viernes, 15 de julio de 2016

El Gral. Manuel Eduardo Arias

Extracto del libro Calles de mi Ciudad de Felix Infante

El coronel, don Manuel Eduardo Arias, nació en el pueblo de Humahuaca. Su padre, don Francisco Arias Rengel, era nieto de guerreros y conquistador del Gran Chaco. Su madre, una mujer de pueblo, apodada la Coya. Esto es todo lo que sabemos por los datos biográficos que sobre él nos da el historiador salteño, don Bernardo Frías, en su obra tan importante que tituló “Historia de Güemes y de la provincia de Salta”.

Ya joven, recorría los abruptos senderos, entre valles y cerros, por San Andrés ―su hacienda en el Valle― y su casa humahuaqueña. En este continuo marchar a caballo, Arias se hizo un gaucho de todas veras, un insigne jinete, cuya simpatía sobresalía sobre los habitantes de tan vasta región.
Incorporado a las fuerzas combativas, pronto fue tomando el ascendiente militar que lo llevaría al lugar de privilegio que su inteligencia, arrojo y capacidad le depararían en las filas del ejército y, de manera preferente, en la guerra de recursos, llevada a cabo con tanta genialidad por Güemes. Él fue su Jefe de Vanguardia, su lanza de choque.

Infinidad de entreveros y combates lo hacen célebre en este tremendo año de 1817, cuando el más poderoso ejército español invade, trayendo a su frente nada menos que al general La Serna, vencedor de Napoleón en España. Pero los hombres, como la tierra toda, supieron encontrar en su aparente debilidad y flaqueza militar, la indómita fuerza indispensable para arrojar al invasor. Por ello fueron más de cien los combates. Y Arias obtiene, un primero de marzo en Humahuaca, el más puro laurel de su cadena de triunfos. Huacalera, Tilcara, Maimara, Hornillos; son otros donde la sangre de un puñado de héroes se derrama sin alardes.

En la guerra de recursos, tal vez tan importante como la otra, campea como un habilísimo estratega, que sorprende y quita cuanta vitualla pretende llevar para sí el invasor. Son miles y miles de cabezas de ganado ―ovejas, cabras, vacas, llamas y hasta burros― los que con singular pericia logra arrebatar al enemigo, dejándolo sin lo necesario para llevar adelante sus planes de invasión y predispuestos a las peores contingencias por falta de raciones de boca.

Arias es un jujeño leal a su terruño. En esto no ha de transigir jamás. Por ello en años venideros, estarán en conflictos con Güemes, como lo estuvieron jujeños ilustres, como Dávila, Soria, Iriarte, Portal, Sánchez de Bustamante, Mena y otros. Más tarde la lucha sería contra el general Gorriti, gobernador de Salta, y por iguales principios autonómicos que los sindicarían como un rebelde y hasta ―algunos salteños lo afirman― traidor. ¿Traidor un hombre que luchó denodadamente por la libertad de su patria y que le dio, entre otros triunfos importantes, nada menos que el de la batalla de Humahuaca? Todo se debe a una cuestión político-militar.

La clase “pensante” de Salta, Tarija y Jujuy, como la de Tucumán, veían en el general Güemes a un caudillo que arremetía ―es claro que por razones de la propia guerra― contra sus intereses de dueños de fincas que no les permitían trabajarlas por carencia de la mano de obra, ya que los arrenderos y la peonada era seguidora incondicional de Güemes, ya que éste les había asegurado, mediante decreto compulsivo, la propiedad de las tierras que trabajaban, no interesaba quién fuera el dueño real de las mismas. Los hombres de la llamada sociedad se sintieron tremendamente afectados. Además, y a cada rato, se les exigía “contribuciones forzosas” en dinero y que venía a hacer más odioso el gobierno de Güemes que, según ellos, no paraba en medios para perjudicarlos y hasta sumirlos en la ruina. Contra él, una conspiración tomó cuerpo. Estaban en ella figuras trascendentes de la sociedad salteña y jujeña. Y hasta las pasiones llegaron a tal punto que se trató de asesinar al Caudillo. Como mano ejecutora se lo compró a uno de los más allegados a Güemes y que contaba con toda su confianza, al extremo de que entraba y salía libremente por su casa. Se lo conocía por el apodo de “Panana”. Entre los comprometidos en Jujuy estaban, nada menos, que Arias y don Pablo Soria. El proyecto “abortó” justo en el instante de su ejecución, por la presencia imperturbable de Güemes. Llevado a presidio Panana, se lo hizo “cantar”. Así se pudo saber quiénes estaban más comprometidos o eran los dirigentes en la revolución. Los nombres de Arias y Soria eran los más comprometidos. Y se los sentenció a la última pena. Pero Güemes, en atención a los grandes servicios que ambos habían prestado a la patria, se mostró humanitario y conmutó las penas. Destierro al Tucumán, al primero. Una gran multa y destierro a las fronteras del Chaco, al segundo.

