileux, de origen francés, españolizada Espeliús. En todos estos casos se da lo que los filólogos llaman transliteración[11] o pronunciación figurada.
Dichos fenómenos son también verificables en América. El conquistador alemán Bartolomé Blumenthal Welser se valió de ambos en Chile, pues tradujo su primer apellido a Flores[12] y transliteró el segundo en Ubelsar. También recurrieron a la traducción los hijos de Andrew Campbell, irlandés radicado en Montevideo en la segunda mitad del siglo XVIII, que pasaron a llamarse Campana. Por esos mismos años un inglés apellidado Janson, radicado en San Juan de Cuyo, transliteró el suyo en Yanzón, y el irlandés James Butler pasó a ser Diego Buteler luego de casarse en el valle de Calamuchita.
Un caso curioso es otro irlandés, William Kennefick, radicado en el curato cordobés de Tulumba hacia 1770, quien modificaba su apellido en cada documento que firmaba, haciéndolo sucesivamente de aquella manera y como Guillermo Kennefeke, Kennefeque, Kalofreque y Kennefeake, para adoptar finalmente la forma trasliterada Reynafee, que sus hijos transformaron en Reynafé o Reinafé.[13]
Ya a comienzos del siglo XIX, tras las invasiones inglesas al puerto de Buenos Aires, varios prisioneros británicos se afincaron en la Argentina. Algunos de ellos tradujeron su apellido al español, tal el caso de Patrick Island, devenido Patricio Isla, mientras otros lo castellanizaron, como ocurrió con un hijo de John Dougherty, que convirtió en suyo en Dojorti.
En pleno siglo XX una familia de inmigrantes árabes de apellido Senen lo tradujo a Luna en Cruz del Eje, otra de igual origen que era Juri pasó a ser Cura en Santiago del Estero, y un italiano radicado en Córdoba cambió su apellido Bianco en Blanco.
También como ejemplos de transliteración podemos mencionar a los Beaumont, que devinieron Biamonte o Viamonte, al carpintero flamenco Enrique Albretch, transformado en la Córdoba del siglo XVII en Enrique Alberto, a Demetrio Ventura, convertido en Buenos Aires en Ventura de Mitre, o a los Zapiola, también porteños, cuyo apellido gascón era Sapiolle. O el caso del uruguayo Juan Santiago de Ubarcalde, que pasó a firmar Warcalde.
A veces, cuando un apellido sufría una distorsión ortográfica –por lo general la llamada falsa audición–, la nueva forma convivía con la primitiva, coexistiendo así Balcarce y Valcárcel, Argañarás y Algañarás, Riglos y Riblos. Ni que decir en el caso de letras fácilmente intercambiables como la s con la z y la c, o la i latina con la y griega, generando casos como Lazcano y Lascano, Argañarás y Argañaraz, Losa y Loza o Ferreyra y Ferreira, en miembros de una misma familia. He llegado a ver las firmas de tres hermanos de apellido Ceballos, uno de los cuales firmaba de esa manera, mientras los otros lo hacían como Zeballos y Seballos, respectivamente.
Un caso notable de transliteración, aunque dentro de la misma lengua castellana, lo constituye el apellido Larguía, que surgió en Córdoba en el siglo XIX como un anagrama de Aguilar, seguramente para disimular una filiación que se quería mantener oculta, ya que se trataba del hijo de un sacerdote, el doctor don Bernabé Antonio de Aguilar.
Ciertos apellidos toponímicos de origen portugués y gallego sufrieron una curiosa transformación al pasar al español, como el caso de José do Campo, que pasó a ser José de Ocampo, Mateo da Costa, transformado en Mateo de Acosta, y Jacobo da Cunha, convertido en Jacobo de Acuña.
3. Combinaciones de apellidos
El uso simultáneo de todas estas modalidades generó la aparición de apellidos combinados. El más común procedía de la unión de un patronímico con un toponímico, apareciendo así Álvarez de Toledo, Ramírez de Velasco y Suárez de Cabrera. Podían vincularse también un patronímico con un personal, tal el caso de Sáenz Valiente, Alonso Herrero o Ruiz Moreno; un patronímico con un gentilicio, como Ruiz Moyano, Fernández Campero o Rodríguez Navarro; dos personales (Guerrero Maldonado, Moreno Gordillo); un personal con un toponímico (Bravo de Zamora, Maldonado del Espino, Nieto de Estrada) o a la inversa, un toponímico con uno personal (Francisco de Losa Bravo, Rodrigo de Guzmán Coronado); o un gentilicio con un toponímico (Navarro de Velasco, Serrano de Castro).
Cuando se unían dos toponímicos, se reemplazaba habitualmente la segunda preposición de por la conjunción y, como lo hacían don Alonso de Herrera y Guzmán, don Lucas de Figueroa y Mendoza, don Félix de Cabrera y Zúñiga y tantos otros. Sin embargo, a veces se conservaba la segunda preposición y se omitía la conjunción, como ocurría con Luis de Abreu de Albornoz, Gonzalo de Abreu de Figueroa, Pedro de Mercado de Peñaloza y don Cristóbal de Torres de Ávila, o bien se omitían ambas –como es costumbre hoy entre nosotros–, tales los casos de Juan de Buisa Benavente y don Pedro Fernando de la Torre Palacio. Por último había quienes sumaban ambas formas, como Francisco de Barrasa y de Cárdenas.
En algunos casos se unieron un nombre y un apellido con elisión de vocal, formando sinalefa, como Pedro Arias Dávila o Hernando Arias de Saavedra, que devinieron Pedrarias Dávila y Hernandarias de Saavedra, respectivamente. A veces pasaban a constituir un nuevo apellido, como Perafán de Rivera, derivado de Pero (Pedro) Afán de Rivera, Garcilaso de la Vega, de García Laso de la Vega, y Peribáñez, de Pero Ibáñez.
La misma figura retórica se dio mediante la unión entre un apellido toponímico y la preposición que lo precedía. Así Jerónimo de Ávila se transformó en Jerónimo Dávila, Miguel de Ávalos en Miguel Dávalos, Gonzalo de Nis en Gonzalo Denis, y Juan de Olmos en Juan Dolmos. El fenómeno se repite en apellidos de origen gallego, tales los casos de Manuel do Pazo (pazo=palacio) y Andrés do Rego (rego=canal), devenidos Manuel Dopazo y Andrés Dorrego. Hubo también casos de sinalefa entre un apellido y un artículo precedente, dando lugar a la aparición de Lamadrid, Lavalle, Laprida, Lafuente, Lallana, Latorre, Elcano, etc.
Algunos apellidos toponímicos surgieron de la unión de dos o más palabras, tales los casos de Peñaloza (procedente de Peña Loza), Rivadeneira (de Riva de Neira), Piedrabuena, Paniagua, Valdenebro, Capdevila, Villanueva, Montenegro, Calvimonte, Monteagudo, Barrionuevo y tantos otros cuya formación se explica por sí misma la mayor parte de las veces.
4. Trasmisión a los hijos
Al comienzo el uso del apellido era personal, sobre todo en el caso de los patronímicos, y por tanto cambiaba en cada generación, indicando en cada caso el nombre del padre del individuo en particular . Así, el hijo de Laín Calvo se llamó Diego Laínez, el hijo de éste Rodrigo Díaz, y el de éste podría haberse llamado Pedro Rodríguez, y así sucesivamente. Hubo casos, como el de los reyes de Navarra, en el que durante varias generaciones cada hijo llevaba el nombre de su abuelo, y el patronímico de su padre, con lo que cada nombre y apellido se repetían generación de por medio. Así Sancho Garcés I era el padre de García Sánchez I, éste el de Sancho Garcés II, y éste a su vez el de García Sánchez II.
A partir del siglo XV los patronímicos comenzaron a trasmitirse sin variación a las generaciones sucesivas, no obstante lo cual siguió habiendo casos excepcionales de individuos que convirtieron en apellido el nombre de su padre hasta avanzado el siglo XVII. En la Córdoba de dicha centuria, por ejemplo, se registra el caso de Juan Martín Jiménez, cuyos descendientes pasaron a apellidarse Martínez de Betancur.
Salazar y Acha nos informa que las principales familias españolas de la baja Edad Media solían ponerle a los hijos el nombre de pila de un antepasado ilustre, seguido del patronímico que este usó. Ilustra su afirmación citando el caso de don Íñigo López de Mendoza, el célebre primer marqués de Santillana, cuyos hijos se llamaron don Diego Hurtado, don Íñigo López, don Pedro González, don Lorenzo Suárez y don Pedro Laso.[14]
Los apellidos personales y gentilicios tardaron algo más en hacerse hereditarios, al igual que los toponímicos tomados de lugares de procedencia, mientras que los toponímicos originados en una posesión o señorío se comenzaron a trasmitir más tempranamente, pero sólo al hijo que heredaba la propiedad.
