martes, 14 de abril de 2015

La población americana en 1492 - Parte I



La población
Ángel Rosenblat, eminente filólogo, imparcial en sus estudios, destruye completamente el mito del genocidio español -y los 80 o más millones de indígenas exterminados- concluyendo mediante minuciosas y exhaustivas investigaciones que no había más de 13.385.000 indígenas en la América prehispánica. De él tomamos el siguiente cuadro: 

Población de América hacia 1492:
Norteamérica, al Norte del Río Grande 1.000.000 
México, América Central y Antillas 5.600.000 
México 4.500.000 
Haití y Santo Domingo (la Española) 100.000 
Cuba 80.000 
Puerto Rico 50.000 
Jamaica 40.000 
Antillas menores y Bahamas 30.000 
América Central 800.000 
América del Sur 6.785.000 
Colombia 850.000 
Guayanas 100.000 
Perú 2.000.000 
Bolivia 800.000 
Paraguay 280.000 
Argentina 300.000 
Uruguay 5.000 
Brasil 1.000.000 
Chile 600.000 
Ecuador 500.000 

Población total de América en 1492: 13.385.000 

Observamos claramente en la tabla reproducida que la región de México era por lejos la más poblada del continente, contando con una cantidad de habitantes similar a la correspondiente para toda América del Sur. Otros especialistas insospechados e igualmente prestigiosos sugieren cifras análogas. Humboldt ubica en 5.200.000 la población mexicana al momento de la llegada de Hernán Cortés. Por su parte Willcox señala que eran menor de cinco millones. "Si por nuestra parte admitiéramos números para toda la población mexicana -comenta Rosenblat-, y tomáramos como base para 1569-1571 la cantidad de 3.500.000 de indios que hemos deducido de las cifras de López de Velasco, cifra aun mayor que la que admite Mendizábal, el estudio de Kubler nos conduciría a admitir una población total de 4.414.573, que coincide extraordinariamente con los 4.500.000 que dábamos nosotros en 1935 y que mantenemos hasta hoy". 

Otra prueba irrefutable de la inverosimilitud de la tesis que sugiere una población de decenas de millones de habitantes para el año 1492 nos la ofrecen los datos que poseemos acerca de sus costumbres alimenticias, sus limitadas técnicas agricultoras, la cantidad de hectáreas cultivadas y aquellas fértiles y aptas para esta actividad, y la desigual distribución de los indígenas en el continente. La provisión de alimentos en América, dice José Luis Vittori en "Exageraciones y Quimeras en la Conquista de América" que "no alcanzaba para sostener siquiera a la mitad de esa población". Agrega seguidamente, citando al alemán Krickeberg: "Debe tener en cuenta que parte de los aborígenes vivía en estado de barbarie y se hallaba dispersa a lo largo de los ríos o en las zonas selváticas donde obtenía su comida de la caza, la pesca y la recolección de frutos silvestres. La agricultura se practicaba en los núcleos sedentarios que respondían a cierta organización tribal o al mandato político de un orden jerárquico, de una rudimentaria organización imperial asentada en una relación de acuerdos o de alianzas más o menos estables de clanes, y en la sumisión de pueblos tributarios, no de un Estado y menos de un imperio en el sentido europeo del término". 

¿Cómo hicieron los españoles para exterminar 90 millones de indígenas de entre los menos de 14 millones que existían?, es todavía un interrogante que ninguna ciencia ni disciplina ha podido dilucidar hasta la fecha. 

"...la tendencia a la exageración era una de las características de los hombres de la época, habituados a llevar al extremo sus pensamientos tanto como sus acciones" (Louis Baudin)

La denominada "catástrofe demográfica" y las fluctuaciones y altibajos poblacionales, como hemos visto, son muy anteriores a la llegada de los españoles. Es claro que las inverosímiles cifras señaladas por diversos autores, carecen de todo rigor científico y credibilidad. 

No obstante, conviene aclarar algunos puntos acerca de la procedencia de las fuentes -por llamarlas de alguna forma: carentes de toda fiabilidad- de las que se han servido históricamente los autores anti-hispanistas. Ante todo, aclaremos una obviedad: no toda "fuente" puede ser tomada como punto de apoyo y/o considerada como evidencia probatoria de lo que se pretende demostrar, acreditar. 