El gobernador tucumano, adversario político y personal de Güemes, lo recibió al coronel Arias con todos los honores del caso y, conociendo sus grandes dotes militares, le dio el comando de las tropas que, precisamente en esos momentos, iniciaban la guerra declarada entre Tucumán y Salta. Y allí se demostró la capacidad militar de Arias que venció a Güemes en los encuentros de Trancas, Acequiones y Rincón de Marlopa. Éstos deben ser, seguramente, los motivos para calificar de traidor al coronel Arias. A mi juicio, y luego de estudiar, exhaustivamente, la documentación existente en archivos y obras consultadas, no hay otra.

Vuelto a su tierra jujeña, luego de la muerte de Güemes y no habiendo ya causas para su confinamiento en las fronteras tucumanas, Arias ―amigo y compañero de don Agustín Dávila en la Guerra Grande y en la actualidad en la gobernación jujeña dependiente de Salta, desde fines del siglo anterior―, se ve envuelto en un nuevo conflicto por las arbitrariedades reiteradas del gobernador salteño, doctor y general, don José Ignacio de Gorriti, hermano del Canónigo, pero de tendencias absolutamente contrarias; marcha desde Humahuaca a Orán, con el propósito de reunir fuerzas y frente a ellas, agregando tropas puneñas y quebradeñas, invadir Salta, vencer a Gorriti y lograr la autonomía política de Jujuy. Con este designio ―y desoyendo consejos de su amigo y compadre el coronel Pastor, jefe de Humahuaca― marcha a caballo hacia el Zenta y por la quebrada de Calete. Es nomás cierto que la gente está “alzada” contra él, por cuestiones de arriendos que no quieren pagarle aleccionados por las promesas anteriores de pasar a ser dueños, desde los tiempo del general Güemes. Así llega a Cianzo, un pequeño villorrio en las alturas. No hay nadie. En el camino se encuentra con otro compadre, Velázquez, que lo pone al tanto de la situación en su contra. Arias no lo quiere cree, dado que toda la gente de esos lugares habían sido sus amigos y hasta combatido bajo su mando en tantísimos encuentros contra los españoles. El jefe de los amotinados es un tal Mariano Abán. Sin mayores problemas pasaron el inmenso cerro de Zenta y llegan a San Andrés al anochecer, alojándose en casa de Velázquez. Estaban saboreando unos mates, cuando desde el exterior, ya en plena oscuridad, llegan unos ruidos extraños. Es indudable que se trata de gente armada y que no son amigos. Las voces airadas así lo ponen en evidencia. Cierran puertas y ventanas con pesadas trancas y se aprestan a la lucha. No queda otro recurso. Pronto se oyen disparos de armas contra la casa. Y los gritos de Abán, pidiendo la rendición incondicional. Hay algunas armas para la defensa, y Arias y Velázquez las empuñan. Los de afuera han de ser muchos, calculan; mas no importa. La superioridad numérica, no los acoquina. Por el contrario, se sienten con el valor suficiente para demostrarles que no son unos cobardes y que no se entregarán. Hacen fuego por unas rendijas de la casa. Se escuchan algunos ayes, que demuestran que se ha dado en los cuerpos de los asaltantes. Pasan los minutos y también las horas. Entonces, Abán cambia de táctica. Es preciso obligarlos a salir. Para ello prende fuego al techo de la casa ―palos, cañas y torta de barro― que en un instante arde por los cuatro costados. Viendo que la cumbrera es una masa de fuego y que amenaza caer, no les queda otro recurso que abandonar lo que había sido su refugio. Abán, armado de un pesado garrote, espera tras la puerta, y en el instante que se abre para dar paso a los hombres, con todas sus fuerzas golpea la cabeza de Arias que, con el tremendo golpe, cae hacia atrás, junto a la cumbrera que se desprende y arde sobre su cuerpo toda la noche. Es el 16 de junio de 1822. Así concluyó la vida de esta gloria de Jujuy.

Manuel Eduardo Arias, en espíritu, seguirá como Jefe de Vanguardia, recorriendo altivo en su brioso 
caballo de pelea y a la cabeza de sus gauchos de San Andrés, Iruya y Humahuaca, los caminos polvorientos de la Quebrada, de la Puna y de los Valles. Allí lo verán pasar enhiesto, avizorando lejanías de libertad para su pueblo. Sable en mano, entre huaicos y laderas, entre montes y cañadas, entre el ruido fragoroso de cien cascos de batalla y entre el estrépito infernal del batir de guardamontes. Lo verán desde el Zenta majestuoso, dominando las abras a lo lejos, el cuerpo hecho roca también, firme en la defensa del solar nativo, eterno en el impulso de luchar. Y esa será, por siempre, la estatua colosal levantada a su memoria ¡!...

Fuente: Historia de Jujuy

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