Cuando se difundió esta costumbre de trasmitir el apellido a los hijos, no respondía al comienzo a regla alguna, pudiendo cada cual usar el de un antepasado cualquiera, o combinaciones variadas, por lo que hasta mediados del siglo XVII es muy común encontrar padres, hijos y hermanos con diferentes apellidos. Por ejemplo, cuatro de los hijos de don Jerónimo Luis de Cabrera y doña Luisa Martel de los Ríos se llamaron don Pedro Luis de Cabrera, don Gonzalo Martel de Cabrera, doña Petronila de la Cerda y doña Francisca de Mendoza.[15] Francisco de Aguirre era hijo de Hernando de la Rua y de Constanza de Meneses, y don Alonso de la Cámara lo era de Diego Negrete de Santander y de doña Isabel Núñez de Sosa. A lo largo del siglo XVII se fue generalizando el hábito de llevar todos los hijos el apellido del padre, lo que en la centuria siguiente era ya una norma general, con muy escasas excepciones.
Xabier Ormaetxea afirma que el Concilio de Trento (1542-1562) estableció la obligatoriedad de que los apellidos pasaran invariables de padre a hijo, pero aclara que ello ocurrió aunque el Concilio no lo dice exactamente así”.[16] El Dr. Carlos Solivérez, por su parte, supone que al hacerse en el marco de la Contrarreforma, con ello se buscaba disponer de medios más eficientes para identificar a los escurridizos “herejes” y “apóstatas”. Según el mismo Ormaetxea don Felipe II la puso en vigencia en España por disposición del 12 de Julio de 1564.
Sin embargo, Ana María Mulqui de García Castellanos, estudiosa de estos temas, me dice que no existe tal disposición tridentina y que la citada Real Cédula trata sólo sobre la “Exejución, Conservación y Defensa de los Decretos del Santo Concilio de Trento. Está inserta en la Novisima Recopilación de Indias, en el Libro I, tit 1, ley 13 y en ella se exige el cumplimiento de las disposiciones adoptadas por dicho Concilio entre las que, como queda dicho, no se encuentra la de marras.
Un caso especial es el de los mayorazgos fundados con imposición de apellido, aparecidos en Castilla y Aragón en el siglo XIII y que proliferaron durante los siglos XV y XVI.[17] Cuando se impuso la costumbre de llevar todos los hijos el apellido paterno, se dio con frecuencia el caso de que, al pasar el mayorazgo a una línea femenina, el hijo mayor mantuviera el apellido exigido por el vínculo, mientras sus hermanos llevaran el del padre.
En la Argentina hubo tan sólo cinco –o quizás seis– mayorazgos, por lo que la situación tuvo carácter excepcional. El más duradero fue el de San Sebastián de Sañogasta, fundado el 3 de enero de 1663 en la actual Provincia de la Rioja, con imposición del apellido Brizuela y Doria, que sobrevivió hasta comienzos del siglo XX. Por extinción de la línea masculina pasó sucesivamente a manos de los Dávila y de los Ocampo, por lo que salvo el titular del vínculo, que seguía llamándose Brizuela y Doria, todos sus hermanos llevaban uno de aquellos apellidos. Esta situación se mantuvo hasta fines del siglo XIX, cuando todos los hijos del último mayorazgo, don Ramón Brizuela y Doria, pasaron a llamarse como su padre.
Algunos apellidos combinados perdieron el primero, convirtiéndose en apellidos simples. Como ejemplo podemos mencionar a los Hernández Pizarro, los Dicido y Zamudio, los Arrendain y Bengolea, los López Cobo, los Bernabé Madero, los González Rivadavia o los García Posse, que pasaron a ser simplemente Pizarro, Zamudio, Bengolea, Cobo, Madero, Rivadavia y Posse.
5. Apellido y linaje
Si bien el apellido es el principal elemento de identificación de una familia, no debe incurrirse en el frecuente error de confundir ambos, apellido y familia, identificando así dos ciencias que aunque vinculadas entre sí, son diferentes: la Onomástica, –en este caso a través de una de sus ramas, la Antroponimia, que estudia el origen de los nombres y apellidos–, y la Genealogía, que se ocupa de estudiar las familias.
A través del conocimiento del origen de los apellidos, es perfectamente posible advertir la autenticidad del apotegma genealógico que dice que “identidad de apellido no significa identidad de linaje”.[18] Esto es fácil de comprender en el caso de los patronímicos, ya que puede haber tantas familias apellidadas González y Ramírez, como Gonzalos y Ramiros hayan dejado descendientes en la Edad Media. Semejante consideración merecen los toponímicos originados en el nombre de ciudades importantes, como Oviedo, Zamora o Burgos, y los gentilicios procedentes de territorios extensos como Catalán, Navarro o Alemán.
Diferentes familias portan por lo tanto el mismo apellido, sin tener entre sí ninguna vinculación. De allí que cuando se habla de los Martínez o los Toledo, es menester aclarar a qué familia de esos apellidos se está aludiendo.
La ignorancia de este principio suele manifestarse en la costumbre de iniciar el estudio de una determinada estirpe con la mención de personajes ilustres que llevaron el mismo apellido en tiempos remotos, sin que se pueda establecer una vinculación cierta con la que luego se desarrolla. O en el campo de la Heráldica, al atribuir a una familia blasones pertenecientes a otra de igual apellido, sin probar tampoco la existencia de un nexo entre ambas.
Aunque no pierde vigencia, la sentencia se relativiza un tanto en el caso de los apellidos vascos, la mayoría de los cuales son solariegos y tomados de nombres de lugares pequeños y circunscriptos. Pero aún cuando sea posible entre los éuskaros hallar apellidos privativos de una sola familia, debe considerarse la existencia de criados, esclavos e hijos adoptivos, que los usaban a pesar de no llevar la sangre.
En cuanto a la posibilidad de indentificar un apellido español o hispano–criollo con un credo religioso, conviene destacar que ello resulta hoy virtualmente imposible, más allá de las frecuentes afirmaciones en tal sentido que suelen escucharse. Esto es así por varias razones. Al iniciarse el uso de apellidos de la manera en que quedó expuesto, la inmensa mayoría de los españoles de entonces los adoptaron sin importar la religión que profesaban, fundamentalmente en relación a los toponímicos, personales y gentilicios.
Si bien entre los judíos –y en menor medida entre los moros– era frecuente en la alta Edad Media hallar nombres y apellidos privativos, como se dijo antes, esa situación no se mantuvo en la Edad Moderna. Ya durante las persecusiones religiosas de fines del siglo XIV, la mayoría de los hebreos comenzó a abandonarlos y a sustituirlos por otros que no permitieran su reconocimiento, con más razón en los casos de conversiones al cristianismo, que por entonces fueron numerosas.
A ello vinieron a sumarse, para eliminar los pocos que aún quedaban, los estatutos de limpieza de sangre, iniciados en 1449, la real pragmática de 1492, que los obligaba a bautizarse o abandonar España, y luego la implacable persecusión del Santo Oficio de la Inquisición, bajo el cual pasaban a ser sospechosos de falsa conversión quienes conservaban sus apellidos y aún sus nombres de pila hebreos.
Así rabí Abner de Burgos –cuyo apellido toponímico, Burgos, era común a sujetos de cualquier religión– pasó a llamarse Alfonso de la Caballería o Alfonso de Valladolid, cuando se convirtió al cristianismo en 1321; Ishac Golluf pidió el bautismo en 1389 y se transformó en Juan Sánchez de Calatayud; y Salomón ha-Levi, acaudalado rabino burgalés, pasó a ser Pablo de Santa María al bautizarse en 1390 y llegó a ser obispo de su ciudad.
El rabino don Abraham Seneor, alguacil mayor de las aljamas de Castilla, pasó a llamarse Fernán Núñez Coronel el 15 de junio de 1492, cuando fue bautizado en el monasterio de Guadalupe por el cardenal Mendoza, bajo el padrinazgo de los Reyes Católicos, junto con su yerno Mayr Melamed, que adoptó el nombre de Fernán Pérez Coronel. Los ejemplos podrían continuar hasta el infinito.
José Gómez Menor alude a una lista de linajes judíos de Toledo confeccionada por Sebastián de Orozco, y reproduce una frase suya que no pudo ser escrita más allá de 1579, fecha de la muerte del famoso poeta y paremiólogo, quien luego de aludir a las persecuciones de la Inquisición, dice: “E por esto todos o los más se han quitado y mudado los nombres antiguos que tenían de sus agüelos y antepasados, que ya en esta çibdad no se hallará quien de aquellos nombres y apellidos antiguos de confesos se llame”.[19]
La única excepción a esto la constituyen algunas familias judías que no quisieron convertirse en 1492 y partieron al exilio, en donde continuaron usando sus apellidos primitivos o bien los recuperaron, en los casos en que sus antepasados los habían abandonado.
