viernes, 2 de diciembre de 2016

Leyenda quichua del Algarrobo



El algarrobo es un árbol muy común a lo largo de todo el territorio nacional. Habita en nuestra tierra desde que el mundo es mundo. Hoy les traemos este relato legendario de la cultura quichua que nos cuenta sobre sus bondades.

La leyenda del algarrobo

Durante el imperio incaico, los pueblos quichuas veneraban a Viracocha, máxima deidad del imperio, además veneraban a Inti, y a las estrellas y al trueno. A la Pachamama también brindaban sus honras y solicitaban su gracia para la abundancia en las cosecha , el éxito de alguna empresa, la caza favorable, la cura de enfermedades, y para cualquier otra cosa que les significara algún contratiempo.

En su honor se levantaron altares y tótems a la vera de casi todos los caminos del reino. Estos monolitos fueron bautizados con el nombre de apachetas y su estructura básica era un montículo de piedras. Los indígenas se paraban frente a ellos para rezarle a la Madre Tierra, o encomendarse a ella. La petición de protección no era gratuita, requería el pago de un tributo que generalmente consistía en hojas de coca, pero podía ser reemplazado por cualquier alimento valorado por la comunidad. Esta especie de pago aseguraba el cumplimiento la petición.

La tribu quichua nunca desatendía las tradiciones y obligaciones impuestas por sus dioses, ya que ellos creían que el normal desarrollo de sus vidas dependían de estas observancias. Hasta que un día la tierra dio frutos de manera extraordinaria. Abundaban el maíz y los vegetales por doquier, las cosechas eran copiosas y ante este brote de bendiciones los quichuas, que se caracterizaban por ser un pueblo trabajador, fue dejándose embriagar por el ocio y de a poco olvidó sus obligaciones con los dioses y el trabajo para rendirse al vicio, la holgazanería y la desfachatez. El alimento era desperdiciado porque no se lo valoraba al ser tan fácil de conseguir, se fabricaba tal cantidad de chicha que todo el pueblo bebía sin límites.

El pueblo ciego ante los placeres terrenales se entregó al disfrute, bebían durante días, comían en exceso, y las horas del día que no dormían se las pasaban bailando. Nadie pensaba que los víveres fuera a acabar alguna vez. Cuando llegó la época de la siembra, nadie se dio cuenta y siguieron de fiesta. Inti (el sol), al ver el comportamiento y la falta de agradecimiento del pueblo decidió castigarlos. Decidió que los castigaría cruelmente y potenció sus rayos para secar ríos y lagunas, lagos y vertientes. Falta de humedad la tierra se endureció y ya no daba nuevos frutos, pero como en las tiendas quedaban alimentos y en las vasijas quedaba chicha a nadie le importó.

Hasta que llegó el día en que todo cambió:

Pero un día el alimento empezó a diezmar y al tener que administrar cuidadosamente lo que quedaba el hambre, la pena, y la miseria aparecieron. La desesperación hizo que los quichuas volvieran rápido al campo, pero Inti no había terminado con ellos. La tierra seguía dura, no había como ararla, mucho menos como introducir semillas en ella. Los animales morían famélicos y lo que antes había sido un campo verde que abundaba en frutos y vegetales, hoy se encontraba convertido en un desierto inerte.

Los más pequeñitos cargaban injustamente con la falta de sus irresponsables padres y tenían hambre, estaban flacos y sucios. Los que estaban enfermos o ya no soportaban la falta de alimento y agua morían silenciosamente sin que nadie pudiera ayudarlos.

El sol golpeaba con rayos que parecían látigos que laceraban el cuerpo de los aborígenes. Pero un día se sintió un grito más desgarrado que todos los que se oían a diario. De una casa de piedras salió corriendo desesperada Urpila, una mujer que mortificada por la culpa corrió a la apacheta más cercana a implorarle a la Pachamama perdón por las faltas, por los agravios y a pedirle que por piedad salvara a sus hijos que estaban muriendo todos de hambre y sed. Depositó en el montículo como ofrenda unas pocas hojas de coca que pudo conseguir con mucho esfuerzo e imploró:

– Pachamama, Madre Tierra, Kusiyá…. Kusiyá

El llanto de la madre se mezcló con la desesperación de su corazón y prometió enmendar su mala conducta y sacrificar lo que hiciera falta para salvar la vida de sus hijos.  Ya sin fuerzas se sentó en el suelo y apoyó su cuerpo en un árbol seco. Estaban ya todas sus fuerzas agotadas, su debilidad no le dejó hacer más que entregarse al cansancio y dormir profundamente. Esta vez sus sueños fueron dichosos. La Madre Tierra viendo que su arrepentimiento era sincero se le apareció en sueños y le habló con bondad y de corazón:

– Ya no temas hija, la penitencia ha terminado pues en tu arrepentimiento veo los frutos de la medida. Ahora el pueblo deberá  volver a sus labores y quehaceres, preparar la tierra para que la vida renazca y la belleza y los frutos vuelvan a invadirla. Al despertar busca las vainas que ha de darte este árbol y dáselas de comer a tus hijos y a los hijos de otras madres, con ellas  saciarían su hambre.

Al despertar Urpila encontró que nada había de nuevo y su corazón volvió a cubrirse de tinieblas, pero instantáneamente recordó las palabra de la Pachamama y la advertencia sobre el árbol, se volteó, miró el extremo superior del tronco y de las ramas que parecían secas, vio colgadas doradas vainas que le daban una esperanza de vida para sus hijos y para toda la comunidad. Se puso de pie y recolectó todo los frutos disponibles hasta que entre sus brazos no hubo lugar para uno más. Se dirigió hasta el pueblo a toda prisa, al llegar, informó al resto de la milagrosa planta y los mandó a buscar sus frutos. Mientras todos corrían en dirección al árbol, ella alimentó a sus pequeños con el tesoro que la Pachamama le había concedido.

Desde ese día en que el pueblo revivió se venera a aquel árbol sagrado que los salvó de la muerte y que tiene la capacidad de brindar pan y bebida. Se trata del algarrobo, que además de todas las bondades que contamos, en tiempos en que la sequía azota a la tierra tiene la grandeza de alimentar a los animales.

Fuente: Razafolclorica.com

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