Tenemos en primer lugar las magnificaciones de algunos conquistadores y clérigos como Bartolomé De las Casas. No fueron pocos quienes, en aras de impresionar al rey y al pontífice con sus logros evangelizadores y militares, exageraban grandemente, desde sus crónicas y escritos, sus hazañas y, por ende, sobre las cifras. La exageración, característica predominantemente española, se utilizó en otras oportunidades con evidente mala voluntad, como el caso del domínico antes mencionado, quien, con el afán de desprestigiar y difamar a quienes no le eran obsecuentes, quintuplicaba y manipulaba cifras a arbitrio con el propósito de lograr -mediante el horror- la atención total de Rey, el Papa y los principales teólogos y moralistas. Y aquí, en este punto, injusto y desajustado con la realidad de los hechos sería creer que fue necesario llegar a tales abusos de algunos de sus hombres -que ciertamente existieron-. Antes que se acordara de los indígenas, De las Casas, impulsaba el tráfico de esclavos negros al continente, había en América misioneros ejemplares como Montesinos y Benavente -por mencionar dos- que se ocuparon especialmente del cuidado y buen trato hacia los indígenas. Este último, que podríamos considerar el más celoso protector de aborígenes que existiera en América, tuvo grandes enfrentamientos con De las Casas por sus patentes exageraciones, exabruptos, indomable orgullo y manifiestas malas intenciones. 



El gran capitán Pedro Fernández de Quiros, comenta el historiador argentino José Luis Vittori, calculaba que antes de la llegada de los españoles había 14 millones de indios en las islas Española, Cuba, Jamaica, Puerto Rico, etc. En 1631, Fray Buenaventura Salinas elevaba la cantidad a 20 millones. (...) "Cuando el Almirante descubrió aquellas islas había quince veces cien mil indios (...). Seguidamente comenta Rosenblat: "Son cifras hiperbólicas, sin intención estadística". 

Otra de las "fuentes" mentadas que han conducido al equívoco a no pocos historiadores ha sido el de los censos. Han sido a la fecha numerosos los especialistas que han investigado este tema acuciante, como el español Javier Esparza, quien luego del estudio minucioso de los censos realizado en los primeros tiempos de la presencia española en el continente, da cuenta de groseras irregularidades e imprecisiones de estos, como por ejemplo el hecho que muchas veces los indígenas eran contabilizados como españoles y viceversa, o los mestizos como indígenas. 

Eso lo ha defendido recientemente una norteamericana, Lynne Guitar, de la Universidad de Vanderbilt, que fue a Santo Domingo a estudiar la historia de los tainos y se quedó allí: hoy es profesora del Colegio Americano en Santo Domingo. Y la profesora Guitar descubrió que los censos no es que no sean fiables, sino, más aún, que son inútiles: cuando un indio se convertía al catolicismo y vivía como un español, o más aún si se mestizaba, dejaba de ser censado como indio y era inscrito como español. Y si luego venía otro funcionario con distinto criterio, entonces volvía a ser inscrito como indio, y así hay casos de ingenios de azúcar donde los indios pasan de ser unos pocos ciento a ser 5.000 en sólo dos años. Para colmo, los encomenderos -los españoles que regentaban tierras y explotaciones productivas- mentían en sus censos, porque preferían trabajar con negros, a los que podían esclavizar, que con indios, de manera que sistemáticamente ocultaban las cifras reales. Es decir que las cifras censales ocultaban las cifras reales. Es decir que las cifras censales de los indios en América, en el siglo XVI, son papel mojado. 

¿Qué culpa cabe a los españoles por las pestes?
Sería un absurdo culpar a los españoles por las muertes generadas por las pestes que trasmitieron a los indígenas. Lo que sucedió fue algo totalmente inevitable, impensado, pues: ¿Cómo saber que el organismo de los indígenas no iba a poder soportar enfermedades de las que nadie moría ya en Europa? ¿Cómo preveer la rapidísima difusión que esta tuvo entre los indios?, pero además: ¿Cómo podían saber los españoles que estaban infectados? Y algo más: ¿Cómo sabían acaso quienes estaban con Colón en su primer viaje que iban a toparse con una raza completamente desconocida? Tendrían que haber sido videntes para saberlo. 

Es claro que esta situación afectó -además de a los indios, naturalmente- a los mismos españoles de distintas formas, pues por un lado se habían quedado sin mano de obra que trabajase junto a ellos las tierras, y los misioneros en vez de poder dedicarse a la construcción de templos, a la evangelización y otros menesteres, ocuparon todo su tiempo y energía atendiendo a los indígenas y cuidando que a sus familias no les faltase nada. Por otro lado, ellos mismos, misioneros y adelantados, moría y/o padecían muchas veces por estas enfermedades. Existen numerosos registros de sacerdotes -especialmente ancianos- fallecidos a consecuencia de ello: tanto por agotamiento extremo o por el contagio de enfermedades transmitidas por los mismo indígenas, generado por el contacto permanente con estos y sus hogares hacinados. Los testimonios de la gran caridad y cuidado que tuvieron los misioneros y la Corona hacia los indios son numerosos. 