De manera semejante a la expuesta, también los mahometanos fueron sustituyendo sus antiguos apellidos por otros que no permitían identificar su credo, bastando citar los ejemplos de Abén Humeya, convertido al cristianarse en Fernando de Válor o el de los príncipes granadinos Saad y Nasr, hijos del sultán Abul Hasan, devenidos los infantes don Fernando y don Juan de Granada, aquél comandante del ejército castellano. De esa manera fueron desapareciendo los apellidos propios de ambas religiones, hasta prácticamente su extinción.
Ya dije al mencionar los apellidos toponímicos que, aun cuando el topónimo del que proceden fuese un vocablo de origen árabe, ello no indica que los que lo llevan pertenecieran a dicha etnia o religión. Debemos también mencionar que hubo mozárabes, es decir cristianos que vivían en tierra de moros, que arabizaron su nombre. Tal parece ser el caso de Egas, caballero godo cuyos descendientes habrían tomado en Granada el apellido Benegas (de ben Egas, es decir, hijo o descendiente de Egas), devenido Venegas después de la caída de dicha ciudad en manos de los cristianos.
6. Apellidos indios
Hasta la llegada de los españoles los indios americanos no usaban apellidos, tales como hoy los conocemos. Sin embargo, en las culturas mas desarrolladas como la azteca y la incaica, el nombre de los miembros de la familia real solía ir seguido de un apelativo, que en ocasiones parece haber tenido carácter familiar, por lo que podríamos catalogarlos como protoapellidos. Tales los casos de Moctezuma entre los primeros, y Capac, Tupac, Cusi y Yupanqui, entre los últimos.
Luego de la conquista, al bautizarse y adoptar un nombre cristiano, el o los nombres propios originales del indio pasaban a segundo término, a guisa de apellidos, como ocurrió por ejemplo con el príncipe don Pedro Johualicahualzin Moctezuma en México. En nuestro país los ejemplos son numerosos, bastando mencionar el de Viltipoco, cacique de los omaguacas a fines del siglo XVI, que pasó a ser don Diego Viltipoco; los de don Baltasar Fanchafue y don Francisco Callajui, caciques de Singuil en 1617,[20] o los de don Francisco Calcanchica y Perico (Pedro) Chacalla, cacique e indio de Cosquín, respectivamente, en 1649[21] y cientos más.
Sin embargo, estos apelativos parecen haber tenido un carácter meramente personal, pues no solían trasmitirse de padres a hijos. Tal es lo que ocurría con los capayanes de Anguinán, La Rioja, por los años 1667 y 1668, entre quienes monseñor Pablo Cabrera da cuenta de la existencia del cacique don Martín Salaya, su mujer Juana Ayachi, y sus hijos, Domingo Alive, Pedro Moli y Domingo Llancamay, además de las “chinasMagdalena Chamaico, María Yquichan y Constanza Samallca.[22]
Costumbres semejantes parecen haber tenido los pampas a comienzos del siglo XVIII. Ello a estar con los datos que proporciona el mismo autor, quien menciona a los hermanos Marcos, Ignacio y Frasquito, hijos del cacique Ereguereyán –conocido como el Ñato de la Cara Cortada–, cuyos nombres en lengua aborigen eran Gutiatiá, Sacabeque y Milandegul.[23] La situación exhibe algunas excepciones hacia mediados de esa centuria, al menos entre los guaraníes, como lo prueba la identidad del apellido de los hermanos José y Felipe Yahati.[24]
Catalina Teresa Michieli menciona una lista de indios capayanes y yacampis rebelados en 1633 en jurisdicción de San Juan de la Frontera, cuando el gran alzamiento calchaquí, en los que además de su nombre cristiano (en el caso de los bautizados) y del apelativo originario, se consigna un nombre de familia, que podría considerarse como un primitivo apellido al uso español. Aparecen así varios integrantes de las familias Aguaxican, Aguayucan, Sapugil, Quilmitanux, Cahian, Utunucasta, Ysillacac y otras.
La misma autora alude a la mención de oficios a guisa de apellido, tales como Carpintero, Vaquero, Baquiano, Pescador, Zapatero, Curtidor y Dorador, lo que los asemejaría a los apellidos personales de profesión, a los que aludí más arriba. Sin embargo, me inclino a pensar que en este caso se trata simplemente de una manera de consignar sus ocupaciones.[25]
A medida que se fueron incorporando a la civilización, la mayor parte de los aborígenes de la región central de Argentina abandonaron sus nombres originales y adoptaron en su reemplazo apellidos españoles. El proceso de transición es posible de verificar en un juicio sucesorio cordobés de 1732, en el que el causante es nombrado indistintamente como Agustín Macacotabi o Agustín de Peralta, mientras que a sus hijos se los llama sólo con éste último apellido.[26]
En 1778/79, al realizarse en Córdoba el censo general de población ordenado por Carlos IV, los apelativos aborígenes habían desaparecido casi por completo entre los indios que fueron censados, lo que por cierto excluye a los llamados “alzados”. Las escasas excepciones entre los indios cordobeses estaban dadas por apellidos tales como Chanquía y Plipe Canum en Pichanas, o Cabiltuna, Chilote, Ucucha, Calilián, Yanguerca, Chiquillán y Tulián[27], en la reducción de indios pampas San Francisco de Asís, de la frontera del Río Cuarto.[28] En 1767 encontramos el caso de don Miguel Miebiec, cacique de la reducción de los vilellas,[29] y en 1785 el de José Tumillo, en Cosquín.[30]
En 1786, entre los indios calquis[31] que gobernaban el Pueblito de la Toma (hoy barrio de Alberdi), administradores durante muchos años de la toma de la principal acequia que surtía de agua a la ciudad de Córdoba, sólo el cacique, don Antonio Deiqui[32], llevaba apellido indígena. Todos los cabildantes usaban apellido español, como el alcalde Santos Villafañe y los regidores José Antonio Mercadillo, Miguel Salas y Juan José Crespo.[33]
Distinta parece haber sido la situación en el noroeste argentino, en donde por esos años se descubren muchos apelativos indígenas devenidos ya verdaderos apellidos, tales como Sigampa, Chanampa, Campillay, Millicay, Aballay, Chancalay, Moreta, Alive, Tarcaya, Chaile, Samaya o Chumbita, muchos de los cuales subsisten en la actualidad. Algunos de estos apellidos aparecen también en San Juan de la Frontera, lo que se explica por la proximidad de esta Provincia con la de La Rioja. Michieli, en su trabajo ya citado, atribuye origen cacano a los terminados en ay, pertenecientes por lo general a indios de nación Yacampi.[34]
En el Tucumán y en Cuyo aparecen a fines del siglo XVII y comienzos del XVIII varios estancieros apellidados Inca o Inga, lo que sumado al tratamiento de don que recibían, revela una situación social elevada y permite sospechar una vinculación con la casa real del Incario. Sobre la margen meridional del río de Guaycombo, en jurisdicción de San Miguel de Tucumán, tenía su estancia don Alonso Quispe Inga, y en Catamarca hubo una importante familia de terratenientes, cuyos miembros utilizaron los apellidos Inga, Guamán y Tito, algunas veces solos y otras combinados entre sí, como don Pedro Inga Guamantito y don Diego Guamantito Inca, hacendados de la sierra de Guayamba, en el curato de El Alto.[35]
Esto responde probablemente a la cercanía de dichas provincias con las actuales repúblicas de Bolivia y Perú, en donde la supervivencia de apellidos indios, tanto de origen quechua como aymara, es frecuente. Algunos de los que los usaron allí fueron célebres personajes históricos, tal el caso de don José Gabriel Condorcanqui, cacique de Tinta, más conocido por su seudónimo, Tupac Amaru, o el dibujante Felipe Guamán Poma de Ayala, que combinaba sus apellidos aborígenes con uno español. En dichos países abundan hoy apellidos tales como Choque, Quispe, Vilca, Sungo, Parinacocha, Huanca, Cari, Condori, Apasa, Colque, Ayaviri, Cusicanqui, Mamani, Choquehuanca, Tintaya, Huallparrimachi y muchos más.
También en la región mesopotámica se mantenían al promediar el siglo XVIII apellidos aborígenes. Vicente D. Sierra menciona a cuatro en el paraje de Santa Tecla, de las misiones del alto Paraná en 1753, al comenzar la guerra guaranítica. Son ellos el alcalde Miguel Taimicay, el alférez real José Tiaratú, Ignacio Yepuy y Felipe Subay. Más adelante agrega al cacique Nicolás Ñembuirú.[36] Ignoro si dichos apelativos se mantuvieron en el tiempo.
