jueves, 1 de diciembre de 2016

El estadista en combate

por Luis Horacio Yanicelli

Cuando nos referimos a que alguien es o fue un “gran estadista”, estamos haciendo referencia a las personas que están por encima de las divisiones coyunturales, secundarias, sectoriales o tácticas de los distintos grupos que pujan en determinado contexto político temporal. Adjetivamos con tal término a quienes en forma inobjetable e indiscutible y responsable atinan a señalar cual es el correcto camino para buscar el bien común.



En el más amplio sentido del concepto estadista, Manuel Belgrano lo fue.
He señalado numerosos hechos e ideas de este político pensador de un nuevo país a lo largo de las columnas semanales que fácilmente se pueden recorrer en este muro y por cierto de ello, la historiografía ha escrito abundantemente. Claras ideas de progreso social y económico - incluso dentro del sistema colonial - impregnaron su discurso, allá cuando era Secretario del Consulado y que se advierten para nuestra admiración y sorpresa, en sus Memorias y luego ya en plena revolución independentista como periodista, en su accionar en el frente de operaciones militares, llevando un mensaje de gobierno integrador, progresista, independentista y empleados estos calificativos en el más riguroso marco de objetiva valoración.

Señalemos la idea clara de que la principal herramienta de progreso para una sociedad, es la educación de su gente, incluyendo en forma única para su época e incluso para muchas décadas después de su muerte - incluso en la actualidad - a la mujer como sujeto activo y protagónico en la realización y ascendencia de la comunidad. Mucho antes que políticamente se advirtiese en la familia una organización de contención y formación humana, Belgrano advierte la importancia de esta. Sostiene que en el seno de ellas las madres enseñan a sus hijos a tomar el camino del bien apartándolos del vicio y las malas conductas. Este pensamiento es de dramática vigencia actual, sobre todo frente a una sociedad como en la que vivimos que advierte que su núcleo básico de formación y contención en la vida del niño y del adolescente, es precisamente la figura materna. Este vigor y perenidad del pensamiento belgraniano, es realmente extraordinario y único en el conjunto de los pensadores de nuestro país.

Memorable es su señalamiento de la importante que era que la educación se basase en la Religión Cristiana, fe general por aquellos tiempos en el pueblo criollo y asimismo en el natural. En dicha doctrina advertía el denominador común para la comunión de las diversas culturas que componían la población americana. Y a la vez que daba esta definición con claridad y precisión de cirujano, aisló al clero realista que pretendió usar la fe de la gente, para volverla en contra de la revolución. Esto lo podemos apreciar cuando José Manuel de Goyeneche, jefe militar realista, que a partir de los errores de Monteagudo y Castelli en el Alto Perú, pretende sacar partido de ellos demonizando la revolución que venía desde Buenos Aires, fanatizando a su tropa con el argumento que luchar contra los ejérctios  porteños era defender la religión y al rey, porque este último, era el cristiano contra los demonios.

Así nos lo da a conocer José María Paz en sus Memorias Póstumas, cuando nos cuenta impresionado el fanatismo de un espía descubierto y capturado, que frente al pelotón de fusilamiento en el instante final, grita a los cuatro vientos: ¡Muero por Dios y mi Rey!.

O también Gregorio Araoz de Lamadrid en sus memorias nos narra que antes de la Batalla de Salta, en las inmediaciones del campamento realista sorprende por la espalda a un guardia de Tristán y este creyendo que se trata de una confusión de un compañero de su ejército ,dice ¡Alto, soy cristiano no porteño! 



 A estas manipulaciones del desaprensivo realista, Belgrano responde designando Generala de sus Ejércitos a Nuestra señora de la Merced y mandando a que sus soldados y oficiales al atardecer de cada día, junto al pueblo, en la plaza principal, recen el Santo Rosario. Así voltea el argumento falaz con que se quería confundir a la gente. Incluso, cuando lo quieren trampear con manipulaciones realizadas por hombres del clero que desde luego trabajan para los realistas, su solidez intelectual, moral y el fino olfato político, lo hacen salir airoso de las celadas que el enemigo le tiende. Este fue el caso que nos cuenta Bartolomé Mitre. Después de Salta se había sentenciado a muerte a tres desertores, que tenían el particular de ser hijos de calificadas familias de la sociedad salteña. El día antes del fusilamiento, el comendador de la congregación de mercedarios llevando a su frente la imagen de la Virgen de la Merced, acompañado por el superior de Santo Domingo con la imagen del santo que da el nombre a dicha congregación y el franciscano con la imagen del Santo de Asís, en procesión junto a una importante concurrencia se dirigieron a la casa del General patriota para pedir clemencia por los condenados. Ante esto el jefe revolucionario, hizo detener a los clérigos y los depositó en un convento, y a otros curitas que acompañaban a los detenidos los mandó fuera de la ciudad y ordenó se llevasen las imágenes a sus respectivos asientos. El clérigo mercedario, manifestaba que era tan impío el porteño general, que cuando se habían acercado con la imagen de la Virgen de la Libertad a la casa de aquel, “ se le había descolorido el manto”. 

Belgrano rápido de reflejos, al igual que lo que había hecho con el comerciante realista Manuel Posse en Tucumán que había sido descubierto mandando vituallas al ejercito de Pío Tristán antes de la histórica batalla, ante el pedido de clemencia de   la esposa - Águeda Tejerina de Posse y Blanco – resolvió perdonar la vida haciendo desde luego, que se difunda la conducta magnánima del comando revolucionario. De los Posse, logró que la familia se sumara al bando independentista y de los salteños que estos se abrieran a escuchar al general, que había perdonado la vida a sus hijos desertores y antes,  había hecho lo mismo con 2700 realistas derrotados en la Batalla del 20 de Febrero de 1813, cuando en realidad les correspondía fusilamiento o prisión según el grado.    

Esta magnanimidad belgraniana fue objeto de duras críticas en Buenos Aires y en distintos lugares de las Provincias. Pero asimismo tiempo después, fue rescatada y destacada por el propio José de San Martín.     

Estimados amigos, Belgrano no era un general que creía que ganaba cuando las bajas que sus ejércitos producían a sus enemigos eran mayores que las que sufría el suyo, sino que era un hombre de la paz, la libertad y la independencia que sabía perfectamente que el futuro de la sociedad no podía pasar por una carnicería humana, sino por la alianza mediante el diálogo franco entre los distintos sectores que componían la sociedad de los americanos. Así se lo expresa al general paraguayo Cabañas,  a Pío Tristán, a Goyeneche tal cual lo prueban las epístolas redactadas de puño y letra de Don Manuel. Este mismo sentido tiene el plan de organizar el estado mediante la instauración de una monarquía incaica y antes que esta la alternativa carlotina o de otro Borbón. ¡Lograr la independencia sin guerra y en orden de gobierno! Ahora,  concluido los unívocos festejos del  Bicentenario de la Declaración de la Independencia, comenzaremos a recordar los bicentenarios de los grandes desencuentros que tiñeron de sangre y guerra civil a nuestro país por mas de sesenta años. ¡si lo hubiesen escuchado a Belgrano, cuanta sangre y tiempo se habría horrado nuestro país! 
            
Hemos evocado a  un hombre que en el campo de batalla se manejaba con ecuanimidad y sembrando para el futuro. Sentaba advertencias para las generaciones porvenir. En plena  guerra reclamaba cultura, porque no habría libertad sin educación y ante la incomprensión donaba su patrimonio para que se levantaran escuelas. He ahí el estadista en batalla.   Su mensaje llega actual y vigente hasta nuestros tiempos...

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