Frente a tal cuadro, ordenaron los reyes que los infectados y sus familias no pagasen ningún impuesto y se les suministre lo que necesitaren, mientras virreyes y arzobispos ordenaban la construcción de hospitales, muchos de los cuales albergaban a más de 400 enfermos. 

Culpar a España de estos males es cuanto menos una canallada, y además, absurdo. Pues con el mismo criterio debería pedir cuentas Europa a los comerciantes asiáticos (particularmente de la India) que trasmitieron en el siglo XIV la peste bubónica a los europeos, por la cual llegó a morir cerca de un cuarto de la población europea. O mismo se debería pedir cuentas a los africanos por haber propagado la enfermedad del Sida en todo el mundo... Un absurdo completo. 

Por otro lado, así como hubo enfermedades transmitidas por los españoles, las hubo de indígenas a europeos, como la sífilis, que generó una inmensa cantidad de muertes en Europa, extendiéndose con una velocidad asombrosa. A comienzos del siglo XX, alrededor del 15% de la población europea la padecía. 

Guerras
La guerra fue otro de los mayores culpables de la mortandad de indígenas a gran escala. No hay que olvidar que, como hemos mencionado, estas se sucedían ininterrumpidamente, tanto internas como externas. Algunos pueblos fueron más guerreros que otros, pero guerreros al fin. Esta fue históricamente su actividad principal, su razón de ser, de existir. Cualquier motivo, por más mínimo e irrelevante que fuera, era considerado un casus belli. Los anales de la historia de los pueblos precolombinos dan acabada muestra de ello. Los pueblos mayas, hemos visto, guerreaban constantemente por la hegemonía del poder, al igual que las importantes culturas de los teotihuacanos y toltecas, lo que motivó, en gran medida, su destrucción total, sumado al impacto desestabilizador de las invasiones de tribus bárbaras provenientes del norte. Aun los mayas sobrevivientes asentados en tiempos posteriores en Yucatán sufrieron el mismo fatal destino (principalmente a causa de las guerras entre tres de sus ciudades más importantes: Uxmal, Chichén Itzá y Mayapán). Los tepanecas -muy particularmente mediante tiranos como Tezozomoc y Maxtla- emprendieron brutales batallas y campañas contra todos los pueblos de la región del Valle de México, siendo particularmente sangrienta y memorable aquella contra Texcoco. Luego, el salvaje imperialismo de la Triple Alianza compuesto por aztecas, texcocos y tacubas, destruyó, aniquiló y/o sojuzgó a poblaciones y culturas enteras: mixtecas, huaxtecos, totonacas, otomíes, chalcotecas, tlatelolcos, tarascos, tlaxcaltecas, zapotecas, y un largo etc. Más al sur nos encontramos con las culturas chibchas -especialmente las de origen caribe- sometiendo a todos los pueblos de las regiones de Colombia y Venezuela e incluso del norte de Brasil. Al suroeste del continente observamos a las culturas preincaicas (nazcas, moches, chovíes, tihuanacos, etc.) defendiéndose como podían de las arremetidas del déspota de turno, y luego, todos estos, guerreando contra la inacabable ambición territorial de los incas, siendo de particular interés las encarnizadas contiendas incaicas contra los araucanos en la franja sudoeste de América del Sur, o la de estos últimos contra ranqueles y tehuelches. En la misma región, tenemos a los guaraníes contra los caros, yaros contra charrúas, tehuelches y pehuenches contra araucanos. Tobas, abipones, mocovíes, calchaquíes asolando y diezmando poblaciones nativas enteras. A todas estas desproporcionadas ofensivas hay que sumar las rebeliones e insurreciones internas que sufrió cada uno de estos pueblos; principalmente los grandes imperios por parte de sus tributarios. 

Todos estos, a veces unos aliados con otros, a veces todos contra todos. Vemos también en forma frecuente a familiares y hermanos asesinándose por el control del poder, como el caso de Atahualpa asesinando a Huáscar y a Moctezuma II haciendo lo propio con el suyo, el príncipe heredero de México. La América precolombina toda era, vemos, un gran escenario de batalla y sangre del que nadie podía escapar. 