Los mapuche o araucanos utilizaban apodos originados en elementos emblemático-totémicos, habitualmente de naturaleza animal, vegetal o mineral, trasmisibles de padres a hijos y que determinadas estirpes usaban unida al nombre de pila, como partícula enclítica. Así, es posible identificar a los Wor o Guor (zorro), los Curá (piedra), y los Pilún (oreja). Ulises D´Andrea sospecha con fundamentos que esta costumbre se daba también entre los comechingones y sanavirones, pero el escaso conocimiento de sus lenguas dificulta la identificación.[37]
A pesar de que la evangelización de los araucanos fue bastante tardía en la Argentina, a donde llegaron en 1834 procedentes de Chile, se reeditó aquí entre ellos la costumbre de anteponer el nombre cristiano al indígena, tal el caso del cacique don Manuel Namuncurá (Garrón de Piedra), hijo de Calfucurá (Piedra Azul) y padre de Ceferino Namuncurá, un virtuoso salesiano declarado beato el 11 de noviembre de 2007, segundo argentino que alcanzó tal dignidad. En este último caso, Namuncurá operaba ya como apellido a la usanza española, al trasmitirse de padres a hijos sin modificación.
7. Apellidos en esclavos
Los esclavos sólo llevaban al comienzo el nombre de pila que se les imponía con el bautismo. Al mencionarlos en las escrituras públicas solía añadírseles el de su lugar de procedencia –tales como Angola, Guinea, Congo, Canungo o Capitango–, si eran africanos, u otros apelativos cuyo origen desconozco, como los casos de Agustín Tutu, Antonio Alcaldero, Juan Pandy, Juan Canbundo, Antón Zuqui, Antonio Moncholo, Francisco de Cala o Isabel Mesra.[38] Esta costumbre no perduró sin embargo en el tiempo y por cierto tales agregados no pueden considerarse aún apellidos. Estimo que se trata de un apelativo semejante a los mencionados el del negro Manuel de Alegría, de 44 años, esclavo de doña Bernarda de Cabrera en Costasacate, en el año 1693.[39]
Recién a mediados del siglo XVIII comienza a generalizarse entre los esclavos el uso de un apellido español, por regla general el del amo. Los primeros que he hallado en Córdoba son José Tomás Baigorrí, “mulato azambado” de 26 años “poco más o menos”, esclavo del capitán don Gabriel de Baigorrí, fugitivo en el valle de Catamarca, al que su dueño vendió el 12 de noviembre de 1744 en 280 pesos al maestro don Juan de Adaro y Arrázola, cura rector de San Fernando del Valle de Catamarca.[40] Y el pardo Tomás Garay, esclavo que fue del difunto fray Juan de Garay O.P., que el 30 de octubre de ese mismo año pidió ser tasado para comprar su propia libertad.[41]
Existen en Córdoba familias procedentes de esclavos, que tomaron como apellido el de la institución a la que pertenecían. Son ellos Monserrat, Sena y Belén, indicativos del convictorio de Nuestra Señora de Monserrat, el monasterio de Santa Catalina de Sena (o Siena), y el hospital San Roque (administrado por la orden de los Hermanos de Nuestra Señora de Bethlehem, o betlemitas, fundada en Guatemala en el siglo XVII por Pedro de Betencourt), respectivamente. Al menos en el caso del primero –Monserrat– cabe aclarar que no es exclusivo, ya que existen también familias de origen catalán que lo llevan.
8. El uso de la preposición de
Existe una creencia generalizada según la cual el uso de la preposición de precediendo al apellido constituye un acto positivo de nobleza o denota cuanto menos una procedencia noble. Tal suposición, totalmente errónea tratándose de apellidos españoles, parece tener origen francés, posiblemente por aquellos casos en que acompañaba a apellidos toponímicos tomados del nombre de una posesión o señorío.[42]
En Francia, el uso de la partícule –como es llamada la preposición de marras– adquirió efectivamente en la antigüedad connotaciones nobiliarias, al extremo que los reyes galos llegaron a prohibir su uso a quienes no pertenecían al estamento noble y a otorgar a algunos el “privilegio” de llevarla, en compensación por servicios prestados a la corona. A pesar de que ya no es así, ha conservado entre los galos esa fama hasta nuestros días, y las numerosas familias que la usan sin pertenecer al estado noble integran para Pierre-Marie Dioudonnat –el autor que más se ha ocupado del tema en dicho país– la noblesse d´apparence o simili-nobiliaire (nobleza de apariencia o de imitación).[43]
Con el afrancesamiento operado en España durante el siglo XVIII a partir del advenimiento al trono de la dinastía borbónica, dicha creencia se trasladó tanto a la Península como a Hispanoamérica. Para comprobar en nuestro caso su nula vinculación con el status social de quienes la usan, basta con recorrer los infolios de los archivos, en donde abundan los casos de esclavos y personas de baja condición social, cuyos apellidos van precedidos de la preposición de marras.
He dicho ya, pero me permito repetirlo, que el uso de la preposición de antes de un apellido español responde simplemente a las reglas sintácticas de la lengua. Debe ser utilizada con los apellidos toponímicos, en los que resulta necesaria para establecer una relación de procedencia o de posesión entre el nombre de pila y el apellido o entre dos apellidos. Así, el nombre Juan de Escobar indica que este Juan era natural del lugar de Escobar o dueño de un solar con ese nombre, mientras que Juan Celis de Burgos expresa la procedencia burgalesa de Juan Celis. O bien que un antepasado de ellos, que comenzó a usar el apellido, era natural de dichos lugares. Sólo por excepción la preposición se usa en los apellidos personales (Alfonso de la Cerda) o sustituyendo la desinencia en los patronímicos (Joaquín de Pedro, Sebastián de Miguel), como ya dije.
Debe asimismo quedar bien en claro que la preposición no forma parte constitutiva del apellido, sino que, como surge de su definición, se usa para denotar el régimen o relación que tienen entre sí dos palabras o dos elementos nominales, en este caso, una relación de procedencia o de pertenencia entre un nombre de pila y un apellido o entre dos apellidos, como acabo de explicar. De allí que si uno de los términos se omite, el uso de la preposición resulta innecesario, y constituye por tanto un solecismo. Siguiendo esta regla es que decimos “vivo en la ciudad de Salta” o “vivo en Salta”, y no “vivo en de Salta”, ya que al omitir el primer término (ciudad), pasa a ser incorrecto el uso de la preposición, pues a nadie se le ocurriría decir que la ciudad se llama De Salta.[44]
De igual manera, cuando mencionamos los apellidos de don Jerónimo Luis de Cabrera, José de San Martín, Juan Manuel de Rosas y Justo José de Urquiza, decimos Cabrera, San Martín, Rosas y Urquiza, y no de Cabrera, de San Martín, de Rosas y de Urquiza. Por la misma razón, las calles que recuerdan a José Antonio de Sucre, Carlos María de Alvear y Miguel Calixto del Corro, se llaman Sucre, Alvear y Corro, y no de Sucre, de Alvear y del Corro.
Sin embargo, se advierte en la actualidad una tendencia a incorporar la preposición como parte del apellido, utilizándola aún cuando se omite el nombre de pila. Así vemos en los diarios que se da cuenta de que “de Urquiza renunció a su cargo”, “de Estrada dijo tal cosa” o “de Narváez declaró tal otra”, cuando las normas del bien hablar y del bien escribir indican que debe decirse “Urquiza renunció a su cargo”, “Estrada dijo tal cosa” o “Narváez declaró tal otra”, salvo que se mencione el nombre completo de cada uno de ellos.
Esta regla rige incluso para los casos de los apellidos que por proceder de un topónimo que es nombre común, van precedidos de la preposición y el artículo. Pedro de la Gasca, presidente de la Audiencia de Lima a mediados del siglo XVI, solía firmar sólo con su apellido y lo hacía como “el licenciado Gasca”. En estos casos puede admitirse la inclusión del artículo determinado como parte del apellido, como en el caso de Las Heras, La Madrid, Las Casas o La Serna, pero no la preposición.
Además de constituir un error, como queda dicho, esta costumbre trae complicaciones en la confección de listas en orden alfabético en las que el apellido precede al nombre. A juicio de quien esto escribe, resulta conveniente colocar la partícula después de los nombres de pila y no antes del apellido. Por ejemplo, resulta a mi entender más correcto, por las razones expresadas, escribir Cabrera, Jerónimo Luis de, y no De Cabrera, Jerónimo Luis. Además de inducir al error antes mencionado, imagine el lector una lista de esta clase, confeccionada con nombres de personas que vivieron en siglo XVI, cuando más de la mitad llevaban apellidos toponímicos precedidos de la citada preposición. En caso de aplicarse la forma aludida, la mayor parte de ellos se concentraría en la letra D.
Luis Guillermo de Torre es autor de un interesante trabajo sobre el tema, publicado en la revista Hidalguía N° 229 (Madrid 1991) y reproducido en Genealogía N° 26 (Buenos Aires 1993). Destaca en él que Sarmiento, en Recuerdos de Provincia, cuando menciona a Salvador María del Carril nombrando sólo su apellido, le dice simplemente “Carril” y al aludir a su familia los llama “los Carriles”.[45] A la de José Ignacio de la Roza la nombra “los Rozas”.[46]
Siguiendo una antigua tradición todavía vigente, los gobernadores de Córdoba firman los decretos sólo con su apellido. Rafael de Sobre Monte, Félix de la Peña, Jerónimo del Barco, Donaciano del Campillo y José Vicente de Olmos lo hacían como Sobre Monte, Peña, Barco, Campillo y Olmos, respectivamente. Sin embargo José Manuel de la Sota firma de la Sota, en franca contradicción con la norma gramatical expuesta.
Por razones que no he podido determinar, durante el siglo XVIII la mayor parte de las antiguas familias criollas cuyos apellidos exigían el uso de la preposición, comenzaron a abandonarla. Paradójicamente, en la misma época en que la falsa creencia gala de su connotación nobiliaria comenzaba a hacer carrera entre nosotros.
Se dan casos en los que el cambio se torna tan evidente, que en un sólo día la misma persona firma con la preposición y sin ella. Tal lo que ocurre en Córdoba con don Félix de Cabrera, quien en el acta capitular del 1° de enero de 1747 firmó primero de esa manera, y luego –en la misma acta– como Félix Cabrera, y en lo sucesivo lo hizo de manera indistinta.[47] O con Estanislao de las Casas, que firmó así en un documento fechado el 3 de octubre de 1767, y volvió a hacerlo diez renglones más abajo como Estanislao Casas.[48]
Otros se nombran a sí mismos con la preposición al encabezar un escrito hológrafo, pero la omiten al firmar, verbigracia Sebastián de Bustos y Albornoz (1653-1718) y Juan José de Gigena (1734-1792), cuyas firmas rezaban Sebastián Bustos y Albornoz, y Juan José Gigena, respectivamente.
Como contraposición, hubo –como dije antes–, individuos cuyos apellidos no debían ir precedidos de preposición, por ser patronímicos o personales, y que sin embargo la usaban, como Juan Tiburcio de Ordóñez, Pedro de Benítez, Martín de Maldonado y Alejandro de García.
Hoy son excepcionales las viejas familias argentinas provenientes de conquistadores por línea agnaticia, que conservan el uso de la preposición. Entre ellas cabe consignar en Córdoba a una rama de los Cabrera, una de los Olmos y Aguilera, una de los Villafañe y Guzmán y una de los Casas.
9.Uso del apellido del cónyuge
Si bien no he realizado una investigación exhaustiva para verificar el comienzo de la costumbre de utilizar las mujeres el apellido de sus maridos, parece situarse –al menos en lo que a mi ciudad se refiere– a fines del siglo XVIII y comienzos XIX. Las modalidades son diversas, pero habitualmente lo añadían al suyo, precedido de la preposición de.
La primera mujer que he encontrado en Córdoba que usó el apellido conyugal en su firma es doña Toribia Manuela de Argüello, viuda de don Francisco Benito de Ceballos, quien el 20 de noviembre de 1800 firmó en representación de su madre y lo hizo como Toribia Manuela Ceballos, es decir, eliminando el suyo propio y sustituyéndolo por el de su marido. Fue ésta una pionera de la lamentable costumbre que hoy, en plena liberación femenina, cunde entre nosotros.[49] Poco más tarde encuentro el de doña Josefa Allende de Funes, casada con el doctor don José Roque Funes, que el 15 de julio de 1819 estampó su rúbrica de esa manera, sin abandonar su apellido, pero añadiendo el de su cónyuge.[50]
Sin embargo habrían de pasar aún varios años hasta que la costumbre se generalizase. Hubo sin embargo en esa misma época otros casos curiosos, como el de doña Petrona de Irigoyen, viuda del brigadier don Juan Gutiérrez de la Concha, gobernador de Córdoba asesinado en 1810. En dicho año firmó sus cartas como Petrona de Irigoyen y Concha, como si el apellido de su marido fuera el suyo materno, y a partir de 1811 como Petrona Irigoyen de Concha.[51] O el de doña María del Rosario Cabral, mujer de don José María Maldonado, que el 5 de agosto de 1832 firmó “María del Rosario Cabral Maldonado”, a semejanza del primer ejemplo del caso anterior.[52]
La modalidad de añadir al propio apellido el del marido, precedido de la preposición de, comenzó a cobrar fuerza recién en la segunda mitad del siglo XIX, por lo que aplicarla a quienes vivieron antes de esa época constituye un anacronismo. Tales los casos de Remedios de Escalada, mujer del general José de San Martín, o Paula Albarracín, madre de Domingo Faustino Sarmiento, devenidas hoy Remedios de Escalada de San Martín y Paula Albarracín de Sarmiento, cuando jamás firmaron ni fueron llamadas de esa manera durante su vida.
Por otra parte, el uso incorrecto de la preposición en los apellidos toponímicos suele llevar en estos casos a una absurda duplicación. Mediante dicho procedimiento, la del primer ejemplo anterior pasaría a ser Remedios de Escalada de de San Martín, duplicando la preposición, lo que a todas luces constituye un grueso error y una cacofonía.
Claro está que cada cual es dueño de usar su apellido como mejor le plazca, por lo que si desea apartarse de las reglas de la gramática, le asiste todo el derecho a hacerlo, y no seré yo quien pretenda impedírselo. Simplemente me permito señalar cuál es la forma correcta.
10. El tratamiento de don y doña
Don es abreviatura de la voz latina dominus, que significa señor, tratamiento que originariamente estaba reservado sólo a Dios, el Señor por antonomasia. Con el tiempo pasó a utilizarse para designar a los santos, como que en vascuence conserva aún ese significado (Donostia=San Sebastián), como así también en italiano (don Bosco, don Orione). Posteriormente se hizo extensivo a los papas, a los reyes y a sus parientes cercanos, luego a los obispos y prelados, y por último a la alta nobleza, que lo convertiría en hereditario.
Sorprende sin embargo la ausencia de normas positivas que regularan su adquisición y su uso, por lo que el estudio debe reconstruirse a partir de la observación de hábitos y costumbres, que han ido variando a lo largo del tiempo.[53] En muy contados casos su uso fue otorgado como merced real, tal la que recibió el 9 de noviembre de 1475 Catalina Rodríguez, mujer de Fernando de Aranda, para que en adelante ella y sus descendientes pudiesen llevar dicho tratamiento.[54] O las que el emperador don Carlos V concedió a Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Francisco Pizarro y Diego de Almagro por sus méritos en la conquista de América, cuando su uso era aún muy restringido, incluso entre los hidalgos.
James Lockhart, que lo ha estudiado en el Perú del siglo XVI, lo asimila a un título nobiliario, llegando a afirmar que constituía allí “el mejor indicio de nobleza verdaderamente elevada”.[55] Luis Lira Montt, por su parte, alude a pleitos sustanciados en Chile en los que las partes litigantes se valieron del hecho de ser distinguidos con el tratamiento de don, tanto de palabra como por escrito, como forma de acreditar su reputaciòn pública de nobles, de lo que deduce que constituía un acto positivo de hidalguía o cuanto menos un firme indicio nobiliario.[56]
Para apreciar su carácter excepcional, baste señalar que del centenar de hombres que acompañó a don Jerónimo Luis de Cabrera a la fundación de Córdoba en 1573, tan sólo tres eran acreedores a esta prerrogativa: el propio Fundador, don Lorenzo Suárez de Figueroa y don Baltasar Maldonado. A ellos se sumó después Alonso Gómez de la Cámara, quien luego de un viaje a España realizado entre 1580 y 1583, regresó siendo don Alonso de la Cámara, sin que hasta ahora haya sido posible descubrir la causa de tal mudanza.
Entre los fundadores de ciudades argentinas de esa centuria, sólo tres precedían su nombre con la preciada partícula. Eran ellos don Luis Jufré de Loaysa, fundador de San Luis, el ya nombrado don Jerónimo Luis de Cabrera y el fundador de Jujuy, don Francisco de Argañarás y Murguía, éste último con la salvedad que enseguida expondré. No gozaban de dicho tratamiento y usaban por tanto su nombre llano, Juan Pérez de Zurita (Londres), Juan Núñez de Prado (Barco-Santiago del Estero), Diego de Villarroel (San Miguel de Tucumán), Juan de Garay (Santa Fe y Buenos Aires), Juan de Torres de Vera y Aragón (Corrientes), Juan Ramírez de Velasco (La Rioja), Pedro del Castillo (Mendoza) y Juan Jufré de Loaysa (San Juan), a pesar de ser todos hidalgos. Sí lo usaron los hijos de algunos de ellos, como don Juan Alonso de Vera y Zárate, don Pedro Ramírez de Velasco, don Luis Jufré de Loaysa y don Juan de Garay el mozo.