Dice al respecto Fray Motolinía: 
" (...) todos andaban siempre envueltos en guerra unos contra otros, antes que los españoles viniesen. Y era costumbre general en todos los pueblos y provincias, que al fin de los términos de cada parte dejaban un gran pedazo yermo y hecho campo, sin labrarlo, para las guerras. Y si por caso alguna vez se sembraba, que era muy raras veces, los que lo sembraban nunca lo gozaban, porque los contrarios, sus enemigos, se lo talaban y destruían". 

Mediante la guerra lograban su principal sustento económico, tomando las riquezas de los pueblos vencidos y obligándolos a convertirse en sus tributarios. La principal política de estos "estados" era la guerra, mediante la cual expandían sus territorios y áreas de influencia en la región, logrando también imponer su cultura y sus dioses a los vencidos. Y era también mediante una guerra que practicaban eficazmente su religión, cumpliendo con sus preceptos de ofrendas de sangre a los dioses, con la captura de prisioneros y cautivos. Las denominadas Guerras Floridas, en los aztecas y algunos de sus vecinos -también practicadas por mayas-, en tiempos de relativa paz exterior, tenían como finalidad exclusiva procurar gran cantidad de hombres para poder ser sacrificados ritualmente. Fue muy frecuente que los pueblos que ofrecían sacrificios humanos al verse desprovistos de hombres, o sin la cantidad que determinadas fiestas demandaban, pactasen entre sí hacerse la guerra por este motivo exclusivo. De esta forma, ambos bandos lograban cautivos suficientes para sacrificar después. 

Antes que llegaran los españoles, había sido la guerra la culpable de exterminios completos de poblaciones y de la desaparición de destacados pueblos. Es la historia de la insurrección de los pueblos sometidos a sus "amos". Ya hemos mencionado varios casos entre los mayas, incas y aztecas, pero lo que abunda no daña. Las encarnizadas guerras entre los aztecas y tepanecas, y antes de ello, con casi todo pueblo que encontraron desde su bajada del norte del continente. Basado en los códices, el historiador Antonio Cervera (no justamente un pro-hispanista) cuenta que los pueblos mesoamericanos consideraban a los mexicas un pueblos hostil, bárbaro, de ladrones, peligrosos; entre otros adjetivos poco laudatorios. Casi todos los historiadores coinciden en resaltar la hostilidad con que eran vistos por los pueblos aledaños los mexicas; mientras peregrinaron del norte hasta su asentamiento definitivo, razón que motivaría varias guerras. No estuvieron exentos, por cierto, de enconadas disputas internas, motivadas en diferencias religiosas o por cuestiones de poder. Algunos mexicas eran seguidores de una secta dirigida por el dios Tezcatlipoca, representante de la noche y el jaguar, lo que terminó por generar un desmembramiento de sus fuerzas. Antes de llegar a Chapultepec, combatieron duramente con los habitantes de Zumpango. Sembraban el pánico y el terror en las poblaciones que tomaban. Esta realidad es comentada en el Códice Ramírez: 
" (...) los mexicanos (estaban) rodeados de innumerables gentes donde nadie les mostraba buena voluntad, (pero) aguantaban su infortunio..." 

Comenta el P. Sahagún: 
"Y allí en Chapultepec, allí comenzaron a ser combatidos los mexicas. Se les hizo la guerra. Y por eso se pasaron luego los mexicanos a Culhuacán". 

En el año 1319 estuvieron los aztecas a punto de sucumbir definitivamente. Fue en aquel año que los culhuas, xochimilcas y tepanecas, cansados del terror de los mexicas, formaron una alianza y se enfrentaron a estos déspotas, logrando el triunfo, sacrificando enseguida a su jefe, Huitzilihitl el viejo.


Años después, ya lo hemos dicho, los aztecas se sublevaron contra éstos, aliados con otros pueblos, comenzado su período imperial, a partir de lo cual dice Diego Durán: 
" Los aztecas tributaban las provincias todas de la tierra, pueblos, villas y lugares, después de ser vencidos y sujetados por guerra y compellidos por ella, por causa de que los valerosos mexicanos tuviesen por bien bajar su espadas y rodelas. 

Cuando nacía un hijo, parte del ritual azteca consistía en poner en sus manos un arco y un escudo "para significar que aquel niño había nacido para propiciar al dios de la guerra, Huitzilopochtli, y luchas por la patria común". 

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