Este “endonamiento” –si se me permite el neologismo– de hijos de fundadores, se vincula con la existencia, ya en el siglo XVII, de idéntico proceso por parte de personas que accedían a cargos de relevancia, o que recibían distinciones significativas, como los hábitos de las órdenes militares. Por citar sólo un caso, mencionaré el del maestre de campo Santiago Fernández de la Concha, regidor perpetuo de la Córdoba indiana, quien luego de ser nombrado por su Majestad en 1695 caballero de la Orden de Santiago, pasó a llamarse don Santiago Fernández de la Concha.[57]
El de Argañarás es un caso curioso, que constituye una rara excepción a la rigurosa escrupulosidad con que se respetaba entonces el trato en cuestión. En su ejecutoria de nobleza, realizada en Tolosa en 1581, se lo nombra precedido de dicho tratamiento.[58] Sin embargo, en un protocolo notarial fechado en la misma ciudad el 7 de octubre de ese año, se le omite, y sólo aparece mencionado con su nombre llano –Francisco de Argañarás– y así firma.[59] Cinco años más tarde, ya en estas tierras, al incluirlo el gobernador Juan Ramírez de Velasco en carta al rey entre los “caballeros conocidos” que trajo consigo, le vuelve a llamar don. De allí en adelante su nombre será ineludiblemente precedido de dicha partícula y no la omitirá jamás en su rúbrica.[60]
Con la excepción de este caso inusual y quizás de algún otro, su observancia era tan severa que resulta prácticamente imposible encontrar un documento de esa época en que se le atribuya a alguien que carecía de ella o se le omita a quien la recibía. Estos últimos la ponían incluso en sus firmas, como un complemento invariable del nombre, lo que acredita el alto concepto en que se la tenía. Esta costumbre desapareció a comienzos del siglo XVIII, con algunas pocas excepciones, como lo prueba el caso del cordobés don José Moyano Oscáriz, que firmó así hasta su muerte, ocurrida en 1778.
El pase a Indias dio lugar a que algunas personas que carecían en la Península de dicho tratamiento comenzaran a recibirlo aquí. Menciono como ejemplo el de Manuel Gutiérrez de Toranzo, como era llamado en su Segovia natal en la primera mitad del siglo XVII, que pasó a ser don Manuel Gutiérrez de Toranzo en estas tierras, y que en su testamento llama doña a su madre, que era nombrada en aquella ciudad con su nombre llano.[61]
Cabe consignar que también gozaban del derecho de anteponer a su nombre el preciado tratamiento de don los curacas, caciques e indios principales, como lo prueba el caso de los ya nombrados don Francisco Calcanchica, don Baltasar Fanchafue, don Francisco Callajui, don Martín Salaya y cientos más. Sin embargo, en estos casos constituía un privilegio anexo al cargo y por lo tanto no era trasmisible a los hijos, salvo que recayera en ellos el cacicazgo.
Y esto era así por cuanto las leyes de Indias les reconocían la condición de hijosdalgo, es decir, nobles de sangre, con todas las prerrogativas que ello llevaba implícito, a las que se añadía la prerrogativa de marras, de la que carecían la mayor parte de los hidalgos españoles. Carlos II dejó expresamente establecida tal condición en una real cédula del 26 de marzo de 1697, al disponer que
han de recibir todas las preminencias y honores, así en lo eclesiástico como en lo secular, que se acostumbra a conferir a los nobles hijosdalgo en Castilla, y pueden participar de cualesquiera comunidades que por estatuto piden nobleza, pues es constante que ellos en su gentilidad eran nobles[62]
El celo en el uso de la codiciada partícula suscitó algunos pleitos, como el que iniciaron en 1775 ante la Real Chancillería de Valladolid, don José Valladolid y su consorte, contra Juan Antonio Matute, vecinos todos de la villa de Alesanco, en La Rioja peninsular, por habérsela omitido.[63] O el promovido en 1760 en Ciudad Real por don Agustín de Madrid, familiar del Santo Oficio, contra el teniente de corregidor José Velarde, por el trato ofensivo que recibió de él, a quien acusaba de haberle retirado el tratamiento de don e intentar prenderle.[64]
A partir del siglo XVIII la estrictez en el uso del citado tratamiento fue cediendo hasta extenderse, en la segunda mitad de dicha centuria, a todos los que pertenecían a la clase principal y más tarde a todos los blancos de buen nivel social. De allí que en orden a su observancia en trabajos históricos y particularmente genealógicos, la exigencia se atenúa en esta época respecto a la severidad con que debe tratarse en las precedentes.
A esa generalización contribuyó una Real Cédula expedida por Carlos IV el 10 de febrero de 1795, conocida como de “gracias al sacar”, que regulaba la concesión, mediante el pago de un arancel, de dispensas y privilegios vinculados con la condición social del peticionante. Una de dichas gracias consistía en la autorización para preceder el nombre con el “distintivo de don”, tasada en 1.000 reales de vellón[65], precio que el 3 de agosto de 1801 otra Real Cédula suscrita por el mismo monarca elevó a 1.400 reales de vellón.[66]
Esa facultad del soberano fue asumida en América por los gobiernos nacidos luego de la emancipación. Una prueba de ello es el decreto del gobierno chileno del 28 de marzo de 1814, que disponía conceder a la división Infantes de la Patria “el distintivo de don con que toda su oficialidad debe caracterizarse, al igual que los demás oficiales del Ejército”, por ser “notorios los buenos servicios” prestados a la guerra de la Independencia. Fue publicado en El Monitor Araucano el viernes 1° de abril de dicho año.[67]
Si bien las medidas aludidas trajeron aparejada una generalización en el uso del tratamiento de marras, su propia existencia revela el alto nivel de consideración de que gozaba, al punto de motivar a quienes carecían de él a pagar para obtenerlo. Hasta muy avanzado el siglo XIX, su omisión en un documento público entrañaba un claro signo de menosprecio social y podía dar lugar a situaciones enojosas.
En España y en muchos países de habla hispana el don sigue constituyendo una señal de respeto, pero en la Argentina no sólo ha perdido totalmente esa connotación, sino que por el contrario, en determinados casos suele tener implicancias despectivas, sobre todo cuando se omite el nombre de pila y se lo usa precediendo al apellido.
En el caso de las mujeres, el tratamiento de doña fue menos riguroso, unificándose entre las principales más precozmente que entre los varones, pero sin perder su carácter distintivo. James Lockhart sostiene que en el Perú de la primera mitad del siglo XVI, “si la madre y hermanas de un hombre eran llamadas doñas, hay casi la certeza de que era un hidalgo de buena cuna”.[68]
Contribuye a probar el acierto de dicha afirmación el caso del capitán Blas de Peralta, uno de los cofundadores de Córdoba, quien al redactar un codicilo testamentario el 18 de mayo de 1592, poco antes de morir, consigna que “en la cabeza de mi testamento declaré que mi madre se llamaba Úrsula de Artiaga. Digo que la dicha mi madre se llamaba doña Úrsula de Peralta y del dicho nombre asimismo doña Úrsula de Artiaga, que por estos dos nombres se llama”.[69]
Hubo también entre ellas casos de curiosos endonamientos. Carlos Luque Colombres refiere el de Catalina de Herrera, viuda de Diego Fajardo de Montoya, respecto a la cual el escribano Juan Díaz de Ocaña, al redactar su testamento en 1602, aclara que “hasta agora, de pocos días a esta parte, se la ha llamado doña Catalina de Herrera”.[70]
Permítaseme recordar finalmente que los casos de endonamiento en Indias respondían al criterio que aquí prevaleció, de permitir el acceso al estamento noble por méritos obtenidos en la conquista, lo que fue expresamente reconocido por la Corona, como lo prueba el hecho ya mencionado de haberle sido concedido a Colón, Cortés, Pizarro y Almagro. Y que por tal razón, el hecho de descender de un conquistador –que fue entre los españoles americanos el más preciado galardón nobiliario prácticamente durante todo el período hispánico–, habilitaba, en la mayor parte de los casos, el acceso a su uso.[71]
En América hubo, en los primeros tiempos del dominio español, un retorno a condiciones imperantes en la Península durante los siglos de la reconquista. Ello incluía la posibilidad de obtener hidalguía y acceder así al estamento nobiliario a través de servicios prestados a la Corona, principalmente mediante hechos de armas. Dicha nobleza personal, de mayor consideración que la heredada, había sido reconocida ya por don Alfonso X –llamado con justicia El Sabio–, quien dejó establecido en la ley II, título IX, partida VI, que

nobles son llamados en dos maneras, o por linaje o por bondat: et como quier que el linaje es noble cosa, la bondat pasa et vence, más quien las ha amas a dos, este puede ser dicho en verdad ricohome, pues que es rico por linaje et home complido por bondat.
Semejante a lo que casi cuatro siglos más tarde el inmortal Cervantes pondría en boca del Quijote al instruir a Sancho:
Mira, Sancho, si tomas por medio a la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que padres y agüelos tienen príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.
En concordancia con estas frases que destacan la prevalencia de las acciones personales por sobre las de los antepasados –principio republicano al que adhiere quien esto escribe–, conviene recordar que si bien el tratamiento de don acreditaba la condición de hidalgo, no garantizaba méritos, virtudes ni aptitudes personales en quien lo llevaba, como afirman aquellos octosílabos de autor anónimo, que fueran tan populares en tiempos pasados[72]:
                                             Es el don de aquel hidalgo
                                             como el don del algodón,
                                             que no puede tener don
                                             si primero no tiene algo.
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[1] Apellido proviene del verbo apellidar y éste a su vez del latín apellitare que significa, llamar, nombrar o proclamar. Don Joaquín Escriche, en la “novísima” edición de su Diccionario Razonado de Legislación y Jurisprudencia, (París-México 1885), lo define como “la seña que se daba antiguamente a los soldados para aprestarse a tomar las armas, y con especialidad el llamamiento que se hacían los habitantes de algún país por voces o toques de campanas, trompas, bocinas o tambores, o bien por señales que pudieran verse de lejos, para juntarse y defender sus personas y haciendas cuando se veían amenazados de daño o fuerza en tiempos de parcialidades o anarquía” (At. Dr. Jorge A. Maldonado).
[2] La evolución adoptó modalidades diferentes en las distintas regiones de la Península, que no es del caso consignar aquí. Para su conocimiento recomiendo la obra de Jaime de Salazar y Acha Manual de Genealogía española ( Madrid 2006), en el capítulo XI, titulado El apellido como nombre de familia.
[3] Ésta es la teoría generalmente aceptada, aunque Ramón Menéndez Pidal aclara que otros buscan su origen en la lengua ibérica y aún en la vasca, por cuanto aquella no explica la variedad de vocales que preceden a la zeta (cfr. MENÉNDEZ PIDAL, Ramón, “El estado latente en la vida tradiciconal”, en Revista de Occidente, Año I, 2ª época, N° 2, Madrid, mayo de 1963, págs. 132 y 133).
[4] Cfr. SPANGENBERG, Ernesto A.,“Genealogía de don Regis Martínez, constituyente de 1853“, en revista Genealogía N° 30, Buenos Aires 1999, pág. 581.
[5] Recuérdese que el genitivo equivale en latín a un complemento nominal o determinativo, que indica la existencia entre dos términos de una relación de propiedad, origen o pertenencia, lo que en español requiere sí el uso de la preposición de. Esto confirma a mi ver la hipotésis del origen latino de los apellidos patronímicos.
[6] Cuando me refiero a Córdoba sin aclarar, estoy aludiendo a la Córdoba argentina.
[7] http://www.geocities.com/ospitaletche/apellido.htm
[8] Cfr. SARMIENTO, Domingo Faustino, Recuerdos de provincia, Buenos Aires 1938, pág. 82. El mítico fundador de la Albarracín turolense fue en realidad un moro llamado Ban Hudheil Ben Razin, que fue señor de allí a fines del siglo X.
[9] No confundir con el topónimo Gallegos, procedente de cualquiera de las numerosas poblaciones de ese nombre existentes en España. En tales caso, el plural y la preposición de permiten diferenciarlos.
[10] Salazar y Acha dice que los apellidos procedentes de apodos eran llamados antiguamente alcuñas (cfr. SALAZAR Y ACHA, Jaimee de, op., cit., pág. 279). El Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española incluye el vocablo alcuño, como voz desusada, con el significado de sobrenombre o apodo.
[11] En rigor, la Real Academia define el verbo transliterar como la acción de representar los signos de un sistema de escritura mediante los signos de otro, pero los filólogos lo hacen extensivo a la adaptación fonética de una palabra de su lengua original, a otra que usa idéntico alfabeto. En el caso de nuestra lengua el fenómeno suele denominarse castellanización.
[12] Blumen (como también aparece el apellido del citado conquistador) significa flores en lengua alemana. Blumenthal es una ciudad alemana del estadode Schleswig-Holstein, ditrito de Rendsburg-Eckernförde.
[13] Cfr. FERREIRA SOAJE, José Vicente, “Los Reinafee (Kennefick)”, en Boletín del Centro de Estudios Genealógicos de Córdoba N° 6, Córdoba, Argentina 1974, pág. 4.
[14] Cfr. SALAZAR Y ACHA, Jaime de, op. cit., págs. 283 y 284.
[15] El caso de los Cabrera parece responder a la misma costumbre de los Mendoza que ejemplifica Salazar y Acha, como vimos más arriba.
[16] Cfr. ORMAETXEA, Xabier, “El Concilio de Trento y los apellidos”, en Revista Antzinako N° 1, junio de 2006 (no se indica lugar).
[17] El mayorazgo consistía en la vinculación de determinados bienes a un conjunto indivisible que se trasmitía en forma sucesiva a manos de un solo heredero –habitualmente el primogénito–, al que frecuentemente se le imponía el uso del apellido del fundador o de otro que éste elegía. La palabra mayorazgo servía también para designar al titular del vínculo.
[18] El apotegma es válido en orden a los estudios de Genealogía, lo que no excluye que otras ciencias como la Sociología o la Demografía puedan valerse de métodos como la isonimia (identidad de apellidos), para establecer, por ejemplo, coeficientes promedios de consanguinidad (cfr. v.g. Colantonio, Sonia y Marcellino, Alberto, Apellidos y endogamia de clases etnosociales en el curato de Pocho 1810-1840, Córdoba 1996). La precisión que exigen los estudios genealógicos y el carácter particular de cada uno de los datos de que se vale, no se compadecen con las estimaciones generales de las estadísticas.
[19] Cfr. GÓMEZ-MENOR, José, Cristianos nuevos y mercaderes de Toledo, Toledo 1970, pág. XXXI.
[20] Archivo General de Indias, estante 74, caja 6, leg. 10, apud BUSTOS ARGAÑARÁS, Prudencio, “Crónica de Singuil y sus propietarios”, en Revista N° 12 de la Junta Provincial de Historia de Córdoba, Córdoba 1987, pág. 180.
[21] Archivo Histórico de la Provincia de Córdoba (en adelante A.H.P.C.), sección Protocolos, Reg. N° 2, 1874, tomo 1, f. 337, apud BUSTOS ARGAÑARÁS, Prudencio, La estancia del Rosario de Cosquín - Orígenes de Santa María de Punilla, Córdoba 1996, pág. 11.
[22] Cfr. CABRERA, Pablo, “Datos sobre Etnografía diaguita”, en Misceláneas, tomo I, Córdoba 1930, pág. 226.
[23] Cfr. CABRERA, Pablo, “Tiempos y campos heroicos”, en Tesoros del pasado argentino, Córdoba 1927, págs. 71 y 72.
[24] Cfr. SIERRA, Vicente D., Historia Argentina, tomo III, Buenos Aires 1967, págs. 203 y 204.
[25] Cfr. MICHIELI, Catalina Teresa, “Apellidos indígenas en la época hispánica”, en Anuario 2004-2007 del Centro de Genealogía y Heráldica de San Juan, San Juan 2008, pág. 15 et passim.
[26] A.H.P.C., sección Judicial, Escribanía N° 1, leg. 270, expte. 7.
[27] La familia Tulián se considera a sí misma como de origen comechingón, pero como queda dicho, el apellido aparece en 1778 en la reducción de indios pampas.
[28] A.H.P.C., sección Gobierno, Caja N° 18. Se trata del actual municipio de Reducción, fundado en 1751 en tierras donadas por don Jerónimo Luis de Cabrera III a los indios pampas, que perseguidos cruelmente por los ranqueles, pidieron socorro al obispo Argandoña. Se levantó sobre las ruinas de la antigua misión de El Espinillo, creada en 1691.
[29] Ibíd., sección Judicial, Escribanía N° 1, leg. 359, expte. 15, f. 2.
[30] Ibíd., sección Protocolos, Reg. N° 2, 1874, tomo 1, f. 337.
[31] No he visto ni oído este nombre atribuido a otra parcialidad indígena en nuestro país. Existe un pueblo llamado Calquis en el Perú, en el departamento de Cajamarca, y un cerro en Chile, pero sospecho que en el caso de marras se trata de una abreviatura de calchaquí, procedencia demostrada de los indios que dieron origen al Pueblito de la Toma, un grupo de diez familias de quilmes y malfines instalado allí en 1665, al finalizar la tercera y última guerra de Calchaquí.
[32] Deiqui se convirtió en Anquín, que usan hoy sus descendientes precedido de la preposición de, como si se tratara de un apellido toponímico. A dicha familia pertenecieron ilustres personajes de Córdoba, como el filósofo Nimio de Anquín y el traumatólogo Carlos de Anquín.
[33] A.H.P.C., sección Protocolos, Reg. N° 1, 1786, f. 102.
[34] Cfr. MICHIELI, Catalina Teresa, op. cit.
[35] Archivo Histórico de Catamarca, Secc. Judicial, caja 1, expte. 32.
[36] Cfr. SIERRA, Vicente D., op. cit., tomo III, Buenos Aires 1967, págs. 229 y 241.
[37] Cfr. D´ANDREA, Ulises y NORES, Beatriz, “Una característica cordobesa: Los apelativos familiares ¿Origen emblemático-totémico familiar?” (trabajo presentado a las Segundas Jornadas sobre Córdoba y su Población, realizadas en la ciudad de Córdoba en mayo de 1995).
[38] Todos estos nombres están citados en el testamento de doña Ana María de Guzmán, viuda del capitán Juan de Tejeda Mirabal, fechado en Córdoba el 18 de junio de 1633 (A.H.P.C., sección Protocolos, Reg. N° 1, 1633/34, f. 57). Tutu es seguramente palabra de origen africano, que nos recuerda al actual arzobispo emérito de Ciudad del Cabo, el reverendo Desmond Mpilo Tutu. Moncholo es llamado en Córdoba el bagre de río (Pimelodus albicans) y es también un apodo frecuente entre nosotros. Cala es el nombre de una localidad mallorquí y Zuqui existe hoy como apellido.
[39] A.H.P.C., sección Crimen, leg. 1, expte. 15, apud BUSTOS ARGAÑARÁS, Prudencio, Hasta que la muerte nos separe, Córdoba 2006, págs. 28 y 42. Si bien Alegría es en España un apellido toponimico procedente de la villa de Alegría de Álava (en eúskera Dulantzi) o bien de Alegría de Oria, en Guipúzcoa (Alegia en eúskera), considero poco probable que en este caso cumpliera tales funciones. Descartado que el esclavo fuera de origen vascuence, sólo sería posible que hubiese tomado –avant la letre– el apellido de un amo anterior, lo que también resulta dudoso, ya que no parece haber habido otra persona que lo llevara en Córdoba por aquellos años. Solamente he encontrado a un Juan López de Alegría, testigo en un protocolo notarial del año 1602, cuyo nombre no vuelve a aparecer.
[40] Ibíd., sección Protocolos, Reg. N° 1, 1744, f. 197.
[41] Ibíd., ibíd., ibíd., ibíd., f. 199.
[42] Don Joaquín Escriche, en su ya mencionado Diccionario Razonado de Legislación y Jurisprudencia, abona este error, al sostener que el uso de la preposición “significa que las personas que tienen apellidos de esta clase descienden de casa solariega, esto es, de casa antigua y noble o de familia que posee o poseía algún señorío, suponiendo que antes del de o del se sobrentiende la palabra señor”. Pero él mismo se contradice al afirmar poco después que muchos de los que la adoptaron tomaron sus apellidos de los lugares o pueblos “donde nacieron o habitaron”.
[43] Cfr. DIOUDONNAT, Pierre-Marie, Le Simili-Nobiliaire Français, París 2010.
[44] El Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española define a la preposición como una palabra invariable que introduce elementos nominales u oraciones subordinadas sustantivas haciéndolos depender de alguna palabra anterior. De ello se desprende que la omisión de dicha palabra anterior –en el caso en cuestión el nombre de pila u otro apellido– hace innecesario, y por tanto incorrecto, el uso de la preposición. Agustina Boldrini amplía esta explicación cuando dice que la preposición de pertenece al grupo de las “semiplenas”, “que se comportan como marcas de enlace que necesitan de un contexto para adquirir un significado concreto” (cfr. “Una lengua prepositiva”, en diario La Voz del Interior, Córdoba 27 de agosto de 2013).
[45] Esta costumbre de pluralizar los apellidos se mantuvo entre nosotros hasta comienzos del siglo XX. En lengua inglesa se mantiene.
[46] Cfr. TORRE, Luis Guillermo de, “La preposición de en los apellidos”, en revista Genealogía N° 26, Bs. As., 1993, pág. 345.
[47] Archivo Municipal de Córdoba, sección Actas Capitulares, libro XXVIII, f. 91.
[48] A.H.P.C., sección Judicial, Escribanía N° 2, leg. 36, expte. 14, f. 6.
[49] Ibíd., ibíd., Escribanía N° 1, leg. 445, expte. 2, f. 20.
[50] Ibíd., sección Criminal de la Capital, leg. 138, expte. 1.
[51] Cfr. CABRERA, Pablo, Ulterioridades del drama de Cruz Alta, Córdoba 1930, págs. 30 a 48.
[52] Archivo de la Catedral de Río Cuarto, Exptes. matrim. 1831-1832, N° 30.
[53] Roberto Funes Funes dice que para frenar el abuso de la apropiación indebida del tratamiento de don y doña en Cuba y el resto del Nuevo Mundo, se dictó una ley de fecha 3 de enero de 1611 que disponía que sólo podrían usarlo los obispos, los condes, las mujeres e hijas de hidalgos y los hijos de personas tituladas. Sorprende esta afirmación, entre otras cosas, por la exclusión del privilegio a otros títulos nobiliarios de mayor jerarquía, como marqueses y duques. Añade luego el citado autor que el 3 de julio de 1664 la Corona tarifó el uso del don, gravándolo con “doscientos reales y siendo por dos vidas cuatrocientos y siendo perpetuos, seiscientos”. Lamentablemente, no menciona ninguna fuente que permita corroborar tales datos (Cfr. FUNES FUNES, Roberto, “El precio monetario de la dignidad”, en Radio Cadena Agramonte, Camagüey, Cuba, 5 de agosto de 2003, apud http//www.cadenagramonte.cubaweb.cu/curiosidades/precio_de_dignidad.asp). También alude a dichas leyes un autor tan serio como Ricardo de Lafuente Machain, pero tampoco menciona fuente alguna, por lo que me permito expresar mis dudas acerca de la verosimilitud de esta versión (cfr. LAFUENTE MACHAIN, Ricardo, Los Machain, Buenos Aires 1926, págs. 19 y 20).
[54] Archivo General de Simancas, RGS, 147511, 69.
[55] Cfr. LOCKHART, James, El Mundo Hispanoperuano 1532-1560, México s/fecha, pág. 49.
[56] Cfr. LIRA MONTT, Luis, “La prueba de la hidalguía en el Derecho Indiano”, en revista Hidalguía, Madrid, 1977, pág. 19.
[57] Cfr. LUQUE COLOMBRES, Carlos y BUSTOS ARGAÑARÁS, Prudencio, “Sánchez Hidalgo”, en Boletín del Centro de Estudios Genealógicos de Córdoba N° 17, Córdoba, Argentina 1985, pág. 14.
[58] Cfr. BUSTOS ARGAÑARÁS, Prudencio, “Aportes para una biogenealogía de don Francisco de Argañarás”, en Revista N° 2 del Centro de Investigaciones Genealógicas de Salta, Salta 2002. Obra en mi poder la fotocopia de un traslado de dicha ejecutoria de nobleza fechado en San Salvador de Jujuy el 5 de abril de 1625, que se encuentra en el archivo del palacio de Murguía. Lo debo a la generosidad de don Francisco Borja de Aguinagalde.
[59] Archivo General de Guipúzcoa, España, sección Protocolos de Tolosa, año 1581, leg. 59, fs. 143 y 144.
[60] Cfr. CÁRCANO, Ramón J., Primeras luchas entre la iglesia y el estado en la Gobernación de Tucumán, siglo XVI, Buenos Aires 1929, pág. 289.
[61] Cfr. BUSTOS ARGAÑARÁS, Prudencio, “Gutiérrez de Toranzo”, en Boletín del Centro de Estudios Genealógicos y Heráldicos de Córdoba N° 39, Córdoba, Argentina 2012.
[62] Cfr. SALAZAR  Y ACHA, Jaime de, op. cit., págs. 179 a 181.
[63] Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Pleitos civiles, Alonso Rodríguez (F), Caja 2.426, 5.
[64] Archivo Histórico Nacional de España, sección Inquisición, 2102, exp. 23.
[65] El real de vellón es una moneda de aleación de plata y cobre aparecida a fines del siglo XVII, cuyo valor no fue constante, variando de una duodécima a una vigésima parte de un real de plata.
[66] Cfr. SIEGRIST, Nora, “La Real Cédula de gracias al sacar de 1795 y 1801 en la legislación española”, en Boletín del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas N° 266, Buenos Aires 2011, pág. 3 et passim.
[67] Cfr. El Monitor Araucano, tomo II, N° 31 (información proporcionada por María del Carmen Ferreyra de Sánchez).
[68] Cfr. LOCKHART, James, op. cit., pág. 50.
[69] A.H.P.C., sección Judicial, Escribanía N° 1, leg. 4, expte. 3, f. 69vo. apud LUQUE COLOMBRES, Carlos, “Gaspar de Medina, conquistador y genearca”, en Para la Historia de Córdoba, tomo II, Córdoba 1973, pág. 20.
[70] Ibíd., ibíd., pág. 22.
[71] Cfr. BUSTOS ARGAÑARÁS, Prudencio, “El patriciado de Córdoba. Contribución al estudio de su génesis”, en Boletín del Centro de Estudios Genealógicos de Córdoba N° 27, Córdoba, Argentina 1998, pág. 18 et passim.
[72] El mérito de su difusión corresponde a Cecilia Böhl de Faber y Larrea, más conocida por su seudónimo: Fernán Caballero, bajo el cual los reprodujo en al menos dos de sus libros: Cuentos y poesías populares andaluces (Leipzig 1861, pág. 256) y Lágrimas (Madrid 1862, pág. 74).

Fuente: adecirverdad

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